A las 8:00 pm de un viernes, Norima Correa lloraba frente a las puertas de la sede de Scientology en el municipio Chacao, en Caracas. La sobrina de su jefa lleva casi un mes atrapada bajo uno de los edificios colapsados por el doble terremoto del 24 de junio. Ese dolor concreto, no una estadística, fue lo que la llevó hasta el taller gratuito «¿Qué hacer durante un sismo?».
La escena lo dice todo. Unas 160 personas ocupaban el salón principal de la sede; un grupo similar esperaba afuera con la misma urgencia. El encargado de la capacitación fue Alex del Llano, integrante de la brigada internacional de rescate Topos Aztecas de México, veteranos de catástrofes sísmicas que ahora trasladaban su experiencia a una ciudad golpeada y sin respuestas claras.
Lo que ya no sirve
Del Llano abrió con una premisa destinada a cortar la desinformación que circula en plataformas digitales: «Todavía no existe una tecnología que pueda predecir un sismo». El punto de partida no era el miedo sino la adaptación: quien vive en zona sísmica debe adecuar sus conductas y sus inmuebles a esa realidad, de la misma manera en que, según el propio rescatista, «las comunidades del Polo Norte se preparan para el frío extremo o los habitantes del desierto racionan el agua».
Buena parte del taller se dedicó a desmontar los mitos de evacuación vigentes desde mediados del siglo pasado. Las recomendaciones tradicionales de refugiarse bajo mesas o en marcos de puertas correspondían, explicó Del Llano, a la arquitectura de la década de 1960, cuando esas estructuras se edificaban con madera maciza, piedra o acero reforzado. En las construcciones contemporáneas, el uso generalizado de materiales ligeros como el drywall o el MDF convierte esos puntos en zonas de alto riesgo de aplastamiento o cortes. El consejo clásico no solo es inútil: puede matar.
La técnica que reemplaza al mito
En sustitución, el brigadista expuso el área de menor riesgo conocida popularmente como el «triángulo de la vida». Mediante demostraciones prácticas en el suelo del recinto, Del Llano ilustró que la posición correcta consiste en acostarse boca arriba junto a un objeto de alta resistencia estructural: camas, sofás pesados, lavadoras o refrigeradores. Mantenerse boca arriba, a diferencia de la posición fetal, expone al ciudadano a los desprendimientos del techo y le permitiría reaccionar en fracciones de segundo.
Hay una excepción: si la evacuación se realiza hacia una azotea, la persona debe posicionarse boca abajo con las extremidades extendidas —simulando una estrella de mar— para evitar rodar al vacío si el inmueble sufre un desplazamiento lateral o una pérdida de verticalidad.
Sobre cuándo salir y cuándo quedarse, Del Llano fue preciso. Los habitantes de la planta baja y de los primeros tres pisos deben abandonar el inmueble de inmediato. A partir del cuarto piso, la evacuación solo se aconseja si el trayecto hacia el exterior toma menos de 30 segundos en condiciones normales. De lo contrario, la indicación es permanecer dentro y adoptar el triángulo de la vida.
La razón es técnica: el descenso simultáneo y desordenado de cientos de personas genera una sobrecarga dinámica y una vibración que las escaleras no pueden tolerar, provocando su desplome aunque el resto del edificio permanezca en pie. El fenómeno, explicó el topo, fue observado críticamente durante el sismo de 1985 en la Ciudad de México.
Para Correa, educadora jubilada y residente de Guatire, el dato fue un quiebre: «No sabía que ponerme a un lado de la cama podía salvar mi vida, pensaba antes que debía ponerme al lado de una columna», dijo al salir del taller.
La logística detrás del evento
Detrás de la capacitación estuvo Scientology Caracas, cuya directora del proyecto de respuesta al desastre, Claudia Márquez, explicó que la organización asumió un rol operativo activo desde el inicio de la contingencia el 24 de junio, estableciendo su sede como centro de acopio. Según Márquez, la institución gestionó el traslado y el soporte logístico de los rescatistas internacionales, en particular los Topos Aztecas de México y el personal del SNAT de Colombia. Actualmente, además de las labores de recuperación de cuerpos en estructuras como el edificio Petunia, la organización despliega equipos de asistencia técnica y apoyo humanitario.
Los detalles cuentan la historia. Cuando el Estado no llega —o llega tarde— con información técnica verificada, son una brigada voluntaria mexicana y una organización civil las que llenan el vacío frente a 160 ciudadanos que no saben si el edificio donde duermen resistirá el próximo movimiento. La libre iniciativa de la sociedad civil, sin aparato burocrático de por medio, entregó en una noche lo que semanas de incertidumbre no habían podido dar: un protocolo claro, gratuito y basado en evidencia. Eso, en medio del desastre, no es un detalle menor.



