La escena lo dice todo.
A fines de julio de 1976, un policía vestido de civil detuvo a Isidoro Valcárcel Medina en la entrada del Centro de Arte y Comunicación (CAyC) de Buenos Aires. «¿Sobre qué va a hablar usted?», preguntó el agente. «Sobre arte», respondió el artista español. «Como arte es una palabra muy digna, pues se me dejó entrar», recuerda hoy Valcárcel Medina, nacido en Murcia en 1937, desde Madrid, a través de una videollamada con periodistas reunidos en el Centro Cultural Recoleta.
El policía entró también, según el propio artista, «seguramente para ver si hablaba de arte». No encontró nada que no tuviera que ver con el arte que le habían enseñado. Y esa era, dice Valcárcel Medina, precisamente la jugada: «En el saber comportarse estaba el torear estas cosas».
Lo que el agente no sabía —y el público del CAyC tampoco, en sentido estricto— era que no habría discurso. Lo único que vio la sala fueron los gestos del artista mientras simulaba hablar desde un subsuelo, transmitidos a otro piso por circuito cerrado de televisión. Al final, Valcárcel Medina preguntó a los asistentes: «¿Qué le parece lo que he dicho?» Las respuestas, escritas a máquina, registran múltiples versiones de un discurso inexistente. Esos papeles son los que, medio siglo después, hacen posible recordar aquella noche.
El círculo que se cierra
Hoy, esos documentos y el registro de otras acciones de la misma época conviven en El transcurrir, muestra curada por Ferran Barenblit que inaugura esta tarde en la sala 13 del Centro Cultural Recoleta y permanece hasta el 6 de septiembre. La exposición es fruto de una alianza entre el Recoleta, la Embajada de España en Argentina y el Centro Cultural de España en Buenos Aires (Cceba).
Barenblit, nacido en Buenos Aires y emigrado a España en 1977, define a Valcárcel Medina como «una leyenda en España, una referencia imprescindible para mi generación y las que siguieron». El curador, exdirector del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) y responsable de la Bienal de Cuenca en 2023, tendrá a su cargo la Bienal de Shanghái en 2027. «Esta obra cierra el círculo», dice.
El título de la muestra proviene de una pieza concebida especialmente para esta exposición: El transcurrir (2026) se compone de cincuenta y un paneles —uno de presentación y cincuenta numerados, uno por cada año transcurrido desde aquella noche en el CAyC—. En cada hoja, el artista escribió una reflexión sobre arte, lenguaje, memoria o la relación entre pasado y presente. Una de ellas dice: «El discurso de ayer debe cambiar hoy; es un requisito de la expresión creativa». Otra se propone «llegar a la cincuentena sin cambiar de espíritu».
Asunción, la manzana y el embrión cultural
La muestra también recupera acciones de ese mismo periodo en otros países. En Asunción, ese año, Valcárcel Medina cruzaba a desconocidos en la calle con una propuesta sencilla: «Soy un forastero español. ¿Le importaría dar la vuelta a la manzana conmigo, y contarme algo sobre el lugar?» Según el artista, una gran cantidad de gente aceptó. La acumulación de esos sucesos, explica, «daba un resultado muy positivo cuando la exposición se abría, y muchas de las personas que habían intervenido venían a ver qué era eso que habían dado lugar al dar la vuelta a una manzana».
Para Valcárcel Medina, lo que estaba en juego en aquellos años era la relación entre la realidad y su representación, y la pregunta sobre qué constituye «una exposición de obras de arte». «En aquel momento había un interés por la implicación del público en el mundo del arte», dice, «y tengo la sensación de que el montaje que se hizo hace cincuenta años tenía más poder que la presión pseudopolítica que dominaba en nuestros países». La referencia abarca tanto la dictadura argentina como la española, extendida desde 1939 hasta la muerte de Francisco Franco en 1975.
El transcurrir puede visitarse de martes a viernes de 12 a 21, y sábados, domingos y feriados de 11 a 21. La entrada es libre y gratuita para residentes y argentinos.
---
La historia de Valcárcel Medina en el CAyC es, en el fondo, la historia de lo que el arte puede hacer cuando el aparato estatal intenta clausurar el pensamiento: convertir el silencio en documento, la ausencia de discurso en archivo. Que esos papeles escritos a máquina hayan sobrevivido cincuenta años —y que hoy se exhiban en el mismo Buenos Aires donde un policía de civil vigilaba la puerta— dice más sobre la durabilidad de las ideas libres que cualquier decreto de censura. Los detalles cuentan la historia.



