La escena lo dice todo. Mientras Colombia se prepara para el cambio de mando del 7 de agosto en la Arena USC de la Universidad Santiago de Cali, el presidente electo Abelardo de la Espriella ya envió su primer mensaje político antes de llegar al Palacio de Nariño: no todos los expresidentes están invitados.
Según reveló la revista Semana, sí recibirán invitación Álvaro Uribe, Iván Duque, Andrés Pastrana y César Gaviria. Quedan fuera Juan Manuel Santos y Ernesto Samper. La razón no es un misterio: De la Espriella fue crítico de ambos durante la campaña, y con argumentos que no guardó en el cajón.
Con Samper, el presidente electo ha cuestionado en el pasado el ingreso de dineros del Cartel de Cali a la campaña que lo llevó a la presidencia entre 1994 y 1998. Con Santos, las críticas apuntaron a su gestión y, sobre todo, al proceso de paz con las Farc, que De la Espriella prometió en campaña revisar junto con la Jurisdicción Especial para la Paz. De hecho, el ministro de Justicia designado, Iván Cancino, ya precisó que la JEP se mantendría bajo un «control crítico» y una «postura de veeduría estricta y crítica frente a los resultados, gestión y decisiones» del tribunal.
La reacción de Samper no tardó. El expresidente, quien apoyó a Iván Cepeda desde antes de la primera vuelta, respondió con ironía: «Acabo de enterarme de la noticia de que no estaré invitado a la posesión del presidente Abelardo de la Espriella el próximo 7 de agosto, en Cali. Agradezco profundamente al presidente este regalo, que me llega precisamente el día de mi cumpleaños, porque así me economizo un vestido nuevo —o un uniforme militar—, un pasaje a Cali y una noche de hotel. Prefiero ir a bailar salsa en el Petronio y con la gente».
Santos, en cambio, no se pronunció. El expresidente opinó poco durante todo el ciclo electoral y no respaldó a ningún candidato. Sí lo hizo su hijo Esteban Santos, quien escribió en su cuenta de X: «Un presidente representa a todos los colombianos, incluso a quienes piensan distinto. Excluir a expresidentes de una ceremonia de Estado es un gesto de pequeñez. Colombia necesita más unidad y menos polarización».
La asistencia de expresidentes a las posesiones es una tradición que pretende reflejar estabilidad institucional. El propio Barack Obama asistió a la segunda posesión de Donald Trump en Estados Unidos, pese a ser rivales políticos. De la Espriella ya había roto con otra convención al elegir Cali —y no Bogotá— como sede del acto.
El mapa de alianzas, además, registró sus propios giros. Durante la primera vuelta, el equipo de De la Espriella difundió un video elaborado con inteligencia artificial en el que aparecían recreadas figuras como Paloma Valencia, Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos, la gobernadora del Valle Dilian Francisca Toro y César Gaviria, presentados como parte de una suerte de conspiración contra el candidato. A casi tres meses de ese video, Toro no solo asistirá a la posesión sino que actuará como anfitriona en su condición de gobernadora del Valle del Cauca. Gaviria y Uribe también estarán. El único ausente del grupo original es Santos.
Y aunque Santos no irá, De la Espriella mantiene vínculos con figuras de su entorno: el senador de La U Alfredo Deluque, descrito como amigo cercano del presidente electo, estuvo presente en La Habana durante los diálogos de paz con las Farc. De la Espriella quiso designarlo presidente del Senado, pero perdió ese pulso frente a Honorio Henríquez, del Centro Democrático.
También vale recordar que el presidente saliente Gustavo Petro ha dicho en varias ocasiones que no asistirá al acto, al considerar a De la Espriella «ilegítimo» e insistir, según la fuente, sin pruebas, en que hubo fraude electoral.
Lo que está en juego aquí va más allá del protocolo. La decisión de De la Espriella de excluir a dos expresidentes con los que tuvo diferencias documentadas no es un descuido de agenda: es una declaración de principios sobre cómo entiende la rendición de cuentas y la memoria institucional. Para Hemisferio, el gesto merece ser leído en dos registros. El primero, positivo: un mandatario que llega al poder sin deberle favores simbólicos a quienes representan capítulos cuestionados de la historia colombiana tiene más margen para gobernar sin hipotecas del pasado. El segundo, un aviso: la estabilidad democrática se construye también con gestos que trascienden las diferencias; la unidad no es un lujo, sino el terreno donde se defiende la inversión, el orden y la propiedad. Colombia necesita ambas cosas a la vez.



