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El Tour bajo el sol que quema

La edición 2026 de la Grande Boucle registra temperaturas récord que acortaron etapas, pusieron en riesgo vidas y expusieron las tensiones entre la salud de los corredores, los intereses televisivos y la burocracia del ciclismo.
Imagen ilustrativa
martes 21 de julio de 2026

La escena lo dice todo. El 12 de julio, en Malemort, los corredores del Tour de France llegaban a la meta con chalecos de hielo sobre los maillots y los brazos hundidos en cubetas de agua helada. No era una imagen de entrenamiento: era la imagen de una carrera que avanzaba al filo del límite.

Las primeras dos semanas de la edición 2026 del Tour de France registraron una temperatura media de 87.4°F, cifra que supera con amplitud el récord anterior de 78.6°F, establecido en 2022. Varias zonas de Francia activaron alertas rojas por calor. Incendios forestales pusieron en riesgo la celebración de etapas. La etapa tres terminó con una advertencia a los espectadores de no acercarse a los últimos 40 kilómetros por amenaza de incendio, y la etapa nueve fue recortada 30 kilómetros a causa del calor extremo.

Ninguna etapa fue cancelada.

El director deportivo del equipo XDS-Astana, Yvon Ledanois, lo dijo sin rodeos antes de la novena etapa: «He hecho más de 30 Tours y nunca he visto condiciones de calor tan intensas cada día. No se trata de tener un día extremadamente caluroso y luego volver a la normalidad al siguiente.»

Tadej Pogačar, el esloveno que marcha en camino a igualar el récord de cinco victorias en el Tour, confesó que sufrió durante la ola de calor. Tras la cuarta etapa, disputada bajo 104°F, dijo que tenía «un dolor de cabeza total» y advirtió que la situación se vuelve «peligrosa si no mantienes baja la temperatura corporal». Mads Pedersen, ganador de esa etapa y campeón mundial de 2019, resumió la filosofía de pedalear en el infierno: «hay que adaptarse y seguir corriendo».

Los médicos de los equipos no comparten ese optimismo. El director médico del XDS-Astana, Emilio Magni, describió el golpe de calor como «un cortocircuito» en el cuerpo. Para mitigarlo, algunos equipos instalaron piscinas y baños de hielo en las llegadas de etapa. El equipo Netcompany-INEOS optó por una medida más precisa: antes de la contrarreloj por equipos en Barcelona, los corredores apoyaron los antebrazos en agua a 47.8°F para bajar la temperatura central sin afectar los músculos de las piernas, ya calentados.

El organismo rector del ciclismo, la Unión Ciclista Internacional (UCI), flexibilizó las normas de hidratación y permitió que los corredores recibieran más bidones. El equipo Picnic-PostNL consumió 28 bidones por corredor por etapa, más del triple de lo habitual, según su director Matt Winston.

Desde 2024, la UCI cuenta con un Protocolo de Alta Temperatura que utiliza la Temperatura de Globo de Bulbo Húmedo (WBGT), un indicador que combina temperatura, humedad, velocidad del viento, ángulo solar y cobertura de nubes. Si supera los 82.4°F, el protocolo sugiere modificar el horario de salida, adaptar el recorrido o cancelar la carrera. El problema, señalan los expertos, es que la UCI no publica sus mediciones de WBGT, lo que impide verificar cuándo se supera ese umbral.

Ivana Cvijanovic, climatóloga del Instituto Nacional Francés de Investigación para el Desarrollo Sostenible y autora principal de un estudio publicado en la revista Nature en febrero de este año, afirmó que los organizadores del Tour habían tenido «suerte» de que las olas de calor raramente coincidieran con la carrera. «Este verano es claramente extremo», dijo. «Francia y España han estado bajo alertas de ola de calor durante semanas.» Cvijanovic añadió que hacer públicos los datos de WBGT «es muy importante, tanto para aumentar la transparencia como para ayudar a proteger a los espectadores».

Pogačar propuso adelantar los horarios de salida a las ocho o nueve de la mañana, o incluso antes. La respuesta del Tour fue elocuente: el director general Christian Prudhomme y el director técnico Thierry Gouvenou argumentaron que cambiar el horario con tan poca antelación es imposible por la complejidad logística planificada con meses de anticipación. Los canales de televisión, que buscan audiencias máximas en las horas de la tarde, tampoco tienen incentivos para apoyar ese cambio.

La trastienda del asunto es menos deportiva de lo que parece. En un lado de la mesa, corredores que vomitan al llegar a meta y equipos médicos en alerta máxima. En el otro, contratos televisivos, ventanas de emisión y una burocracia que no publica sus propios datos de seguridad. La UCI tiene un protocolo escrito; lo que no tiene es la voluntad de aplicarlo con transparencia.

El principio en juego es sencillo: cuando una institución administra el riesgo ajeno —el de los atletas, el de los espectadores— tiene la obligación de rendir cuentas sobre cómo toma esas decisiones. Opacidad en los datos de temperatura, resistencia a modificar horarios y etapas que se acortan pero no se cancelan no son señales de un organismo que prioriza la salud. Son señales de uno que prioriza el espectáculo. El Tour de France es una obra maestra del deporte. Merece una gobernanza a la altura.

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