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El titiritero de Moscú

Mientras Trump libra su guerra en Irán, Putin cosecha los frutos: petróleo más caro, sanciones levantadas y una alianza militar con Teherán que prolonga dos conflictos a la vez.
Imagen generada con IA
jueves 30 de julio de 2026

La escena lo dice todo. El 29 de julio de 2026, con los mercados del crudo todavía procesando semanas de bombardeos sobre instalaciones iraníes, Vladimir Putin recibía en Moscú una noticia que sus propios economistas habían dejado de esperar: los ingresos petroleros de Rusia estaban a punto de duplicarse.

No era casualidad. Era el resultado de una cadena de decisiones que conecta el Golfo Pérsico con las estepas de Ucrania, y que tiene en el Kremlin su nodo central.

El rescate que llegó desde el frente

Hasta que estalló la guerra entre Estados Unidos e Irán, Putin presidía lo que varios analistas describían como un colapso económico en cámara lenta. La inversión extranjera directa en Rusia había caído desde los 100.000 millones de dólares anuales hasta cifras cercanas a cero. Más de 1.000 empresas globales habían abandonado el país. Entre 700.000 y 1,5 millones de trabajadores tecnológicos calificados habían emigrado. Los oligarcas sacaban activos al exterior en medio de una fuga de capitales sostenida. El fondo soberano y las reservas de emergencia se desvanecían. Las tasas de interés domésticas habían llegado al 14% anual, con inflación al consumidor desbordada en múltiples sectores.

Luego llegó el alza del petróleo. Y con ella, el levantamiento de ciertas sanciones sobre el crudo ruso por parte de la administración Trump. Según estimaciones citadas por analistas que siguen el caso, Rusia estaría en camino de duplicar sus ingresos anuales por exportaciones petroleras. Putin, que canibalizaba sectores productivos enteros para financiar la guerra en Ucrania, encontró el oxígeno que necesitaba.

Municiones, satélites y drones: la trastienda del eje

La relación entre Moscú y Teherán no es nueva, pero en 2026 ha adquirido una densidad operativa sin precedentes. Según múltiples informes de inteligencia estadounidense citados en el análisis de Jeffrey Sonnenfeld y sus coautores, Rusia es la principal fuente externa de armamento de Irán.

Los detalles cuentan la historia. A mediados de 2026, Moscú había completado la producción de cazas Su-35 y helicópteros para Teherán, junto con entrenadores de combate Yak-130, helicópteros de ataque Mi-28 y centenares de misiles de largo alcance aire-aire y antiradár. En 2022, Rusia ayudó a lanzar el satélite iraní de alta resolución Khayyam. Fuerzas rusas transfieren sistemáticamente armamento occidental capturado en el frente ucraniano —incluyendo sistemas Javelin y Stinger— directamente a firmas de defensa iraníes para ser replicado. Empresas de telecomunicaciones rusas suministran a operadores iraníes tecnologías avanzadas de vigilancia digital y guerra cibernética.

El flujo no es unidireccional. Irán ha entregado a Rusia la tecnología y los planos de fabricación de sus drones Shahed, que Putin ya produce en suelo ruso. Esos mismos drones baratos y masivos son los que saturan los sistemas de defensa occidentales en Ucrania, cuyo coste unitario supera con creces al del proyectil que los derriba.

El momento incómodo en Washington

La semana pasada, el presidente Zelensky advirtió públicamente que Rusia estaría pasando imágenes satelitales de bases estadounidenses en la región a Irán para mejorar la precisión de sus ataques con misiles. Cuando se le preguntó al respecto, Trump respondió: «Veremos si eso es verdad. Se lo preguntaré a Putin.» Según los autores del análisis, los expertos en inteligencia dan por cierta la vinculación; la pregunta es si Washington está dispuesto a actuar en consecuencia. Una señal en esa dirección: Trump otorgó a Ucrania una licencia para producir interceptores Patriot y respaldó un proyecto de sanciones contra Rusia.

Mientras tanto, Irán también recoge su dividendo. Las estimaciones citadas apuntan a ventas petroleras de hasta 60.000 millones de dólares anuales, a lo que se suma el acuerdo más reciente con la Casa Blanca, valorado en hasta 300.000 millones de dólares.

Lo que está en juego

Para entender el presente hay que volver a esa semana de julio de 2026. Lo que los protagonistas del orden internacional enfrentan no son dos crisis separadas —una en el Medio Oriente, otra en Europa del Este— sino un único conflicto con una cadena de suministro compartida y un director de orquesta en Moscú.

Desde la línea editorial de Hemisferio, el cuadro es inquietante por razones que van más allá de la geopolítica abstracta. Una Rusia rescatada por los petrodólares —en parte gracias al levantamiento de sanciones decidido en Washington— es una Rusia con más capacidad para armar a sus aliados, prolongar guerras y desestabilizar mercados energéticos globales. El libre mercado necesita orden internacional; el orden internacional necesita que las democracias llamen a las cosas por su nombre.

La pregunta que nadie formula en voz alta en los pasillos de la Casa Blanca es si la estrategia frente a Irán ha terminado sirviendo, involuntariamente, los intereses del hombre que más se beneficia de que el mundo arda.

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