La escena lo dice todo.
Eran las diez de la mañana del jueves 30 de julio. Medellín cerraba la edición número 37 de Colombiamoda 2026. Mientras los últimos compradores recorrían los pasillos del evento, el restaurante Espíritu albergaba una conversación diferente. Sin pasarela, sin focos de desfile. Solo tres personas sentadas alrededor de una pregunta incómoda: ¿qué significa hoy el lujo?
Jet-set, publicación del Grupo Semana, convocó al diseñador Juan Pablo Socarrás, al director creativo de Mario Hernández, Lorenzo Hernández, y a la periodista de moda Kika Rocha. El conversatorio se tituló «El nuevo lujo: autenticidad, cultura y deseo». Fue parte de la agenda paralela de Colombiamoda. Y resultó ser, en muchos sentidos, el contrapunto más honesto de toda la feria.
Natalia Angarita, gerente comercial del Grupo Semana, abrió el encuentro. Lo hizo con una idea que marcaría el tono de la mañana. «Buscamos conversar sobre visión, innovación y el impacto que tiene la industria en nuestra cultura y en nuestra forma de vivir», afirmó. Señaló que Colombiamoda 2026 giraba precisamente alrededor de la autenticidad. La sala, con asistentes como Verónica Pérez, Lulu Carrascal y Carolina Arredondo, entre otras, escuchó en silencio.
Fue Rocha quien lanzó la primera piedra al agua. Retomó «Matilde», la colección que Socarrás había presentado la noche anterior en el Museo de Antioquia. Preguntó cómo entendían ambos invitados ese concepto del nuevo lujo. La respuesta de Lorenzo Hernández llegó desde la experiencia empresarial, no desde la teoría.
«Hoy tenemos acceso a absolutamente todo y la inmediatez ha cambiado mucho lo que valoramos», dijo. «Podemos ver referentes de todo el mundo, pero las cosas que toman tiempo son las que hoy estamos valorando mucho más. Por eso crecen las experiencias, los conciertos y todo aquello que no se puede acelerar. El nuevo lujo es, definitivamente, el tiempo.»
Es una lectura que el libre mercado entiende bien. El tiempo es el único recurso que no se fabrica ni se subsidia. No hay decreto que lo cree. No hay burocracia que lo redistribuya. Cuando una industria empieza a cotizarlo como activo, algo en su estructura de valor está madurando.
Socarrás llevó esa misma idea hacia un territorio más físico. Habló de las comunidades artesanales con las que trabaja. Habló de recorridos de dieciocho horas: varios vuelos, un bus, una chalupa. «La gente me pregunta si soy feliz y yo respondo que sí, porque he aprendido que el tiempo es lo que realmente vale. Ese es el lujo», afirmó.
No es retórica. Es un modelo de negocio. Uno que apuesta por el origen, por el oficio, por la trazabilidad real de cada pieza. Lo opuesto a la producción anónima y masificada.
El momento más revelador llegó cuando Hernández mencionó las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China. Recordó que ese episodio expuso algo que muchos consumidores preferían no saber: que ciertos artículos vendidos bajo grandes marcas de lujo tenían costos de producción muy inferiores a sus precios finales. El logotipo, en esos casos, era el único valor agregado real.
La conclusión de Hernández fue directa. «El precio ya no habla de lujo. Lo que realmente debería definirlo es la capacidad de mejorar la vida de otras personas. Ahí está el verdadero valor.» Puso un ejemplo concreto. Una trabajadora con treinta y dos años en la fábrica de Mario Hernández que, según él, pudo sacar adelante a sus hijos profesionales gracias a su oficio. «Ahí está el lujo», dijo.
Socarrás completó el argumento desde su propio ángulo. Aclaró que su trabajo no consiste en «salvar» comunidades. Consiste en generar bienestar compartido. En usar la visibilidad de su marca para hacer visibles historias que normalmente quedan fuera de la conversación pública.
Para entender el presente hay que volver a esa semana.
Colombiamoda 2026 cerró con una industria que busca su propio relato. No el de París ni el de Milán. El suyo. Un relato donde el valor no lo fija el logo sino el origen, no lo determina la escasez artificial sino el tiempo invertido, no lo garantiza la exclusividad sino el impacto en quien produce.
Eso es, en el fondo, lo que el libre mercado premia cuando funciona bien: el mérito del oficio, la reputación ganada pieza a pieza, la confianza construida sin intermediarios estatales. Colombia tiene esa materia prima. La pregunta es si la industria sabrá sostenerla sin necesitar rescates ni subsidios para hacerlo.



