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El thriller adolescente de Ryan Murphy que se queda en la superficie

«The Shards», la adaptación de la novela de Bret Easton Ellis para FX y Hulu, estrena el 5 de agosto con todo el estilo de Murphy y pocas de las ideas de Ellis.
Imagen ilustrativa
miércoles 5 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un cadáver femenino aparece atado a una red de tenis, los adolescentes ricos de Los Ángeles siguen planeando la fiesta de bienvenida, y el joven Bret —el narrador, el testigo, el escritor en ciernes— no logra que nadie a su alrededor tome en serio lo que está viendo. Esa imagen condensa tanto lo mejor como lo más frustrante de The Shards, la nueva serie de FX y Hulu que se estrena con dos episodios el 5 de agosto.

Detrás del proyecto hay una colaboración que sonaba, a la vez, inevitable e imposible: Ryan Murphy y Bret Easton Ellis. Murphy es el superproductor que ha convertido la televisión en un género operístico propio, conocido por personajes que dicen en voz alta lo que los demás callan y por una programación marcada por la política de identidad. Ellis, en cambio, construyó su reputación sobre la prosa minimalista de Less Than Zero —su novela de debut que definió a una generación— y en años más recientes se ha convertido en crítico declarado de lo que él mismo llama la «cultura corporativa fake-woke» dentro de la industria del entretenimiento, esa misma industria que muchos asocian precisamente con Murphy.

Sin embargo, los dos hombres comparten algo más que diferencias. Ambos nacieron en la frontera entre el baby boom y la Generación X, ambos recuerdan lo que era crecer gay en los años ochenta, y ambos han demostrado una fascinación duradera por la psicología del asesino en serie —Ellis con American Psycho, Murphy con buena parte de su catálogo televisivo.

La serie adapta la novela autoficticia que Ellis publicó en 2023. La historia transcurre en 1981: Bret (interpretado por un Igby Rigney de aplomo inquietante) es un adolescente de instituto privado en Los Ángeles que sospecha que el apuesto estudiante recién llegado, Robert Mallory (Homer Gere, con el mentón cuadrado heredado de su padre Richard), es un asesino en serie. Su evidencia principal es que Robert niega haber estado en la proyección de El resplandor donde Bret cree haberlo visto. Es, reconoce la propia crítica de Time, una lógica bastante endeble.

A su alrededor, el clan de amigos ricos sigue su rutina de indiferencia performativa: fuman en restaurantes de manteles blancos, recorren la ciudad sin toque de queda y planean concursos de baile televisivos mientras sus compañeros desaparecen. Bret sale sin convicción con Debbie (Hayes Warner, estrella pop en ascenso), mientras mantiene encuentros secretos con hombres. Su mejor amiga es Susan (Kaia Gerber, hija de Cindy Crawford, cuya semejanza con su madre opera como un signo más de la serie), la presidenta estudiantil que gana todos los concursos de popularidad sin quererlo. Y luego está Thom (Graham Campbell), el chico de ensueño cuya tristeza nadie percibe bajo lo que Bret describe como «una expresión de vacío intrigante».

Los adultos brillan por su ausencia o por su toxicidad. Los padres de Bret están de vacaciones en el extranjero. La familia de Debbie ocupa el espacio que deberían llenar los mayores responsables: su padre Terry (Wes Bentley) es un productor de cine depredador con debilidad por los menores; su madre Liz (Evan Rachel Wood) es un anticipo del futuro de Debbie, medicada con drogas, alcohol y estallidos de ira; y el asistente de Terry, Steven (Jordan Roth), añade una extrañeza felina al cuadro.

La serie es densa en referencias culturales. El resplandor aparece como historia de un escritor que pierde la razón; Chinatown como sinónimo del mal sistémico que no puede combatirse; el fracaso financiero de Heaven's Gate de Michael Cimino como epitafio del cine de autor de los setenta. Bret pronuncia un monólogo sobre los videoclips como el futuro del arte que recuerda directamente a Patrick Bateman. El casting añade capas: Homer Gere comparte rasgos con su padre Richard, cuya película American Gigolo —otro relato de sexo y crimen en Los Ángeles— fue lanzada justo a tiempo para ser referenciada por los personajes.

Pero los detalles cuentan la historia completa, y aquí los detalles traicionan la ambición. Según la crítica de Time, la sinergia entre las experiencias de Murphy y Ellis supera, pero no borra, la irreconciliabilidad de sus perspectivas. El resultado es una serie que brilla en producción, pastiche de género y puestas en escena elaboradas —el territorio natural de Murphy— pero que no logra sostener las ideas más profundas que Ellis traía al proyecto. Lo superficial se impone.

Para Hemisferio, el diagnóstico es más amplio. The Shards es un retrato de lo que ocurre cuando el aparato industrial del entretenimiento absorbe una voz genuinamente incómoda. Ellis escribió una novela sobre el vacío moral de una élite sin consecuencias, sobre adultos ausentes y jóvenes abandonados a sus propios excesos. Murphy le ha dado producción de primer nivel y una plataforma masiva. Lo que ha perdido en el camino es precisamente la incomodidad: esa capacidad de la prosa de Ellis para hacer que el lector se sienta cómplice de algo que no debería tolerar. En televisión, la imagen siempre puede hacer que lo sórdido parezca simplemente elegante.

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