La escena lo dice todo. Mientras los equipos de rescate removían escombros en la región del Pacífico colombiano tras el terremoto del lunes 12 de agosto, en las redes sociales se libraba otra batalla: más de 11.000 usuarios señalaban al Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia —conocido como HAARP, con sede en Alaska— como el responsable del sismo de magnitud 7,4 que hasta ahora ha dejado más de 280 muertos, miles de heridos y cientos de desaparecidos.
No es la primera vez. Según AFP Factual, teorías similares ya habían circulado atribuyendo al programa efectos en eventos climáticos o terrestres en Argentina, Estados Unidos y en los dos recientes terremotos en Venezuela. El patrón se repite con cada catástrofe natural de magnitud suficiente para capturar la atención global.
Lo que dice la ciencia
El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) determinó que el sismo fue causado por una «falla de desgarre»: dos secciones de la corteza terrestre que se desplazan horizontalmente una al lado de la otra. El epicentro se ubicó en la región del Pacífico colombiano, a lo largo del Cinturón de Fuego, la cadena de fallas sísmicas que rodea el océano Pacífico y donde ocurre la mayoría de los sismos del mundo.
«Ninguna acción humana causó este terremoto. El sismo de Colombia ocurrió en una región con un alto historial de sismos naturales», afirmó Suzan Van der Lee, sismóloga y profesora de la Universidad Northwestern. La especialista añadió un dato que cierra el debate técnico: el terremoto se produjo a una profundidad de 110 kilómetros, al menos diez veces más profundo que cualquier sismo causado por actividad humana registrado hasta la fecha.
El ingeniero y sismólogo independiente Amílcar Carrera-Cevallos fue igualmente categórico: «No es producto de la minería o de la explotación, tampoco del calentamiento global, de la temperatura ni de la época del año. Este evento es de origen tectónico. Colombia es un país con actividad sísmica alta».
HAARP: qué hace y qué no puede hacer
Desde la década de 1990, cuando comenzó su construcción, HAARP ha sido blanco de teorías de la conspiración. El ejército estadounidense conserva la propiedad del terreno, pero la Universidad de Alaska Fairbanks administra el programa desde 2015. Sus investigadores estudian los procesos físicos que ocurren en la termosfera y la ionosfera mediante transmisores de radio de alta frecuencia que calientan pequeñas regiones de esas capas para observar sus efectos. El instrumento que concentra las sospechas es su Instrumento de Investigación Ionosférica (IRI), el transmisor de radio de alta frecuencia más potente del mundo.
Dean Whitman, geofísico de la Universidad Internacional de Florida, calificó de «ridículas» las hipótesis sobre el supuesto impacto de HAARP y afirmó con «absoluta certeza que existe cero fundamento físico para que las transmisiones de radiofrecuencia tengan efecto alguno en la ocurrencia de terremotos». Whitman detalló tres razones: la energía liberada por el terremoto de Colombia fue mucho mayor que la generada incluso por las bombas de hidrógeno más potentes, y millones de veces superior a la capacidad total de las antenas de HAARP; el equipamiento del programa está orientado hacia la atmósfera, no hacia el interior de la Tierra donde se originan los sismos; y los transmisores de radio utilizan ondas electromagnéticas que responden a principios físicos completamente diferentes a los que generan movimientos telúricos.
La trastienda del rumor
Los detalles cuentan la historia. Una tragedia con más de 280 muertos se convierte, en cuestión de horas, en combustible para narrativas que desplazan la atención de las causas reales y de las respuestas necesarias. La desinformación no es un fenómeno inocente: consume recursos de comunicación institucional, genera desconfianza en los sistemas de alerta temprana y, en el peor de los casos, distrae a las comunidades afectadas de las medidas de protección civil.
Para Hemisferio, el episodio ilustra un principio que vale la pena subrayar: el libre flujo de información —uno de los pilares de una sociedad abierta— exige también ciudadanos capaces de distinguir entre evidencia y especulación. Las instituciones científicas, con todos sus defectos, producen conocimiento verificable y falsable. Las teorías conspirativas, en cambio, se alimentan precisamente de la incapacidad de ser refutadas. Frente a una catástrofe real, con víctimas reales, esa distinción no es un lujo académico: es una cuestión de responsabilidad pública.


