AHORA
Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•
Hemisferio
PolíticaAméricasMundoNegociosTecnologíaCulturaIdeas
Hemisferio
Secciones
El medio
Cultura

El temple de las revoluciones

Robert Darnton reconstruye cómo cuatro décadas de abusos, censura y rumores forjaron el ánimo que hizo posible 1789. Una lección sobre lo que ocurre cuando el Estado sofoca la palabra y multiplica las bayonetas.
Imagen ilustrativa
sábado 1 de agosto de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana —o, en este caso, a ese verano de 1788 en París, cuando una frase garabateada en una gacetilla resumía el estado de ánimo de toda una ciudad: «Bayonetas en vez de pan».

El historiador norteamericano Robert Darnton toma esa pequeña pieza de papel como punto de partida de El temperamento revolucionario (Taurus), un ensayo que se propone algo más ambicioso que explicar las causas de la Revolución Francesa. Lo que le interesa a Darnton es el proceso interior: cómo fueron mutando las percepciones, las emociones y las expectativas de los parisinos hasta que derribar el orden establecido dejó de parecer una locura y se convirtió en un horizonte alcanzable.

La escena lo dice todo. De 1748 a 1789, Darnton recorre cuatro décadas de crisis, guerras, abusos y escándalos que fueron horadando la autoridad de la monarquía. La censura era el instrumento predilecto del antiguo régimen: sin prensa libre, las noticias viajaban como rumores en los bares y las calles. Panfletos, gacetillas y canciones —estas últimas especialmente eficaces para llegar a los analfabetos— tejían una red informativa paralela, clandestina y fuera del control del poder. Los versos burlones se reían de la autoridad con una impunidad que la letra impresa no se podía permitir.

El resultado, según Darnton, fue un temple forjado por varios elementos simultáneos: el odio al despotismo, el amor a la libertad, la indignación ante la decadencia moral de la aristocracia, la aversión a la monarquía, la nueva fe en el poder de la razón y, no menos importante, la familiaridad con la violencia. Ejecuciones, decapitaciones y torturas públicas ejecutadas por el propio Estado habituaron a la población a un umbral de brutalidad que, llegado el momento, se volvería contra sus autores.

El libro es, según la reseña de La Tercera, «excepcional, profusamente documentado y ágilmente narrado». No es un elogio menor: la historiografía de las revoluciones tiende al catálogo árido. Darnton, en cambio, entiende que las ideas grandes viajan dentro de las historias pequeñas.

---

En otro registro, pero con resonancias que no son casuales, Banda Propia reedita Ciudad Perdida, la primera novela de Daniel Alarcón —nacido en Lima, radicado en Estados Unidos—, una historia que transcurre en un país sin nombre cuyas señas remiten inequívocamente a la guerra contra Sendero Luminoso en Perú.

Los detalles cuentan la historia. Norma conduce el programa estelar de Radio Ciudad Perdida, la única emisora permitida por un gobierno que encarceló a los periodistas y reemplazó los nombres de las localidades rurales por números. Cada domingo por la noche, Norma recibe llamadas de personas que buscan a familiares desaparecidos tras una guerra civil que terminó hace diez años pero cuyas heridas, dice Alarcón, aún no cierran. La emisora presta un servicio, pero también renta con la angustia. Norma lo sabe. Lo hace de todas formas, porque en el fondo busca a su propio esposo, Rey, desaparecido en un pueblo de la selva hoy conocido como 797.

Cuando Víctor, un niño de 11 años, llega a la emisora procedente de ese mismo pueblo, la novela comienza a moverse hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, reconstruyendo lo que ocurrió antes, durante y después de la guerra. La represión estatal impuso una versión oficial de los hechos y vigila cualquier relato que la contradiga. La radio de Norma sobrevive porque es la única voz autorizada. La paradoja —el Estado usa la comunicación para controlar la memoria— es el núcleo moral del libro.

Alarcón escribe con una sobriedad que amplifica la melancolía. El escenario es desolado; la prosa, contenida. El efecto es el de una herida que no sangra pero duele.

---

La coincidencia entre ambos libros no es solo temática. Tanto Darnton como Alarcón ponen en el centro la misma pregunta: qué ocurre cuando el Estado monopoliza la palabra, persigue el rumor y castiga la memoria disidente. La respuesta histórica de Darnton es que ese monopolio tiene fecha de vencimiento; tarde o temprano, las gacetillas clandestinas y las canciones burlescas perforan el muro. La respuesta literaria de Alarcón es más amarga: el monopolio puede durar décadas, y el precio lo pagan personas concretas —un esposo desaparecido, un niño sin nombre de pueblo, una locutora que busca entre las voces ajenas la suya propia.

Para Hemisferio, la lección es de principios: la libertad de expresión no es un adorno del sistema liberal, sino su arquitectura de seguridad. Cuando el aparato estatal la suprime —con bayonetas en el siglo XVIII o con numeración de pueblos en el XX— no evita la tormenta; simplemente decide en qué condiciones llegará.

Más de Cultura