La escena lo dice todo. Panamá acaba de presentar su Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2026-2036 con una visión declarada: convertirse en un hub confiable de innovación en IA en América Latina. El país ya sabe ser puente, canal y centro logístico. El desafío ahora, según quienes han leído el documento, es dejar de ser solo un conector físico y transformarse en una intersección de datos, talento y soluciones.
Pero una estrategia no se ejecuta con entusiasmo. Se ejecuta con capacidades.
Esa es la advertencia que emerge con fuerza desde el mundo académico y de la innovación educativa. La propia estrategia panameña reconoce que la mayor restricción para adoptar inteligencia artificial no es la tecnología disponible, sino el talento humano capaz de usarla, adaptarla y gobernarla. Y en ese punto, el sistema universitario del país aparece como el eslabón más débil de la cadena.
Lo que dice el Banco Mundial
Un reciente informe del Banco Mundial sobre inteligencia artificial ofrece un marco útil para países en desarrollo. Su lectura, aplicada al caso panameño, arroja cinco ideas centrales: los países en desarrollo no necesitan competir construyendo los modelos de IA más grandes del mundo; sí necesitan adoptar y adaptar soluciones a sus propios problemas; sin talento, datos, instituciones y conectividad, la IA no produce desarrollo sino que aumenta la desigualdad; el Estado debe aprender a usar IA para mejorar servicios públicos, pero con evaluación y responsabilidad; y la regulación no puede ser un adorno, debe proteger la confianza, los derechos y la competencia.
Frente a esos cinco puntos, la estrategia panameña muestra activos reales: conectividad internacional, ubicación geográfica, estabilidad, servicios financieros, logística, energía y potencial para atraer inversión. Los pilares identificados —infraestructura, capital humano, datos, gobernanza, inversión y aplicación sectorial— son los correctos. El problema es la ejecución.
La universidad en la gradería
La especialista en innovación educativa que dirige SénecaLab, y que participó en el encuentro Innkind FIEd LATAM, plantea la cuestión sin rodeos: la educación superior no puede limitarse a abrir diplomados, cursos cortos o charlas inspiracionales. Necesita revisar currículos, métodos de evaluación, formación docente, investigación aplicada y relación con los sectores productivos.
La propuesta concreta tiene cinco ejes. Primero, todo estudiante universitario, sin importar su carrera, debe egresar con alfabetización en IA, pensamiento computacional básico, criterio ético y capacidad para usar datos —no para convertirse en programador, sino para entender el mundo en que trabajará—. Segundo, las universidades deben enseñar a pensar con y contra la IA; el riesgo no es usar herramientas, sino formar profesionales que deleguen el criterio y la responsabilidad. Tercero, Panamá necesita investigación aplicada conectada con sus sectores estratégicos: logística, finanzas, turismo, salud, agro, energía, construcción y gobierno. Cuarto, los datos educativos deben convertirse en política pública; sin información abierta sobre calidad, empleabilidad y deserción, será imposible saber si la educación superior está contribuyendo a la estrategia nacional. Quinto, la formación docente debe ser prioritaria, porque ninguna transformación educativa ocurre sin profesores capaces de experimentar y rediseñar su práctica.
A eso se suma una demanda de veeduría ciudadana: indicadores simples y públicos que permitan observar, año tras año, cuántas carreras incorporaron competencias de IA, cuántos docentes fueron formados, qué proyectos universidad-empresa se desarrollaron y cómo se protege la privacidad de estudiantes y ciudadanos.
Lo que está en juego
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que la estrategia se presentó. Panamá tiene una ventana de oportunidad que no depende de subsidios ni de gasto público desbordado: depende de que el aparato universitario —en buena parte financiado con dinero de los contribuyentes— deje de funcionar como espectador y asuma el rol de proveedor de talento que el mercado y el Estado necesitan.
El libre mercado de ideas y de talento premia a quienes se adelantan. Si las universidades panameñas no reforman sus currículos, no abren sus datos y no se conectan con los sectores productivos, el hub de IA que la estrategia promete quedará como una hoja de ruta sin ejecutores. Panamá no necesita copiar a Silicon Valley; puede construir una IA aplicada, confiable y útil para su modelo de país. Pero eso exige que la educación superior deje de mirar desde la gradería y entre al campo.



