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El suelo que vibra como un lago

El terremoto de magnitud 7.4 con epicentro en Chocó sacudió Colombia el lunes 10 de agosto y dejó al descubierto una vulnerabilidad geológica que los expertos llevan años advirtiendo: Bogotá está construida sobre sedimentos blandos que amplifican y prolongan las ondas sísmicas.
Imagen ilustrativa
martes 11 de agosto de 2026

A las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto, Colombia sintió el suelo moverse con una fuerza que no recordaba desde hacía años. El epicentro estaba en San José del Palmar, Chocó, a 88 kilómetros de profundidad. La magnitud: 7.4. Para muchos bogotanos, sin embargo, la pregunta no fue cuán fuerte fue el sismo, sino por qué duró tanto.

La respuesta tiene nombre técnico y raíces prehistóricas.

Julio Fierro, director del Servicio Geológico Colombiano (SGC), lo dijo sin rodeos en Blu Radio: «Fue el temblor más fuerte de la última década y uno de los más fuertes en el siglo». Fierro también ofreció la explicación científica detrás de la experiencia que vivieron millones de habitantes de la sabana: el llamado «efecto de sitio».

El lago que nunca desapareció del todo

Gran parte del territorio sobre el que se asienta Bogotá fue, en tiempos prehistóricos, un cuerpo de agua. Fierro recurrió a una imagen doméstica para ilustrar el fenómeno: «Es algo así como que un tanque está lleno de agua y lo golpeamos, pues el agua vibra mucho más tiempo, por lo que estamos en Bogotá sentimos el temblor durante mucho más tiempo. Esto era el lago Humboldt».

Ese suelo blando —sedimentos en lugar de roca sólida— no deja pasar las ondas sísmicas de largo. Las atrapa, las hace rebotar, las amplifica. La Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile define el fenómeno con precisión: «Los efectos de sitio se refieren a la modificación de la intensidad del movimiento sísmico que se experimenta en un suelo o en la superficie de un suelo cuando ocurre un terremoto». Y agrega un dato que debería preocupar a urbanistas y constructores: «Entre más blando sea el tipo de suelo que exista bajo la estación, mayor será la amplificación».

En términos prácticos, el suelo actúa como un filtro que no solo aumenta la duración del movimiento, sino también su intensidad percibida. La distancia al epicentro importa, pero no lo es todo.

Daños materiales, baja densidad y una advertencia implícita

El epicentro en San José del Palmar, zona de baja densidad poblacional, evitó inicialmente lo que podría haber sido una catástrofe humana de mayor escala. Los reportes iniciales no registraron pérdidas masivas de vidas en esa área específica, aunque los daños materiales en otras regiones del país fueron considerables.

Los expertos del SGC hicieron un llamado a la calma ante la posibilidad de réplicas, recordando que estos eventos son posibles pero no predecibles con exactitud. La institucionalidad científica colombiana respondió con celeridad y claridad comunicativa, lo cual merece reconocimiento.

Pero los detalles cuentan la historia completa, y esta historia tiene una dimensión que va más allá de la geología.

Lo que el sismo revela sobre la ciudad

Bogotá no es una anomalía en el mundo sísmico: ciudades como Ciudad de México o Santiago conviven con vulnerabilidades similares y han invertido décadas en normativas de construcción, mapas de riesgo y protocolos de emergencia. La pregunta que el terremoto del 10 de agosto deja sobre la mesa es si Colombia —y en particular su capital— ha hecho lo suficiente para traducir el conocimiento científico en política urbana concreta.

Identificar las zonas de suelo blando es, según los propios expertos, «vital para el desarrollo urbano». Esa frase encierra una exigencia implícita al aparato estatal y a los gobiernos locales: los mapas de riesgo sísmico deben condicionar los permisos de construcción, los códigos de edificación y la inversión en infraestructura pública. Cuando el Estado omite esa tarea —o la posterga por presiones políticas o presupuestarias— el costo lo pagan los ciudadanos con sus bienes y, en el peor escenario, con sus vidas.

El libre mercado puede construir más rápido, pero necesita reglas claras basadas en ciencia, no en conveniencia burocrática. Un marco regulatorio serio en materia sísmica no es un obstáculo a la inversión: es la condición mínima para que esa inversión tenga sentido a largo plazo. El sismo del lunes no destruyó Bogotá. Pero sí dejó al descubierto, una vez más, que la ciudad tiembla sobre un lago que nadie terminó de drenar.

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