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El simulador que certifica lo que el aula no puede probar

Waygroup, la edtech paisa que combina realidad inmersiva e inteligencia artificial, ya capacitó a 750.000 personas en seis países y apunta al millón de latinoamericanos con un modelo donde la certificación la dictan los datos, no el criterio del instructor.
Imagen generada con IA
martes 8 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo. Un trabajador se pone el equipo, entra a un entorno simulado y siente el peso, la vibración y la resistencia del escenario que podría matarlo si lo enfrenta sin preparación. No hay instructor que lo apruebe por intuición: un sistema de telemetría registra cada movimiento y la certificación solo llega si el desempeño supera el 90 % del umbral establecido. Así opera Waygroup for Education Latam, la empresa antioqueña que decidió que transmitir conocimiento no era suficiente.

Detrás del modelo está Diego Fernando Ramírez, quien pasó casi diez años como gerente en una de las administradoras de riesgos laborales más importantes de Colombia. Ese recorrido le enseñó algo que los manuales no dicen: una persona puede saber la teoría y fallar en la práctica. «No bastaba con tener buenos procesos ni con transmitir conocimiento. Había que cambiar la forma de enseñar y entrenar», relató Ramírez.

Lo que comenzó como una firma de consultoría y prevención de riesgos laborales evolucionó hacia un ecosistema que hoy combina, según el propio empresario, «educación inmersiva, simulación, tecnologías hápticas, inteligencia artificial y evaluación basada en evidencia». La tecnología háptica —que permite al usuario percibir estímulos físicos como vibraciones, peso o resistencia dentro de la simulación— es uno de los pilares del diferencial. Ramírez sostiene que estas integraciones «aceleran la memoria muscular y reducen significativamente los tiempos de aprendizaje frente a los modelos digitales convencionales».

Los números respaldan la apuesta. La compañía ha capacitado a más de 750.000 personas y ha trabajado con unas 700 instituciones en Colombia, México, Chile, Argentina, Perú y España. En México, sus ventas rondan los US$1,5 millones; en los demás mercados donde ha ingresado ha sumado alrededor de US$1 millón adicional durante los últimos tres años. En total, la empresa ha desarrollado proyectos por cerca de $40.000 millones en los últimos dos años.

El portafolio de aplicaciones es amplio: entrenamientos para trabajos en alturas y espacios confinados, conducción de vehículos de carga pesada, atención de incendios y manejo seguro de armamento. En todos los casos, la ventaja es la misma: el usuario puede repetir las prácticas bajo una metodología estandarizada y obtener una medición objetiva de sus resultados. La certificación no depende de una evaluación subjetiva.

La estrategia de expansión no pasa por desplazar a universidades o entidades gubernamentales. «El factor diferencial de este ecosistema no radica en reemplazar la infraestructura institucional de las universidades o entidades gubernamentales, sino en actuar como una capa de integración tecnológica que incrementa su capacidad operativa», explicó Ramírez. El modelo ya opera en colegios, universidades, centros de formación para el trabajo y empresas privadas. Los próximos mercados en la mira incluyen Guatemala y Estados Unidos.

La meta declarada es llegar a un millón de latinoamericanos certificados. Para entender el presente hay que volver a esa decisión inicial: no construir otra plataforma de e-learning, sino un entorno donde el error tiene consecuencias simuladas y la aprobación exige demostrar, no solo recordar.

Lo que Waygroup representa va más allá de una historia de emprendimiento regional. Es la demostración de que la libre empresa, cuando identifica una falla real del mercado —en este caso, la brecha entre el conocimiento declarado y la competencia demostrable—, genera soluciones que ningún programa estatal de capacitación ha logrado escalar con la misma precisión. El modelo de certificación basado en datos, con un umbral objetivo del 90 %, es exactamente el tipo de estándar que la burocracia tiende a evitar porque deja poco margen para la discrecionalidad. Que una startup paisa lo esté exportando a seis países, financiada con ingresos propios y contratos concretos, es el argumento más sólido a favor de dejar que el mercado —y no el aparato estatal— defina quién está realmente preparado para trabajar.

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