La escena lo dice todo.
El domingo siguiente al 20 de julio, mientras Colombia todavía procesaba el discurso presidencial del Día de la Independencia, Gustavo Petro abrió su cuenta de X y publicó un mensaje dirigido, sin rodeos, a la comunidad cristiana del país.
«Cristiano que tenga odio en su corazón no leyó el mensaje de Jesús sobre la luz, el amor y la vida», escribió el mandatario. Y remató: «El pueblo elegido de Dios es la humanidad toda».
Las mismas palabras aparecieron en una imagen de fondo azul que acompañó la publicación, un recurso visual que amplifica el alcance del mensaje en redes y que no es habitual en comunicaciones de Estado. La reacción en X fue inmediata: la publicación desató un aluvión de respuestas, según consignó la revista Semana.
La trastienda del mensaje
El contexto importa. El presidente Petro había pronunciado horas antes su discurso central del 20 de julio, la fecha de mayor carga simbólica del calendario político colombiano. Que al día siguiente eligiera el terreno de la teología —y no el de la política económica o la agenda legislativa— dice algo sobre los protagonistas a los que buscaba interpelar.
Colombia tiene una comunidad cristiana evangélica que ha crecido de manera sostenida en las últimas décadas y que representa un electorado con peso propio. Ese bloque no ha sido históricamente afín al petrismo, y varios de sus líderes han expresado distancia con las políticas sociales y culturales del gobierno. El mensaje presidencial, leído en ese mapa, no es solo una reflexión espiritual: es también un guiño político.
La frase «el pueblo elegido de Dios es la humanidad toda» tiene además una carga teológica específica. Reinterpreta una noción central del judaísmo y del cristianismo —la del pueblo elegido— en clave universalista, una lectura que ciertos sectores evangélicos conservadores no comparten. Petro no lo ignora. Su trayectoria intelectual y su estilo comunicacional sugieren que la elección de cada palabra es deliberada.
El patrón que se repite
Para entender el presente hay que volver a esa semana. No es la primera vez que Petro apela al lenguaje religioso en momentos de tensión política. A lo largo de su mandato ha citado pasajes bíblicos, ha convocado a la espiritualidad en discursos públicos y ha construido una retórica que mezcla el mesianismo de izquierda con referencias al Evangelio. Es un recurso que le permite hablar simultáneamente a audiencias muy distintas: a la base progresista que lo eligió y a los sectores populares de fe que no siempre simpatizan con su programa.
Lo que resulta llamativo en esta ocasión es la precisión del momento: el día después del 20 de julio, cuando el país está en modo de escrutinio máximo sobre cada señal del Ejecutivo.
Lo que está en juego
Desde la línea editorial de Hemisferio, el episodio merece una lectura más amplia. Un presidente que gobierna Colombia con índices de aprobación bajo presión, con una agenda económica cuestionada por el sector privado y con tensiones abiertas en el Congreso, recurre al púlpito digital para reencuadrar el debate. El movimiento es inteligente en términos de comunicación política: desplaza la conversación del terreno donde el gobierno está más expuesto —gestión, inversión, seguridad— hacia uno donde las emociones son más difíciles de refutar.
El problema, como siempre, es el desenlace. Las palabras sobre el amor y la luz no pagan la deuda pública ni reducen los homicidios. Colombia necesita menos sermones en X y más respuestas concretas a los colombianos que cada día calculan si el país en el que viven todavía vale la pena. Esa es la pregunta que ninguna imagen de fondo azul puede responder.



