El Senado de la República entregó un reconocimiento a la Sonora Santanera por más de 70 años de existencia como agrupación de música tropical en México. La ceremonia ocurrió en la sede de la cámara alta, a iniciativa del senador del Partido Verde Luis Alfonso Silva Romo.
La agrupación cumple 71 años de haber sido creada. En la sesión sonaron trompetas, piano, timbales, maracas y voces que acompañaron melodías conocidas durante décadas. Entre ellas estuvieron Cabaretera, Perfume de Gardenias, La Boa y Luces de Nueva York.
El pergamino entregado en el Senado señala que se trata de un «merecido reconocimiento» por más de 70 años de trayectoria y la describe como «un ejemplo de digna proyección a nivel internacional». El reconocimiento fue recibido por Norma Yolanda Colorado, hija de Carlos Colorado, fundador de la Sonora Santanera, y por Gilberto Navarrete, quien actualmente encabeza la agrupación.
Norma Yolanda Colorado agradeció «a todo el pueblo mexicano» y dijo que para ella ha sido «un gran orgullo» y «una gran responsabilidad» llevar el nombre de quien hizo esto. Añadió que le deben a Carlos Colorado todo esto, «toda su música», porque gracias a él «seguimos viviendo, seguimos existiendo y su música sigue adelante».
Silva Romo dijo que era «muy significativo» que todos estuvieran ahí para entregar ese reconocimiento a la Sonora Santanera de Carlos Colorado con su María Fernanda. También la llamó «una de las bandas más irónicas de la música mexicana», con más de 71 años de carrera artística.
A la ceremonia asistieron también las senadoras del PVEM Juanita Guerra y María del Rocío Corona Nakamura, así como Margarita Valdez, de Morena. Desde sus asientos, cantaron algunas de las melodías.
La escena lo dice todo. Mientras el país enfrenta problemas mucho más urgentes que un homenaje protocolario, el Senado reservó su tiempo y su aparato institucional para celebrar una trayectoria musical que ya tiene reconocimiento propio en la cultura popular. No es menor que el recinto legislativo se convierta en foro de aplausos y nostalgia.
Ese gesto dice mucho del desorden de prioridades que suele imperar en la política. El Senado existe para legislar, controlar y representar, no para funcionar como auditorio de celebración. Cuando la cámara alta abre sus puertas a este tipo de actos, también abre la discusión sobre en qué se invierte el tiempo de los representantes y qué tan lejos queda la disciplina institucional de las preocupaciones reales de los ciudadanos.
Los detalles cuentan la historia. Un reconocimiento puede ser legítimo y hasta merecido, pero el fondo sigue siendo el mismo: la política mexicana sigue dando espacio a ceremonias que alimentan el simbolismo antes que la eficacia. En ese contraste está el giro de la jornada: un homenaje cálido, sí, pero también una muestra de cómo el ritual puede desplazar al trabajo sustantivo.
Para una visión de libre empresa y orden institucional, el mensaje es claro. El prestigio cultural no necesita del aparato estatal para existir, aunque el Estado insista en capitalizarlo. La vida pública gana más cuando las instituciones se concentran en sus funciones esenciales y dejan de diluir su autoridad en eventos que, por entrañables que sean, no resuelven nada fuera del recinto.


