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El sastre de Keiko

Yirko Sivirich diseñó los trajes de posesión de la presidenta Fujimori como gesto personal, sin cobrar, con inspiración en la iconografía peruana y en colaboración con artesanas shipibas. Las acusaciones de apropiación cultural no lo detienen.
Imagen ilustrativa
domingo 9 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un diseñador que apoyó públicamente a Fuerza Popular en segunda vuelta, una presidenta que quería verde porque se lo recomendaron los astrólogos, y un traje sublimado con figuras de centímetro y medio de ancho que terminó en las portadas de todos los diarios del país. Así nació el vínculo entre Yirko Sivirich y Keiko Fujimori.

El propio Sivirich lo cuenta sin rodeos en entrevista con Infobae Perú: «Di mi apoyo a Fuerza Popular cuando supe de la segunda vuelta, porque era la opción que a mí me parecía la mejor». Desde ese momento, dice, comenzaron los ataques. Pero también comenzó algo más: una conversación que derivó en dos trajes presidenciales.

El primero fue el del 15 de julio, blanco con detalles en los bolsillos, con el verde que Keiko pedía por indicación astrológica. «Para que tenga sentido, dije: voy a tener que ver algo con la selva», recuerda Sivirich. El segundo, el del 28 de julio, fue el que encendió la polémica: azul marino, corte semimilitar, con figuras sublimadas en los filos inspiradas en la iconografía amazónica. Dos pruebas, ajustes, y el resultado que se volvió viral.

Los detalles cuentan la historia. Sivirich no cobró por ninguno de los dos trabajos. «Los trajes se los he regalado a Keiko, no es que he estado vendiéndoselos como dicen, que estoy lucrando con esto, nada», aclara. El proceso, según explica, toma entre tres semanas y un mes: medidas, molde a la talla, hasta tres pruebas. Un oficio artesanal aplicado a la más alta exposición pública del país.

La controversia llegó de la mano de acusaciones de apropiación cultural, impulsadas en parte desde la cuenta de la comunidad de Cantagallo, donde residen artesanas shipibas de Lima. Sivirich no esquiva el tema, pero lo desmonta con un argumento que él mismo considera irrefutable: «En la cuenta de Cantagallo sale que los diseños no son figuras amazónicas ni shipibas, entonces ellos mismos se contradicen». Y añade, con tono conciliador pero firme: «Si ellos creen que he hecho algo malo, bueno, las disculpas del caso».

Lo que el diseñador sí defiende con convicción es su vínculo real con los artesanos. Trabaja con Cantagallo desde hace más de tres años. Con Sucy Gómez, artesana shipiba, ha desarrollado zapatos y bolsos de cuero de paiche para una colección presentada en París. Collares, pulseras, vinchas. Ahora la está ayudando a preparar una colección para el 20 de septiembre. «No solo trabajo con artesanos de la selva o la parte andina, también de acá mismo, en la capital, pero todo manual», subraya.

El efecto mediático, paradójicamente, amplificó su alcance. Artesanos shipibos de Ucayali, de Loreto, de Madre de Dios le escribieron tras la polémica. Nuevos seguidores en redes. Amigos que no veía hace tiempo mandándole mensajes de apoyo. «Me han hecho más conocido», reconoce Sivirich, sin triunfalismo pero sin falsa modestia.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. El debate sobre apropiación cultural en el Perú de Keiko Fujimori no es un debate de moda: es un debate político con vestuario de pretexto. Sivirich lo identifica con precisión: «Todo lo que decían siempre va de la mano con el odio que le tienen a la presidenta».

Hemisferio observa aquí algo que va más allá del escándalo de pasarela. En un país donde el talento artesanal ha sido históricamente invisibilizado o capturado por el discurso identitario de turno, un diseñador que lleva cuero de paiche a París y bordados andinos al Palacio de Gobierno hace algo concreto: convierte el patrimonio cultural en valor económico y proyección internacional. Eso no es apropiación; es exactamente lo que el libre mercado y la creatividad individual pueden hacer por las comunidades que el Estado lleva décadas prometiendo proteger sin resultado. La pregunta que nadie en la polémica se hizo es la más importante: ¿cuántas artesanas shipibas tienen hoy más pedidos gracias a que un traje presidencial puso sus técnicas en el centro del debate nacional?

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