La escena lo dice todo. Antes del amanecer, largas filas de personas avanzan despacio por la calle Cuzco, en el barrio porteño de Liniers. Llevan flores, estampas y, muchos, una espiga de trigo. El destino es el Santuario de San Cayetano, en el número 150 de esa misma calle. El 7 de agosto —fecha en que murió el santo en 1547— la ciudad dentro de la ciudad se detiene un momento para hablar de trabajo, de pan, de esperanza.
Cayetano de Thiene nació el 1 de octubre de 1480 en Vicenza, al noroeste de Italia. Estudió Derecho en la Universidad de Padua y a los 26 años se trasladó a Roma, donde llegó a ocupar el cargo de secretario privado del papa Julio II. Tras la muerte del pontífice, tomó los hábitos y fue ordenado sacerdote en 1516. Fundó la sociedad Oratorio del Amor Divino y la Orden de Clérigos Regulares Teatinos, una congregación que predicaba costumbres austeras y tenía como premisa central la renuncia a los bienes individuales. Cayetano, proveniente de una familia acomodada, donó todo su dinero y rehusó vivir de limosnas.
Su vida entera fue un ejercicio de coherencia entre el discurso y la acción. Recorrió ciudades asistiendo a pobres y enfermos, creó asociaciones de socorro —entre ellas los llamados Montes de Piedad— y, en plena Reforma Protestante, pronunció una frase que sus devotos repiten siglos después: «Lo primero que hay que hacer para reformar a la Iglesia es reformarse uno a sí mismo». Murió el 7 de agosto de 1547, a los 66 años, enfermo y, según cuenta la tradición, negándose a descansar sobre un colchón. Fue beatificado el 8 de octubre de 1629 por el papa Urbano VIII y canonizado el 12 de abril de 1671 por el papa Clemente X.
La devoción popular en la Argentina tiene una fecha de nacimiento precisa y una causa identificable: la crisis. En la década de 1930, sacudida por el crack financiero de agosto de 1929, el párroco Domingo Falgioni, director espiritual de los Círculos de Obreros Católicos, organizó una pastoral que impulsaba la veneración de Cayetano como intercesor por el empleo y el alimento. Falgioni creó también una estampa del santo con el niño Jesús y una espiga de trigo, imagen que consolidó su condición de patrono del pan y del trabajo. Los favores atribuidos a su intercesión en aquellos años de desempleo masivo expandieron la confianza en el santo con una velocidad que ninguna campaña institucional habría logrado.
El santuario de Liniers fue fundado en 1875 por la Sociedad Hijas del Divino Salvador. Desde entonces, y con especial intensidad cada 7 de agosto, convoca a fieles de toda la Argentina y de los países limítrofes. La oración que la Agencia Católica de Informaciones ACI Prensa recoge para pedir la intercesión del santo resume en pocas líneas lo que mueve a esa multitud: «Te pido por los míos casa, vestido y sustento».
Los detalles cuentan la historia. Una festividad religiosa que nació como respuesta pastoral a una catástrofe económica —el desempleo de los años treinta— se convirtió, con el paso de las décadas, en el termómetro informal del estado de ánimo de los sectores populares argentinos. Cuantos más fieles llegan a Cuzco 150, más elocuente resulta el dato sobre lo que ocurre fuera del santuario.
Para Hemisferio, la vigencia de San Cayetano no es solo un fenómeno de fe: es también el recordatorio de que cuando el Estado falla en garantizar condiciones básicas para el trabajo y la empresa, la gente busca amparo donde puede encontrarlo. El santo de Vicenza predicó la austeridad, la renuncia al privilegio y la responsabilidad personal antes que la dependencia de la limosna institucional. En ese sentido, su mensaje tiene una actualidad que va más allá del calendario litúrgico.



