La escena lo dice todo. Una persona se despierta y, antes de que su cerebro procese el día que comienza, ya tiene el celular en la mano. Para Pilar Sordo, psicóloga y escritora chilena, ese gesto automático resume uno de los problemas centrales de la vida contemporánea: la pérdida del control sobre los propios hábitos.
En una entrevista con La Nación, Sordo sostuvo que el desafío mayor no es el estrés ni la cantidad de tareas que una persona acumula en un día, sino «el exceso de estímulos que rodean a las personas desde que se levantan de sus camas». El diagnóstico es claro: la invasión tecnológica no es neutral. Tiene consecuencias físicas y emocionales medibles.
Los treinta minutos que cambian el día
La especialista fue concreta en sus recomendaciones. «No puedo tomar mi celular apenas despierto, deben pasar al menos 30 minutos para que mi cerebro se conecte con el día desde otro lugar», afirmó. El argumento no es nostálgico ni tecnófobo: es funcional. El cerebro necesita un margen para orientarse antes de recibir el torrente de notificaciones, noticias y demandas que llegan con la primera pantalla del día.
El mismo criterio aplica al cierre de la jornada. Sordo recomendó dejar el celular «una hora y media antes de dormir» y subrayó otro hábito que considera igualmente dañino: sentarse con los hijos mientras se sostiene el teléfono en la mano. La presencia física sin presencia mental, según su lectura, no es presencia.
El listado de dispositivos que menciona es exhaustivo: celulares, computadoras, videojuegos, tablets y auriculares. No es un ataque a ninguna plataforma en particular, sino una advertencia sobre la lógica de dependencia que todos ellos, en conjunto, pueden generar.
Cuerpo y hábitos: lo que se subestima
Más allá de la tecnología, Sordo señaló que la alimentación y el ejercicio físico forman parte del mismo problema. «El azúcar hace mal; hay que evitar alimentos que inflamen y el ejercicio no es negociable», expresó. La formulación es deliberadamente directa: no hay margen para la negociación con ciertos hábitos básicos.
Lo que propone no es perfección, sino herramientas. «Todo esto es exponencial. Me refiero a estos aprendizajes que permiten mejorar mi calidad de vida en medio del caos», señaló. El caos, en su visión, no desaparece. Lo que cambia es la capacidad de navegarlo.
La libertad ínfima y superpoderosa
El punto más agudo de su argumento llega cuando aborda la autonomía individual. «En el ruido, si soy consciente, puedo hacerme cargo de entender que la vida que tengo, la decido yo. Hay un espacio de libertad humana que es ínfimo, pero superpoderoso: la actitud con la cual voy a vivir lo que me toca», afirmó.
Es una frase que merece detenerse. En un contexto cultural donde la narrativa dominante tiende a explicar el malestar individual como producto exclusivo de estructuras externas —el sistema, el mercado, la sociedad—, Sordo reivindica la agencia personal. No niega las circunstancias, pero insiste en que siempre existe un margen de decisión.
Cuando se le preguntó qué significa la felicidad para ella, la respuesta fue despojada de cualquier ambición grandiosa: «Paz. Ausencia de ruido. Mental y corporal. Poder respirar profundo».
La lectura de la casa
Hay algo refrescante en el enfoque de Sordo, precisamente porque va a contramano de la industria del bienestar que convierte cada ansiedad en un producto y cada hábito saludable en una suscripción. Lo que propone es, en esencia, recuperar el gobierno de uno mismo: decidir cuándo encender la pantalla, qué comer, cuándo moverse. Actos pequeños, pero que en conjunto definen quién conduce la propia vida.
En un tiempo donde el debate público gira alrededor de qué debe hacer el Estado para proteger a las personas de sus propias decisiones —regular algoritmos, gravar alimentos, limitar horarios de uso—, la psicóloga chilena recuerda que el primer regulador disponible es el individuo. Esa es, quizás, la idea más incómoda y más necesaria de toda la conversación.



