La escena lo dice todo. Un hombre que hace tres años era el corazón de un club de fútbol inglés está ahora detrás de la caja de un supermercado en el Medio Oeste, robando snacks por puro aburrimiento. Así arranca la cuarta temporada de Ted Lasso, que se estrena el 5 de agosto en Apple TV+, y el tono de incomodidad no abandona la serie en los cuatro episodios que se entregaron para reseña.
El regreso tiene la estructura de una reunión de banda que nunca llegó a disolverse del todo. Tres años después del final implícito de la tercera entrega —que mandó a Ted Lasso de vuelta a Kansas, junto a su hijo Henry— Rebecca (Hannah Waddingham), Keeley (Juno Temple) e Higgins (Jeremy Swift) cruzan el Atlántico para convencerle de que entrene al nuevo equipo femenino del AFC Richmond, las Lady Greyhounds. Que existan candidatas femeninas cualificadas en el Reino Unido no parece ser un obstáculo para nadie. Ted es el único nombre en la lista.
Del reparto original se echan en falta, notablemente, Nick Mohammed —el pródigo Nate— y Phil Dunster, cuyo personaje Jamie Tartt ha quedado fuera de la trama principal después de que el actor se incorporara a Rooster, la nueva comedia de HBO del productor ejecutivo Bill Lawrence. Brett Goldstein sigue ahí, con su Roy Kent convertido ahora en entrenador del equipo masculino. Beard (Brendan Hunt, cocreador de la serie) permanece como asistente de Roy, aunque, según la crítica de Time, ha «ido a la deriva» sin su alma gemela profesional.
La pregunta que la temporada nunca termina de responder es estructural: ¿qué hace Ted Lasso en un vestuario femenino? La reseña de Judy Berman en Time lo formula con precisión quirúrgica: convertirle en voz de la razón arriesga el mansplaining; hacerle deferir en exceso a sus jugadoras lo convierte en el «feminista masculino cringe y esforzado» que ya asomó en temporadas anteriores. La solución del equipo creativo, según la crítica, es mantenerle «en gran medida en los márgenes», cediendo el protagonismo a personajes femeninos como Alice, la asistente técnica interpretada por Tanya Reynolds (Sex Education), que fue descartada para el puesto que ahora ocupa Ted.
Alice es, de hecho, el punto más brillante de estos primeros episodios. Pero su presencia no compensa una ausencia más profunda: en cuatro capítulos, la interacción de Ted con sus jugadoras es mínima. Hay una madre, una pareja, una portera que se niega a usar guantes, pero ningún personaje emerge con la fuerza de un Roy Kent o un Jamie Tartt de las temporadas originales.
El diagnóstico de la crítica sobre el equipo creativo —mayoritariamente masculino en sus orígenes— no es nuevo. Rebecca y Keeley, pese a las interpretaciones de Waddingham y Temple, arrastran una trama empresarial sobre el sexismo en el deporte que nunca alcanza su potencial, en parte porque, según Berman, «estas colegas siguen interactuando como adolescentes en una pijamada». La cuarta temporada incorpora más mujeres en los créditos de guion y dirección, y el resultado se nota en Alice, pero no lo suficiente para redefinir el conjunto.
Lo que fue una serie sobre masculinidad —hombres enfadados, inseguros o arrogantes que aprendían a ser mejores personas bajo la tutela de un coach empático— regresa ahora como, en palabras de la crítica, «un show de confort laboral sobre nada en particular». El arco de Ted, que en la tercera temporada culminó con él dejando de huir de sus problemas y volviendo junto a su hijo, quedó cerrado con coherencia. Reabrirlo para ponerle al frente de un equipo femenino sin dotarle de un conflicto interior equivalente es, precisamente, el problema que la temporada no logra resolver.
Para Hemisferio, el caso de Ted Lasso ilustra una trampa recurrente en el entretenimiento de la última década: la agenda de representación impuesta desde arriba —aquí, la necesidad de que el fútbol femenino tenga «su» Ted Lasso— puede terminar perjudicando exactamente a quienes pretende celebrar. Las jugadoras de las Lady Greyhounds merecen una historia que gire en torno a ellas, no un coach americano colocado en los márgenes de su propio show para evitar acusaciones de paternalismo. El libre mercado de las audiencias, al final, suele ser más honesto que cualquier comité de diversidad: si los personajes no convencen, el mando a distancia no perdona.



