La escena lo dice todo.
Era mayo, en los pasillos de la Bienal de Venecia, cuando los periodistas acorralaron a Jessica Morgan junto a la retrospectiva del artista surcoreano Lee Ufan. La pregunta era siempre la misma: ¿aceptaría el cargo en la Tate? «Todo el mundo me pregunta eso», respondió. «Ya veremos.» Semanas después, el misterio se disipó.
Morgan, 57 años, nacida en Londres, formada en Cambridge y en el Instituto Courtauld de Arte, será la próxima directora del grupo Tate, la organización que gestiona algunos de los museos de arte más visitados del mundo, entre ellos la Tate Modern y la Tate Britain en Londres, y las sedes de Liverpool y St. Ives. Asumirá el cargo el 1 de enero de 2027.
El precio del regreso es concreto y medible. En la Dia Art Foundation —la organización neoyorquina célebre por su vasto espacio en Beacon y por instalaciones como la Spiral Jetty de Robert Smithson en Utah— Morgan cobró alrededor de 840.000 dólares en 2024, según las declaraciones de impuestos. Su predecesora en la Tate, Maria Balshaw, percibió alrededor de 222.000 libras, equivalentes a unos 296.000 dólares, según las últimas cuentas del grupo británico. La diferencia supera los 540.000 dólares anuales. No es un ajuste menor: es una declaración de intenciones.
Los detalles cuentan la historia.
La Tate que recibe a Morgan no es la institución boyante de hace una década. El número de visitantes en sus principales sedes de Londres fue el año pasado más de dos millones inferior a los niveles previos a la pandemia del coronavirus, y eso a pesar de dos exposiciones que están batiendo récords, con obras de Tracey Emin y Frida Kahlo. La moral del personal se ha desplomado en medio de importantes recortes en la plantilla. Y los críticos de arte británicos han atacado con dureza varias de las exposiciones recientes, señalando que anteponen la postura política a la calidad del arte. Un portavoz de la Tate indicó que Morgan no estaba disponible para ser entrevistada; en el comunicado de prensa, ella no mencionó ninguno de esos desafíos y se limitó a calificar su designación como «un inmenso privilegio».
El mundo del arte británico, sin embargo, recibió la noticia con alivio visible. Steve McQueen, quien instaló una exposición inmersiva en Dia Beacon durante la gestión de Morgan, declaró que «el futuro se presenta prometedor con ella al mando». La artista Cornelia Parker afirmó en un comunicado que Morgan posee «ambición, talento y audacia, cualidades que sin duda aprovechará en su nuevo cargo».
El currículo respalda el entusiasmo. Morgan trabajó en la Tate entre 2002 y 2014, donde fue curadora de arte internacional de la Tate Modern y responsable de exposiciones como The World Goes Pop, una muestra global del arte pop. Antes y después acumuló cargos en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y en el Instituto de Arte Contemporáneo de Boston. Desde 2015, al frente de Dia, inauguró un espacio renovado en Chelsea, adquirió las primeras obras de artistas afroamericanos en la colección y supervisó proyectos aclamados como Bass, de McQueen, y la retrospectiva del artista de performance Tehching Hsieh.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en Venecia. Morgan no confirmó ni negó. Dejó que los hechos llegaran solos. Cuando llegaron, la narrativa ya estaba escrita: una profesional con credenciales sólidas, dispuesta a cambiar un salario millonario por una institución en dificultades, en el país donde se formó.
Lo que está en juego va más allá de la gestión de cuatro edificios. La Tate es uno de los termómetros culturales de Europa occidental, y su deriva reciente —audiencias en caída, personal desmoralizado, críticas por subordinar el arte a la agenda— ilustra el costo real de gestionar instituciones públicas como plataformas ideológicas. El dinero de los contribuyentes y donantes financia esos museos; los visitantes que no llegan son el veredicto más honesto.
Si Morgan logra lo que sus defensores prometen —devolver el criterio estético al centro de la programación y recuperar al público perdido—, su regreso será más que un nombramiento. Será la demostración de que las instituciones culturales pueden corregir el rumbo cuando eligen liderazgo sobre activismo. El desenlace, como siempre, lo dirán las cifras.



