La escena lo dice todo. Dos pescadores recorren la orilla oeste del río Uruguay a comienzos de la década de 1980, se detienen frente a un pequeño acantilado y encuentran algo que no esperaban: dos huesos fosilizados asomando entre la roca. Guillermo Sena y Daniel Montano no lo sabían entonces, pero acababan de dar con el primer registro de una especie que la ciencia tardaría décadas en describir.
El hallazgo, publicado recientemente en la revista Ameghiniana de la Asociación Paleontológica Argentina, tiene nombre propio: Mesetasaurus protector. Un titanosaurio —subgrupo de los saurópodos, los dinosaurios de cuello largo más grandes que existieron— que habitó el norte de Uruguay hace aproximadamente 83 millones de años, durante el Cretácico Tardío.
«Con su nombre quisimos rendir un homenaje a José Artigas, el prócer uruguayo conocido como Protector de los Pueblos Libres, cuya capital estuvo a pocos kilómetros del lugar donde aparecieron los fósiles», explicó a Infobae el doctor en biología Daniel Perea, profesor de paleontología de vertebrados en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República de Uruguay. Perea encabezó el análisis junto a Matías Soto Núñez y Felipe Montenegro, ambos del Instituto de Ciencias Geológicas de la misma facultad.
Los detalles cuentan la historia. Los investigadores fotografiaron y midieron los restos con un calibre de precisión, los compararon con vértebras de otras especies de titanosaurios de América del Sur y construyeron un análisis filogenético —un árbol genealógico basado en características físicas compartidas— usando el software TNT, desarrollado por Pablo Goloboff del Conicet junto a James Farris y Kevin Nixon. El resultado fue inequívoco: el animal pertenece al grupo de los aeolosaurinos, un linaje de titanosaurios que vivió exclusivamente entre hace 89 y 66 millones de años.
Ese dato, aparentemente técnico, tiene consecuencias mayores. Hasta este trabajo, el conocimiento sobre los dinosaurios uruguayos era casi inexistente. Solo se conocía una especie de saurópodo en el país: el Udelartitan celeste, de un linaje familiar distinto. El Mesetasaurus protector pasa a ser la segunda especie registrada. Según Perea, el animal habría medido diez metros de longitud.
Pero el impacto va más allá de la taxonomía. Durante décadas, nadie supo con certeza qué tan antigua era la Formación Guichón, la capa de roca del noroeste uruguayo donde aparecen estos fósiles. Estudios anteriores la ubicaban en períodos mucho más viejos, lo que distorsionaba la lectura de toda la fauna prehistórica de la región.
Para resolver ese enigma, el equipo construyó una tabla con la presencia o ausencia de 46 grupos de animales prehistóricos en 36 formaciones geológicas de Uruguay, Argentina, Brasil, Chile, África y Madagascar. El objetivo era detectar qué faunas se parecían entre sí y, desde ahí, estimar en qué período vivieron.
La respuesta llegó con claridad: la Formación Guichón se agrupa con formaciones patagónicas del Cretácico Tardío, específicamente con las formaciones Allen y Los Alamitos de Argentina, con las que comparte la presencia de aeolosaurinos y otros grupos animales del mismo período. La datación revisada sitúa esa capa de roca entre hace 83 y 86 millones de años —más reciente de lo que se creía.
Ese corrimiento cronológico reencuadra también a otros animales hallados en la misma formación. El cocodrilo prehistórico Uruguaysuchus, por ejemplo, podría haber sobrevivido hasta el Cretácico más tardío de lo que se pensaba.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que dos pescadores miraron hacia el acantilado equivocado. O, mejor dicho, el acantilado correcto.
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El descubrimiento del Mesetasaurus protector es, ante todo, una victoria de la ciencia básica financiada con recursos institucionales modestos: una universidad pública, un equipo de tres investigadores, huesos guardados durante décadas. En un continente donde el gasto en investigación compite con prioridades más urgentes, este tipo de hallazgos recuerda que el conocimiento acumulado tiene valor propio, y que la paciencia científica —no la burocracia, sino el método— produce resultados que ningún decreto puede fabricar. Uruguay amplía su mapa prehistórico. La región, una vez más, resulta más rica de lo que sus propios archivos sugerían.



