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El profesor Lupin en Ciudad Universitaria

Rodrigo Murray, voz del mago más querido de Hogwarts, imparte Actuación en la UNAM desde 2016 —sin cobrar un peso de más— como forma de devolver lo que la universidad pública le dio.
Imagen ilustrativa
sábado 1 de agosto de 2026

La escena lo dice todo.

Son las ocho de la mañana de un lunes. En la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, un hombre que ha compartido pantalla con los mejores actores del cine mexicano contemporáneo —y que millones de niños reconocerían por su voz antes que por su rostro— entra a un salón de clases y cierra la puerta. No hay cámaras. No hay reflectores. Hay alumnos de tercer y cuarto semestre que quieren aprender a actuar.

Ese hombre es Rodrigo Murray.

Nacido el 3 de octubre de 1967 en la Ciudad de México, Murray lleva más de tres décadas de carrera profesional en cine, televisión, teatro y doblaje. El gran público lo ubica en Amores perros, en Narcos: México, en Las Muertas de Netflix o en Cuenta congelada. Los más jóvenes, criados con Harry Potter, lo reconocen de otra manera: él fue la voz del profesor Remus Lupin en Harry Potter y el prisionero de Azkaban.

Pero antes de todo eso, Murray fue estudiante de la UNAM. Cursó la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras —la misma donde hoy imparte clases— y vivía en Copilco, llegando a Ciudad Universitaria en bicicleta o a pie. Se tituló en 2010 con un informe académico titulado Radioteatro: 13 obras universales, enfocado en la elaboración de material didáctico.

La vuelta al aula no fue un accidente. En 2016, Murray inició su labor docente en esa misma facultad y continúa vigente hasta hoy, según la propia institución. Imparte las materias Actuación III y Actuación IV, dos asignaturas que corresponden precisamente al tramo donde los estudiantes, según él mismo ha explicado, «tienen claro el destino y ya tienen un mayor compromiso».

«En realidad el hecho de que esté en la universidad, dar clases lunes y viernes de 8 a 10 de la mañana, es porque la UNAM me dio de todo y de alguna manera quiero corresponder a todo lo que obtuve sin poner un solo peso», declaró en entrevista para el podcast Mixologando de José Eduardo Derbez, en abril pasado.

La frase merece detenerse en ella. Murray no habla de obligación institucional ni de currículum. Habla de deuda moral con una casa de estudios que, en sus propias palabras, «cambió mi vida entera, mi destino».

Su método en el aula es tan exigente como su trayectoria sugiere. A cada generación les pide lo mismo: convertirse en detectives de sus personajes. «Conocer el marco histórico, quién era, ponerse en sus zapatos, tratar de respirar, oler, sentir y dormir como ese personaje por lo menos durante dos semanas para entenderlo mejor», explicó en entrevista con TV UNAM. El oficio, para Murray, no es intuición: es investigación.

Y hay una dimensión que va más allá de la técnica. En sus clases, el actor insiste en el propósito social del teatro: «Trato de hacerles entender que a través del teatro que hacemos, tanto cine como televisión, su meta debe ser transformar un poco a las personas para bien. El teatro tiene una grandísima oportunidad de volver a congregar y eso es fantástico».

No es una postura nueva en él. Antes de entrar a la universidad, Murray ya daba clases de distintas asignaturas a adolescentes de secundaria, y tomaba cursos de actuación en paralelo. La docencia no llegó después de la fama; en cierta forma, la acompañó desde el principio.

La historia de Murray ilumina una tensión que vale la pena nombrar. La UNAM es una institución pública financiada por los contribuyentes mexicanos, con todos los debates que eso arrastra sobre eficiencia, autonomía y rendición de cuentas. Pero también es, en casos como este, el origen de una trayectoria que difícilmente habría tomado la misma forma en otro contexto. El mérito individual y la institución pública no siempre están en lados opuestos: a veces, como aquí, uno le debe al otro y decide saldarlo.

Lo que Murray hace los lunes y viernes a las ocho de la mañana no es filantropía ni marketing personal. Es, en el sentido más literal, devolver lo recibido. Y en un país donde el debate sobre el valor real de la educación pública rara vez se salda con hechos concretos, ese gesto —pequeño, silencioso, repetido durante casi una década— cuenta más que cualquier declaración.

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