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El precio del cálculo político

Ruben Gallego, con miras a la Casa Blanca en 2028, retiró su respaldo a un segundo candidato demócrata acusado de conducta inapropiada con mujeres. La pregunta que nadie en el partido quiere responder: ¿cuándo exactamente se sabía demasiado?
Imagen ilustrativa
miércoles 8 de julio de 2026

La escena lo dice todo.

El lunes pasado, el senador Ruben Gallego, demócrata de Arizona que ha dejado abierta la puerta a una candidatura presidencial en 2028, publicó un mensaje en X anunciando que retiraba su respaldo a Graham Platner, el candidato demócrata al Senado por Maine. La razón: una acusación de violación que sacudió la campaña. Gallego calificó los señalamientos de «troubling and deeply serious» —perturbadores y profundamente serios.

Fue entonces cuando Lyndsey Fifield, exnovia de Platner, respondió públicamente al senador. «Los míos no fueron suficientemente perturbadores ni serios para ti, ¿verdad?», escribió Fifield en referencia a sus propias acusaciones, publicadas semanas antes en un extenso reportaje del New York Times.

Los detalles cuentan la historia.

El 4 de junio, el Times había publicado un perfil de las relaciones pasadas de Platner en el que Fifield alegó que él la agarró repetidamente con suficiente fuerza como para dejarle marcas, la jaló de un taxi por la muñeca y, en un incidente, le retorció el brazo detrás de la espalda mientras la retenía en una habitación. Fifield precisó al Times que Platner nunca la golpeó ni la golpeó con el puño, pero dijo que los incidentes la dejaron sacudida y con miedo. Platner negó haber sido violento y calificó las acusaciones de falsas.

Aun así, figuras influyentes del Partido Demócrata mantuvieron su apoyo a Platner después de esa historia. Jon Lovett, copresentador del pódcast «Pod Save America», reconoció que el Times había reportado acusaciones de que Platner era «intimidante e incluso físicamente agresivo con parejas románticas del pasado», pero argumentó que los demócratas tenían que sopesar si preferían «una mayoría demócrata con Graham Platner en el Senado» o una mayoría republicana con la senadora titular Susan Collins. Su compañero Jon Favreau había elogiado antes a Platner como la «mejor y única oportunidad» de los demócratas para vencer a Collins y como un hombre «bueno y decente».

Para entender el presente hay que volver a esa semana.

El episodio con Platner no es el primero que pone en entredicho el criterio de Gallego. Meses antes, el senador había retirado su respaldo al aspirante demócrata a gobernador de California Eric Swalwell en medio de acusaciones separadas de agresión sexual y conducta inapropiada. Swalwell también negó los señalamientos en su contra. Dos candidatos, dos retiradas tardías, un mismo patrón.

La trastienda importa aquí. Gallego no retiró su apoyo a Platner cuando el Times publicó las acusaciones de Fifield. Lo hizo semanas después, cuando la presión política se volvió insostenible. Incluso Zohran Mamdani, figura del ala progresista y descrito como «kingmaker» en la cobertura del caso, llamó públicamente a Platner a «abandonar la carrera» tras la acusación de violación. El senador John Fetterman, demócrata de Pensilvania, pidió a Bernie Sanders que se disculpara por haber respaldado a Platner.

El desenlace político está lejos de cerrarse. Analistas del propio partido advierten que el escándalo Platner complica el ya cuesta arriba camino demócrata hacia la mayoría en el Senado. Un asesor del expresidente Biden, citado en medios, señaló que los demócratas moderados se habían opuesto a Platner desde octubre.

La campaña de Platner tardó tres días en completar su proceso de vetting —verificación de antecedentes—, un plazo que ahora regresa como un fantasma político para quienes lo avalaron.

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El caso Gallego-Platner ilustra una aritmética que el Partido Demócrata lleva meses practicando en voz baja: poner la mayoría legislativa por encima del escrutinio de los candidatos. Que figuras con ambiciones nacionales —y acceso a equipos de investigación— hayan necesitado una acusación de violación para abandonar a un candidato cuyas señales de alarma ya eran públicas no es un error de cálculo menor. Es una declaración de prioridades.

Para un partido que ha construido buena parte de su identidad reciente sobre la protección de las mujeres, el episodio abre una herida difícil de suturar con un comunicado de X. El electorado que tomará nota no es solo el de Maine.

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