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El precio de entrenar con libros robados

Un juez federal aprobó un acuerdo de US$1.500 millones contra Anthropic por usar copias pirateadas para entrenar a Claude. El fallo resuena en Colombia, donde las protecciones son más estrictas y el margen de maniobra para las tecnológicas, más estrecho.
Imagen ilustrativa
viernes 31 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un chatbot de inteligencia artificial que conversa con millones de personas al día resultó haber aprendido a hacerlo, en parte, leyendo libros que nadie le autorizó usar. El desenlace llegó en forma de acuerdo judicial: US$1.500 millones que Anthropic deberá pagar a miles de autores y editoriales por haber utilizado copias pirateadas de sus obras para entrenar a Claude.

La jueza Araceli Martínez-Olguín aprobó el acuerdo, que beneficia a los titulares de más de 482.000 obras. Según los términos pactados, cada libro recibirá cerca de US$3.000 en compensación. Alrededor del 91 % de los autores y editoriales involucrados ya reclamó su parte.

El origen del caso se remonta a 2024, cuando un grupo de autores demandó a Anthropic al sostener que la compañía había obtenido millones de libros desde sitios de piratería para alimentar su modelo. La empresa intentó evitar el juicio, pero las evidencias sobre la procedencia del material resultaron determinantes. El juez William Alsup había establecido previamente que entrenar modelos de IA con libros protegidos puede constituir un uso legítimo —fair use— bajo la ley estadounidense, aunque también concluyó que Anthropic actuó de manera indebida al obtener ese material desde fuentes no autorizadas. La distinción importa: una cosa es el proceso algorítmico; otra, la forma en que se capturó la información.

Esa diferencia es precisamente la que subraya el abogado Juan Camilo Vargas, consultado por Semana. «La finalidad tecnológica o la sofisticación que tenga un modelo de inteligencia artificial no justifica ni invalida la ilegalidad en la adquisición de los datos de insumo», afirmó. En otras palabras: el fin no santifica el origen.

Colombia: sin red de seguridad para las tecnológicas

Si el caso ya fue costoso en Estados Unidos, donde existe la doctrina del fair use, las implicaciones para Colombia son potencialmente más severas. Vargas lo explicó con precisión: Colombia no contempla esa figura. «Nuestro sistema jurídico es civilista y se rige por una lista cerrada y taxativa de excepciones. Para que un uso no autorizado sea legal en Colombia, tiene que estar explícitamente escrito en la ley», señaló. Y el entrenamiento masivo de modelos de IA con libros protegidos, según su análisis, «no encaja en ninguna de las excepciones que hay en Colombia».

El panorama regulatorio local se volvió aún más relevante desde abril de 2026, cuando entró en vigencia un nuevo régimen de indemnizaciones por infracción a los derechos de autor que facilita las reclamaciones de los titulares afectados. Las empresas tecnológicas que operen o comercialicen sus servicios en el país enfrentan, según Vargas, la obligación legal de implementar «protocolos de trazabilidad de datos». El incumplimiento podría derivar en demandas multimillonarias, mandatos de suspensión de operaciones e incluso órdenes de destrucción de bases de datos.

Los detalles cuentan la historia: no se trata solo de cuánto vale un libro pirateado, sino de cuánto vale el modelo entrenado con él, y quién asume ese costo cuando la cadena de origen no se puede justificar.

La trastienda de la industria

Aunque Anthropic ha insistido en que el fallo respalda el entrenamiento de modelos bajo la doctrina del fair use en Estados Unidos, la cifra habla por sí sola. US$1.500 millones es una de las mayores recuperaciones económicas por derechos de autor en la historia, según recoge la fuente. Para la industria de la inteligencia artificial, acostumbrada a moverse en zonas grises regulatorias, el mensaje es inequívoco: el aparato judicial puede alcanzar incluso a los modelos más sofisticados cuando el origen de los datos no se sostiene.

Para Hemisferio, el caso ilustra un principio que trasciende la tecnología: la propiedad intelectual es propiedad privada, y su violación —aunque se vista de innovación— tiene un precio. Los autores que vieron sus obras absorbidas sin permiso ni pago no son una externalidad menor del progreso tecnológico; son titulares de derechos cuyo trabajo financió, literalmente, el entrenamiento de uno de los modelos de lenguaje más utilizados del mundo.

La pregunta que queda abierta para Colombia y el resto de América Latina es si sus marcos legales —más rígidos que el sistema anglosajón en materia de excepciones— se convertirán en un dique real o en letra muerta. El nuevo régimen de indemnizaciones vigente desde abril de 2026 sugiere que, al menos en el papel, las herramientas existen. Lo que falta por ver es si habrá voluntad de usarlas cuando el infractor sea una empresa de Silicon Valley con millones de usuarios locales.

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