La escena lo dice todo. Una ministra de Salud rechaza un proyecto propio de la coalición oficialista con el argumento de que «no agrega nada» al debate, y al otro lado del pasillo parlamentario una senadora del Partido Nacional Libertario (PNL) saca la cuenta: eso no es gobernar, eso es administrar.
Vanessa Kaiser, parlamentaria del PNL, no habla en voz baja. En una entrevista publicada por La Tercera, la senadora identifica en la negativa de la ministra May Chomali al proyecto «Escucha su corazón» un síntoma de algo más profundo: un gobierno de José Antonio Kast que, según ella, está cediendo terreno cultural para no incomodar a la oposición, y que con esa estrategia arriesga perder lo único que ningún gobierno puede darse el lujo de perder.
«Su piso mínimo es su 30% y tiene que trabajar por mantenerlo», afirma Kaiser. La referencia no es arbitraria. Sebastián Piñera, recuerda, sí perdió ese piso. Gabriel Boric, en cambio, nunca lo perdió: «El seguidor de Boric no lo deja, pase lo que pase». La lección que extrae es directa: cuando la derecha decepciona a su base, la base se va. Cuando la izquierda decepciona a la suya, la base aguanta.
La batalla que no se está dando
Para Kaiser, el error no está en el énfasis económico del gobierno —recuperar el crecimiento, reducir la regulación, restablecer el orden—, sino en no entender que la batalla cultural es condición necesaria para que esas metas sean posibles. «Una empresa en la que por lo que no le dijiste a una mujer te puede denunciar por ley Karin está liquidada», dice. Ir contra esa ley, contra la ley de humedales ecocentrista, contra la narcocultura: eso, argumenta, también es política económica.
La senadora menciona como excepciones positivas a los ministros Quiroz y Poduje, a quienes atribuye «voluntad de poder» y disposición a dar la batalla cultural «sin miedo». Del resto del gabinete pide más «ñeque». Y apunta a un instrumento concreto que el gobierno no estaría usando: los decretos ejecutivos. «Tienes muchas facultades a través de decretos, que las usó Boric, que no se ve que las esté usando el presidente», señala.
El diagnóstico es duro pero preciso en su lógica interna: en una democracia, implementar políticas requiere legitimidad social, y esa legitimidad se construye —o se destruye— en el terreno de las ideas. Si el gobierno cede ese terreno para «calmar las aguas» con Walker y Parisi, según Kaiser, no gana aliados: se disuelve a sí mismo.
El PNL, entre la alianza y la trampa
La relación entre el PNL y el gobierno de Kast es, en palabras de Kaiser, condicionada. Los republicanos han declarado al PNL su aliado natural. Kaiser no devuelve el gesto de forma automática: «No podemos ser aliados naturales si es que el gobierno está dispuesto a jugar más a favor de los señores Walker y Parisi que de apoyarnos».
Sobre la posibilidad de que el PNL ingrese al gabinete —el presidente de Evópoli, según Kaiser, lo ha promovido—, la senadora es escéptica por una razón táctica: «En el fondo, es 'si ingresan y les damos dos subsecretarías, se tienen que quedar callados'». La cooptación, en su lectura, es la forma más eficaz de neutralizar a un aliado incómodo.
En cuanto al indulto presidencial prometido por Kast, Kaiser ofrece una explicación: «No ha querido abrir una caja Pandora». Y conecta esa cautela con la misma lógica que explica la postura de Chomali: el temor a la reacción opositora. Un temor que, a su juicio, está produciendo el efecto contrario al buscado.
Lo que está en juego
La advertencia de Kaiser toca un nervio que la derecha latinoamericana conoce bien. Los gobiernos que llegan al poder con una base ideológica definida y luego gobiernan como si esa base no existiera no suelen ganar el centro: suelen perder los dos extremos. El centro no premia la moderación táctica; la base sí castiga la traición a los principios.
Para Hemisferio, el debate que Kaiser instala es más amplio que Chile. La tensión entre gobernar para mantener el apoyo propio o para ampliar coaliciones es el dilema permanente de cualquier administración de derecha en la región. La diferencia está en que los gobiernos que han logrado resultados —los que han desregulado, recortado gasto, restaurado el orden— lo han hecho precisamente porque no cedieron ese 30% en el altar de la aprobación opositora. Administrar no es gobernar. Y ese matiz, en política, lo cambia todo.



