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El piso blanco frente al parque

Una diseñadora española transformó un apartamento vacío en el Upper East Side en una base familiar para una pareja madrileña, con arte, muebles vintage y vistas al Central Park como protagonistas.
Imagen ilustrativa
domingo 12 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Cuando María Santos cruzó por primera vez la puerta de ese apartamento en el Upper East Side, no había muebles, no había cuadros, no había nada salvo luz y una vista que recortaba el Central Park como si fuera un cuadro de gran formato. «Está prácticamente enfrente de Central Park y tiene unas vistas maravillosas», recuerda la interiorista española sobre ese primer encuentro con la propiedad.

El encargo llegó de una pareja radicada en Madrid —ella estadounidense, él español— que buscaba una base en Nueva York para vacaciones y reuniones familiares. La vivienda formaba parte de un edificio construido en los años 70 y contaba con una distribución compacta pero funcional: un dormitorio con vestidor y baño en suite, un segundo dormitorio, cocina y un gran living-comedor con vistas a la ciudad. La reforma estructural ya había sido ejecutada por una empresa constructora local en sintonía con un estudio de arquitectura neoyorquino antes de que Santos entrara en escena.

El punto de partida era claro: al no tratarse de una vivienda principal, el proyecto permitió ciertas licencias estéticas y un espíritu más arriesgado. La familia tenía hijos pequeños y muchos perros, lo que imponía una exigencia adicional: que el resultado fuera limpio, fresco y funcional sin sacrificar el nivel estético. «La idea fue una vivienda muy blanca, porque ellos son muy amantes del arte y querían un espacio flexible en el que poder incorporar piezas a lo largo del tiempo», explica la interiorista.

Se incorporaron molduras clásicas en las paredes y un parquet de roble colocado en punta de Hungría. La paleta de tonos blancos y cremas, combinada con maderas claras, fue concebida como un escenario neutro para coleccionar arte. Los muros hoy exhiben litografías en formato XXL de artistas como Francis Bacon y Anish Kapoor.

El problema del contenedor

El trabajo a distancia marcó el ritmo del proyecto desde el principio. Santos asesoraba desde España mientras la reforma avanzaba en Manhattan. Al intentar equipar el apartamento con piezas del mercado local, se encontró con un obstáculo inesperado: las antigüedades neoyorquinas estaban tan restauradas que habían perdido su pátina original. La solución fue comprar joyas de los años 40 a los 60 en Madrid, diseñar sillones y alfombras a medida, y embarcar todo rumbo a Estados Unidos.

Lo que parecía una solución elegante derivó en una crisis logística. Al llegar a Nueva York, el contenedor quedó retenido por las autoridades aduaneras. «Tuvimos que pasar las semanas que habíamos organizado el montaje viviendo en el apartamento; pusimos unos colchones en el suelo y vivíamos ahí», relata la diseñadora. La espera forzada, sin embargo, se convirtió en una oportunidad: acompañada por la anticuaria Carina Casanovas, Santos recorrió rincones de Brooklyn en busca de piezas auténticas y sin restaurar. De ese recorrido surgieron esculturas de los años 70, lámparas de cristal de los años 30 y bancos de madera de los 50.

Hay un detalle personal que completa el cuadro. Cuando le encargaron el proyecto, Santos estaba embarazada. Tuvo que viajar a Nueva York con casi ocho meses de gestación, lo que le exigió solicitar permisos especiales para volar. Dos días antes de su vuelta, liberaron el contenedor y el departamento pudo entregarse terminado.

El resultado

El living articula el diálogo entre épocas que Santos buscaba desde el principio. Los sillones, fabricados en Madrid y enviados en contenedor, conviven con una mesa de comedor de mármol firmada por Angelo Mangiarotti, sillas «China» de Hans J. Wegner y una lámpara «Halo» de Paul Loebach para Roll & Hill. Los bancos de los años 50, la cristalería de los años 30 y una butaca «Platner» comparten espacio sin estridencias. En los dormitorios, la paleta blanca se mantiene para garantizar un clima sereno.

Los detalles cuentan la historia. Este apartamento es, en el fondo, el relato de un encargo que funcionó porque los clientes sabían lo que querían —un marco para el arte, una base sin pretensiones de residencia permanente— y eligieron a alguien dispuesta a volar embarazada y dormir en un colchón en el suelo para entregarlo a tiempo.

Para Hemisferio, el proyecto ilustra algo que el mercado inmobiliario de lujo confirma con regularidad: la propiedad privada bien concebida no es un gasto, es una plataforma. Un apartamento pensado con criterio estético y funcional acumula valor —económico y simbólico— de manera sostenida. La decisión de importar muebles europeos en lugar de ceder a la comodidad del mercado local, asumiendo costos logísticos y riesgos aduaneros, es también una declaración sobre el valor de la autenticidad frente a la conveniencia. El resultado, luminoso y despojado, con el Central Park de fondo, es la prueba de que esa apuesta tuvo sentido.

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