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El pintor de los sueños que conquista Barcelona

Guillermo Lorca lleva 18 obras y 15 años de trayectoria al Museo Europeo de Arte Moderno de Barcelona, donde bestias, ninfas y niñas construyen un universo simbólico de rara potencia visual.
Imagen ilustrativa
domingo 16 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un tigre muestra los colmillos junto al cuerpo dormido de una niña. Una ninfa levanta la cabeza de un cordero degollado. Desde el fondo, dos perros descansan sobre una cama. El cuadro se llama La casa de arena y es la primera imagen que recibe al visitante de la muestra homónima de Guillermo Lorca en el Museo Europeo de Arte Moderno de Barcelona.

Abierta hasta fines de septiembre, la exposición reúne 18 obras distribuidas en siete salones del Palacio Gomis, un edificio del siglo XVIII. Las pinturas recorren 15 años de trayectoria del artista y forman, en la práctica, una muestra antológica.

La pieza que da nombre a la exposición mide 2,5 por 3,8 metros. En ella Lorca comprime referencias que van desde Perseo con la cabeza de Medusa, de Cellini, hasta el arte japonés y los cuentos infantiles. «No es literalmente una casa de arena, aunque la arena parece salir de las paredes y da la sensación de que todo se está desmoronando», explica el artista. «Me interesaba esa idea de fragilidad, de cambio».

El camino hasta Barcelona no fue corto. Lorca expuso en el Museo de Bellas Artes en 2014 y en el GAM en 2018. Después llegaron el Museo Moco de Barcelona y la Galería Nacional de Sofía, en Bulgaria. La muestra actual es, hasta ahora, su apuesta más ambiciosa en términos de escala y síntesis.

Un panteón propio

Hijo de la escritora y editora Beatriz García-Huidobro, Lorca se formó entre libros de arte, cuentos ilustrados por Doré y animé japonés. Fue alumno del pintor noruego Odd Nerdrum. Su panteón incluye a Velázquez, Rembrandt y Caravaggio. «De Velázquez, ante todo, aprendí la técnica. De Rembrandt, la intimidad y algo misterioso que tienen sus cuadros. De Caravaggio, las composiciones; de Tiepolo, las composiciones y la belleza», enumera. A ellos suma la imaginería de El Bosco y los simbolistas del siglo XIX.

No es una lista decorativa. Cada nombre corresponde a una deuda técnica o conceptual precisa, y esa precisión se nota en la factura de sus lienzos: capas de pintura, dominio de la luz, composiciones que organizan el caos sin domesticarlo.

La nueva etapa: criaturas híbridas

La muestra incorpora dos pinturas que el propio Lorca describe como el inicio de un tránsito. Una sirena envuelta en los brazos de un pulpo y una centauro son las primeras figuras mitológicas que ocupan el centro de sus composiciones, no el margen. «Son figuras que quería hacer hace tiempo. Me costó algunos años encontrar la forma de integrarlas», admite. «Son imágenes arquetípicas: un caballo, un pez, un gran felino mezclado con un humano. Es una nueva etapa simbólica, donde los personajes humanos no están escindidos del animal».

El cuadro de la sirena cuelga del techo y, en su parte posterior, el artista exhibe fotografías, dibujos y diseños de su proceso creativo. Allí aparecen referencias a Francis Bacon y Chaïm Soutine, junto a antiguas ilustraciones. «Quería mostrar parte de lo que hay detrás de una pintura: no es simplemente que llega una idea mágica y después estoy pintando como si nada. Hay mucho trabajo previo», dice.

El origen: los rostros del Metro

Antes de las ninfas y las bestias, Lorca pintó rostros de pasajeros del Metro de Santiago para una serie expuesta en la Estación Baquedano. «Quería pintar de forma parecida a las pinturas del Renacimiento, pero en versión gigante. Y quería que los retratados pudieran representar fácilmente la cara de algún chileno o santiaguino», recuerda. El mundo simbólico llegó después, casi sin que el artista lo eligiera. «La niña estaba muy asociada a esta especie de ánima que yo andaba buscando. Su figura se transformó en una suerte de espíritu que acompaña a los otros espíritus».

Sobre la lectura inquietante que algunos hacen de sus cuadros, Lorca es directo: «Mis pinturas remiten a los cuentos de hadas; no llevan a un lugar perverso, porque no nacen desde ahí». Se declara racional en su vida cotidiana y filosóficamente cercano a Bertrand Russell, pero convencido de que los símbolos «tocan nuestras fibras sensibles» de un modo que la razón sola no alcanza. «Me mueve ese mundo simbólico. Es como un mundo espiritual, o lo que me queda de espiritual, entre comillas».

Lo que Lorca ha construido en 15 años es, en el fondo, un argumento visual sobre la permanencia de lo arquetípico: la belleza y la violencia no como opuestos sino como vecinos inevitables, igual que en los viejos cuentos antes de que alguien los suavizara. En un momento cultural dominado por el concepto y la instalación efímera, su apuesta por el virtuosismo técnico y la pintura de gran formato resulta, paradójicamente, la más contracorriente de todas. La casa de arena puede derrumbarse, pero de momento sigue en pie, y la gente hace fila para entrar.

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