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El peso de Troya

La versión de Christopher Nolan convierte La Odisea en un estudio sobre la culpa civilizatoria: Odiseo no teme al mar ni a los dioses, sino a lo que él mismo desató.
Imagen generada con IA
lunes 20 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Matt Damon, con la mirada perdida en el horizonte del Mediterráneo, no huye de Poseidón ni de las tormentas. Huye de sí mismo. Esa es la apuesta central de Christopher Nolan en The Odyssey, su nueva película, y para entenderla hay que detenerse en dos palabras que los personajes repiten como un mantra: «la Ley de Zeus».

En el universo de la película, esa ley tiene un nombre en griego antiguo: xenia. El concepto, explicado en distintos momentos por Telémaco (Tom Holland) y Penélope (Anne Hathaway), es algo cercano a la Regla de Oro: trata a los demás como quieres ser tratado. Pero en la Grecia del Bronce, xenia era mucho más que un precepto moral. Era la arquitectura social que mantenía unido a un mundo fragmentado en islas y costas hostiles. Si un extranjero llegaba a tu puerta, debías ofrecerle vino, comida y refugio seguro. El viajero, a cambio, debía respetar a su anfitrión. El sistema funcionaba porque todos dependían de él: nadie sabía cuándo sería él quien naufragara en tierra ajena.

Nolan construye su película sobre la fractura de ese pacto. Según su interpretación, Odiseo cree haber sido el primero en romperlo de manera irreparable. El Caballo de Troya —la trampa que él concibió tras diez años de asedio infructuoso— no fue solo una estrategia militar brillante. Fue un regalo envenenado, una violación de la hospitalidad en su forma más calculada: los griegos se ocultaron dentro de un obsequio para masacrar a quienes los recibieron. Cuando las puertas de Troya cedieron, lo que siguió fue, según el relato de la película, una orgía de crueldad: templos profanados, sacerdotisas esclavizadas, civiles asesinados.

La figura que Odiseo ve con frecuencia —Atenea, encarnada por Zendaya— resulta ser, en la lectura de Nolan, no una diosa sino el fantasma de una sacerdotisa asesinada durante el saqueo. No es protección divina lo que Odiseo invoca cuando habla con ella. Es culpa. La misma culpa que, según la película, lo mantiene alejado de Ítaca durante años: no el capricho de los dioses ni los peligros del mar, sino la vergüenza de tener que mirar a su familia después de lo que presenció y permitió.

Para entender el presente hay que volver a esa semana —o, en este caso, a esa guerra. La película establece un paralelismo explícito con el Oppenheimer de Nolan: así como el físico desató una fuerza que no podía controlar, Odiseo liberó un modelo de conducta que otros copiaron. Si el héroe más astuto de Grecia podía violar xenia para ganar, ¿quién estaba obligado a respetarla? Los «Pueblos del Mar», piratas que desafían la Ley de Zeus y que los personajes mencionan con temor, son el síntoma de ese contagio. Los historiadores, según señala la fuente, teorizan que estos grupos contribuyeron a hundir el Mediterráneo en una Edad Oscura en la que incluso la escritura desapareció de Grecia.

El regreso a Ítaca confirma los peores temores de Odiseo. Los pretendientes —108, según el relato clásico, con Robert Pattinson encarnando al peor de ellos— no son solo rivales amorosos. Son la demostración viviente de que el orden se ha roto: abusan de los huéspedes, humillan a los mendigos, explotan la hospitalidad de Penélope y Telémaco. El héroe llega a casa y encuentra que el mundo que él mismo contribuyó a destruir ya no existe.

Los detalles cuentan la historia. Nolan no filma una aventura de monstruos y dioses caprichosos. Filma una meditación sobre responsabilidad y consecuencias no deseadas, sobre el precio que pagan las civilizaciones cuando sus líderes deciden que el fin justifica los medios. Telémaco es noble precisamente porque alimenta a extranjeros y mendigos; los pretendientes son viles porque los desprecian. La diferencia entre ambas conductas es, en el fondo, la diferencia entre un orden que se sostiene y uno que colapsa.

Hemisferio no pasa por alto la ironía del momento: en una época en que el cine de gran presupuesto rara vez se atreve con preguntas morales de fondo, Nolan elige el poema más antiguo de Occidente para hablar de culpa colectiva, de liderazgo y de las reglas no escritas que hacen posible la convivencia. Que el vehículo sea un poema épico de tres mil años no lo hace menos urgente. Lo hace más honesto.

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