Chile ya no está envejeciendo. Ya envejeció. El último censo del país confirmó lo que los demógrafos venían anunciando: hay más personas mayores que menores de 15 años. El dato no es una proyección ni una advertencia a futuro. Es el presente.
Esa es la premisa con la que la psicóloga y activista Agnieszka Bozanic, fundadora de GeroActivismo, abre cada conversación sobre el tema. En una entrevista con Iquique Televisión, canal local chileno, Bozanic fue directa: «Actualmente hay más personas mayores que menores de 15 años o menos». Y añadió algo que pocos funcionarios se atreven a decir sin rodeos: «Ya estamos envejecidos».
Pero su diagnóstico no se detiene en la pirámide poblacional. Para Bozanic, la mayor amenaza no es la edad en sí misma, sino el viejismo: esa forma de discriminación que opera a través de mensajes como «ya no estás en edad para esto» o «debieras quedarte en tu casa». Una pauta cultural que, según explicó, no llega de golpe a los 60 años. «Desde los tres, cuatro años empezamos a interiorizar estos mensajes», afirmó, atribuyendo a la cultura y a los medios parte de esa construcción.
El mecanismo que describe es el de una profecía autocumplida. Una persona llega a los 60 o 70 años cargando décadas de ideas previas sobre lo que «debe» hacer, cómo debe vestirse, qué espacios ya no le corresponden. Y luego actúa en consecuencia. El resultado, según Bozanic, es que la persona mayor termina representando «ese personaje que espera la sociedad» de alguien que superó esa edad.
Las consecuencias no son solo simbólicas. La activista citó estudios internacionales según los cuales las personas que asumen de forma negativa su propio proceso de envejecer viven casi 8 años menos que quienes lo transitan de manera «mucho más compasiva». La discriminación por edad, en ese marco, no reduce solo proyectos o autoestima: puede acortar la vida.
El temor a envejecer, explicó Bozanic, tampoco nace únicamente del paso del tiempo. Lo vinculó con condiciones materiales muy concretas: pensiones bajas, pérdida del nivel de vida y acceso desigual al cuidado. «Sí, viejo y a mucha honra», propuso como gesto individual de resignificación, aunque advirtió que ese cambio de mirada no alcanza si no hay una mejora en las condiciones de protección social.
En ese punto, Bozanic fue igualmente crítica con los modelos culturales que presentan el envejecimiento aceptable como una versión intervenida de la juventud. Al referirse a figuras como Cher y Madonna, dijo que ese tipo de imagen transmite un mensaje «muy peligroso». Sobre Cher —a quien Bozanic mencionó en la entrevista como alguien que habría cumplido 80 años, aunque la mención es suya y no un dato verificado de la fuente—, la activista sostuvo que proyectar una apariencia de «veinte» instala una vara imposible de replicar para la mayoría y oculta el peso de los privilegios económicos y las cirugías.
Su objeción no apunta a una preferencia estética. Apunta a la negación. Bozanic marcó una diferencia entre buscar bienestar y perseguir una juventud ficticia: sí es posible llegar a edades avanzadas con fuerza y actividad, pero la promesa de una vejez sin marcas del tiempo no solo es irreal, también refuerza la idea de que envejecer visiblemente sería algo indeseable.
La activista también rechazó la idea de que el vínculo con la vejez comience cuando una persona entra en la tercera edad. «El proceso de envejecimiento es todos los días», afirmó. Bozanic, que según contó cumplirá 40 años este año, usó su propio caso para argumentar que el cuidado del cuerpo y de la mente no debería postergarse hasta los 60. En las mujeres, situó un punto de inflexión en la perimenopausia, etapa que, según describió, modifica hormonas y cognición.
Y cerró con una advertencia sobre la desigualdad: hablar de envejecimiento saludable sin mirar las condiciones sociales produce un diagnóstico incompleto. El acceso a la educación funciona como factor protector frente a la demencia; su ausencia impacta directamente en la salud. Las dietas y los hábitos recomendados tienen un costo que no todos pueden sostener.
La escena lo dice todo. Chile ha cruzado un umbral demográfico que exige respuestas del Estado, pero también una conversación honesta sobre qué tipo de vejez se está construyendo —y para quién. El viejismo es, en el fondo, un problema de incentivos mal alineados: una sociedad que castiga culturalmente la edad mientras posterga las políticas que permitirían transitarla con dignidad. El costo de esa demora no lo paga la burocracia. Lo pagan los contribuyentes que envejecen esperando un sistema que todavía no los ve.



