La escena lo dice todo. Mientras los últimos muñecos del pesebre más famoso del suroeste antioqueño eran embalados en bodegas del Centro de Medellín, en Venecia los comerciantes hacían el mismo cálculo: cuánto dinero entra en diciembre con el pesebre y cuánto entra sin él. La respuesta los dejó sin palabras.
Durante 22 años, la obra del arquitecto Luis Fernando Betancur Merino fue el motor navideño de un municipio que no tenía otro igual. Más de 3.000 muñecos, 400 edificaciones, cableado y decoración extendidos a lo largo de 400 metros dentro del Santuario de San José: una villa paisa en miniatura que, según los cálculos de su propio creador, atrajo 150.000 visitantes en la última temporada de diciembre y enero.
Ahora ese flujo de personas —y el dinero que gastaban en hoteles, restaurantes y transporte— se irá con la obra. EPM ya acordó con Betancur el traslado definitivo. El destino: el Edificio Inteligente de la empresa, en el hall del primer piso con vista a Parques del Río, donde el pesebre formará parte de los Alumbrados Navideños de 2026. Según El Colombiano, el almacenamiento en Medellín ya comenzó.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Betancur llamó al párroco por última vez. El arquitecto pedía apenas 20 centímetros más de espacio para seguir creciendo. El padre César Augusto Rodríguez consultó al obispo. La respuesta fue negativa. «20 centímetros no son mucho», dijo Betancur al explicar su decisión. Pero esos 20 centímetros fueron la gota que desbordó dos décadas de esfuerzo solitario.
Betancur detalló el peso financiero que cargaba solo: entre 40 y 50 millones de pesos cada año en elaboración y puesta en marcha, con apenas 5 millones de pesos recibidos del comercio local en la última temporada. A eso se sumaban las filas de una y dos cuadras bajo la lluvia, las más de cinco misas diarias que interrumpían la visita, y una infraestructura municipal que, según él, ya no daba para más.
El párroco Rodríguez sostuvo que la parroquia «siempre estuvo dispuesta a facilitar el espacio» y que nunca pidió la salida de la obra. «Fue una decisión totalmente de él», afirmó el sacerdote. Betancur, por su parte, no deja margen a la duda: «Ya tomé la decisión», le comunicó al cura cuando llamó a informarle.
Los detalles cuentan la historia. Sara Rojas, líder de la Asociación de Comerciantes de Venecia, describió el pesebre como «el corazón de la economía local» y advirtió pérdidas «incuantificables» para los sectores hotelero, gastronómico y de transporte. La comunidad ha intentado gestionar una solución con EPM, la Gobernación de Antioquia y la Arquidiócesis, pero según Rojas «hasta ahora no hay avances». El pedido es claro: que se dialogue y se reabra el espacio en la iglesia.
Mientras tanto, Betancur ultima los detalles de la inauguración en el Edificio Inteligente, evento en el que, según El Colombiano, estaría presente el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez.
Lo que ocurrió en Venecia es una lección sobre lo que sucede cuando la propiedad privada y la iniciativa individual no encuentran condiciones mínimas para operar. Un particular invirtió durante dos décadas, sin subsidio público ni respaldo institucional suficiente, para crear un atractivo que dinamizó la economía de toda una región. Cuando el espacio físico se volvió un obstáculo y el financiamiento siguió siendo un problema personal, el propietario tomó la única decisión racional disponible: llevarse su obra a donde sí cabe y sí hay respaldo.
El resultado es predecible. Medellín gana un atractivo navideño más. Venecia pierde su principal motor de turismo. Y la comunidad, que consideraba el pesebre «como propio» sin serlo, descubre ahora el costo de no haber construido a tiempo las condiciones —espacio, financiamiento, logística— que habrían hecho viable quedarse. La libre empresa no espera; cuando no encuentra suelo fértil, migra.



