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El peor desastre en veinte años

El ingeniero japonés Kit Miyamoto llegó a La Guaira tras los sismos del 24 de junio y encontró fallas que no son de la naturaleza: son de la burocracia y la negligencia en la supervisión de obras.
Imagen ilustrativa
martes 14 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Kit Miyamoto, el ingeniero estructural japonés que ha recorrido las ruinas de terremotos en Japón, Turquía, China, Italia y México, caminó por las edificaciones dañadas de La Guaira y dijo lo que pocos querían escuchar: «Este es uno de los peores desastres que he visto en los últimos 20 años».

Miyamoto llegó a Venezuela como parte de una misión internacional de asistencia técnica para evaluar los daños ocasionados por el doblete sísmico del 24 de junio. Su foco principal fue el estado La Guaira, donde inspeccionó edificaciones afectadas y analizó las condiciones del terreno para determinar los factores que amplificaron la magnitud de los daños.

Lo que encontró no fue solo el resultado de la geología. Fue también el resultado de años de supervisión ausente.

El acero que no llegó al fondo

Entre las observaciones técnicas más reveladoras, Miyamoto identificó deficiencias en la colocación del acero de refuerzo en el concreto, principalmente en columnas y fundaciones. Algunas barras, explicó, no alcanzaban la profundidad requerida para garantizar un desempeño estructural adecuado durante un movimiento sísmico. «Es muy importante que la inspección sea hecha por ingenieros», subrayó.

El especialista fue cuidadoso en señalar que este tipo de errores no es exclusivo de Venezuela y ha sido detectado en otros países afectados por terremotos. Pero la advertencia de fondo es clara: Venezuela cuenta con reglamentos de construcción apropiados y profesionales capacitados, y aun así las fallas ocurrieron. La brecha no está en el papel; está en la ejecución y en los controles que nadie aplicó.

Otro factor que agravó los daños en La Guaira fue la composición del subsuelo. Los terrenos blandos amplifican las ondas sísmicas y aumentan el movimiento que experimentan las construcciones, un fenómeno que Miyamoto comparó con lo ocurrido en Ciudad de México durante los sismos de 1985 y 2017. Sin embargo, descartó que esas condiciones impidan seguir desarrollando proyectos urbanísticos en la región: «Venezuela cuenta con la experiencia y la tecnología. Lo importante es hacerlo correctamente».

La plataforma de los tres colores

Como parte del proceso de recuperación, Miyamoto anunció que trabajará junto con cerca de un centenar de profesionales venezolanos en un programa de inspección de viviendas afectadas. La herramienta central será una plataforma tecnológica que permitirá registrar los daños y establecer las intervenciones necesarias mediante un sistema de clasificación por colores.

Las edificaciones se dividirán en tres categorías: edificios negros, cuando presenten daños estructurales irreparables y deban demolerse; edificios azules, para aquellas construcciones que requieren reparaciones; y edificios verdes, correspondientes a inmuebles que no presentan afectaciones de consideración.

El especialista explicó que esta metodología permitirá organizar las evaluaciones por sectores, agilizar la toma de decisiones durante la reconstrucción y optimizar el uso de los recursos disponibles. También señaló que el programa incorporará mano de obra local, con el propósito de generar oportunidades de empleo mientras avanzan las labores de recuperación en las comunidades afectadas.

Miyamoto cerró con una lectura que va más allá del hormigón y el acero: la reconstrucción representa una oportunidad para fortalecer la cultura de prevención sísmica y desarrollar ciudades más seguras, capaces de responder mejor ante futuros eventos naturales.

Lo que está en juego

Para entender el presente hay que volver a esa semana. Un experto internacional de primer nivel llega, inspecciona y concluye que Venezuela tiene las normas correctas y los ingenieros correctos. El problema es el aparato que debía vigilar que esas normas se cumplieran, y no lo hizo.

Eso tiene un nombre: falla del Estado. Y tiene un costo que no se mide solo en estructuras colapsadas, sino en vidas y en el dinero que ahora deberá movilizarse para reconstruir lo que una supervisión rigurosa habría preservado. La lección de Miyamoto no es técnica en el fondo; es política. Los reglamentos sin control son papel. Y el papel, como se ha visto en La Guaira, no resiste un terremoto.

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