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El Pentágono ordena medir la testosterona

Pete Hegseth convirtió el 15 de julio de 2026 la prueba hormonal en obligatoria para todos los militares mayores de 30 años. Los urólogos aplauden el tamizaje pero advierten sobre el uso precipitado de la terapia de reemplazo.
Imagen ilustrativa
lunes 20 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un secretario de Defensa frente a cámara, en un video titulado The High T Department of War, anunciando que el Ejército de los Estados Unidos medirá los niveles de testosterona de cada soldado mayor de treinta años, una vez al año, de manera obligatoria. El 15 de julio de 2026, Pete Hegseth convirtió una conversación que hasta hace poco era territorio exclusivo de clínicas privadas de medicina masculina en política oficial del Pentágono.

Hegseth encuadró la medida lejos de cualquier connotación de mejora artificial. «Esta iniciativa no se trata de potenciación artificial; se trata de restaurar y optimizar tus capacidades naturales, proteger tu longevidad y asegurar que tengas la base biológica necesaria para sostener el combate», dijo en el video. Los militares con «deficiencia de testosterona» podrán optar por recibir terapia de reemplazo de testosterona, conocida por sus siglas en inglés TRT. Los menores de 30 también podrán hacerse la prueba, aunque no de forma obligatoria.

El Pentágono no aclaró si las militares femeninas serían incluidas en el tamizaje o tendrían acceso a TRT. Consultado por TIME, el departamento no ofreció información adicional más allá del video y un comunicado institucional con contenido similar.

Donde la medicina dice «espera»

La orden choca de frente con las guías clínicas vigentes. El Dr. Ajay Nangia, profesor de urología en el sistema de salud de la Universidad de Kansas, lo dice sin rodeos: «Ni la Asociación Americana de Urología ni la Sociedad de Endocrinología recomiendan el tamizaje rutinario». La práctica estándar es solicitar la prueba solo cuando el paciente presenta síntomas —libido reducida, disfunción eréctil, anemia— o condiciones de alto riesgo como el VIH. «La recomendación del señor Hegseth va en contra de esas guías», señala Nangia.

El Dr. Jeff Morrison, urólogo de la Universidad de Colorado, subraya que la TRT no es una solución sin costos. «No hay almuerzo gratis. Hay efectos secundarios», advierte. Entre ellos enumera mayor riesgo de coágulos sanguíneos, acné, sensibilidad mamaria e irritabilidad. El más relevante para una fuerza en edad reproductiva: la TRT puede detener la producción de esperma y causar infertilidad. «Si tienes interés en tener hijos en el futuro, la TRT probablemente no sea una buena opción», dice Morrison. Además, el tratamiento se considera generalmente de largo plazo o de por vida.

Hegseth no mencionó estos efectos adversos en su video, ni discutió intervenciones alternativas como cambios en el estilo de vida. Morrison señala que siempre recomienda primero mejorar el sueño, reducir el peso y controlar el estrés —medidas que también elevan la testosterona— antes de recurrir a la terapia farmacológica.

El argumento a favor: la testosterona como señal vital

Otros especialistas ven en la iniciativa una oportunidad diagnóstica que va más allá de la libido o la masa muscular. «No existe mejor marcador de salud general para los hombres que la testosterona», afirma el Dr. Mohit Khera, profesor de urología en el Baylor College of Medicine. «Los hombres con testosterona baja tienen más probabilidades de sufrir infartos, derrames cerebrales, diabetes, obesidad y depresión. No se trata solo de sexo».

Khera, quien en 2025 dirigió un panel de expertos de la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. sobre la TRT, compara la testosterona baja con la luz de «revisar motor» en un automóvil: puede indicar estrés, mal sueño, una enfermedad reciente o algo más grave como cáncer o un trastorno pituitario. Establecer una línea de base en soldados jóvenes permitiría detectar caídas significativas con el paso del tiempo, cuando los efectos negativos se vuelven más pronunciados.

Khera también señala que el personal militar tiene un riesgo elevado de testosterona baja debido al estrés y las exigencias físicas del servicio, un fenómeno que los médicos estudian bajo el nombre de Operator Syndrome. Aun así, el propio Khera pone límites claros al entusiasmo: «No trataría a alguien con TRT si no tuviera síntomas o si sus niveles fueran normales. Quedarían atados a ella de por vida, así que hay que hacerlo bien». Y agrega: «No creo en llevar a alguien de normal a supernormal. Creo en ayudar a quien está verdaderamente bajo y tiene síntomas».

Lo que está en juego

La orden de Hegseth abre un debate que el Pentágono no puede zanjar con un solo video. El tamizaje masivo tiene lógica preventiva: detectar deficiencias reales antes de que afecten el rendimiento y la salud de largo plazo de quienes sirven al país. Pero la línea entre diagnóstico legítimo y medicalización de lo normal es fina, y cruzarla con miles de soldados en edad reproductiva tiene consecuencias que el aparato burocrático del Departamento de Defensa deberá gestionar durante años.

Lo que el libre mercado de ideas médicas ya sabe —y que la cadena de mando debería incorporar— es que optimizar no es lo mismo que curar. El dinero de los contribuyentes y la salud de los soldados merecen protocolos tan rigurosos como los que la ciencia exige: tamizaje sí, pero con consejería real sobre riesgos, alternativas y consecuencias de largo plazo. La testosterona puede ser el marcador; el criterio clínico debe ser la brújula.

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