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El pasillo de Sonotex

Catherine Fulop reconstruyó, con precisión de escena, el momento exacto en que su vida cambió de rumbo: una novela, un amor que agonizaba y un actor argentino de campera de cuero.
Imagen ilustrativa
jueves 23 de julio de 2026

La escena lo dice todo.

Era de noche en los pasillos de la productora Sonotex. Faltaba una semana para que terminara la grabación de Déjate querer. Catherine Fulop caminaba junto a Alejandra Gavilanes cuando Ova Sabatini apareció solo al fondo del corredor. Lo que ocurrió a continuación quedó grabado en la memoria de la actriz venezolana con una nitidez que el tiempo no ha borrado.

«Viene caminando por el pasillo de Sonotex, Ova solo, era de noche, ya terminaba la grabación y ya faltaba, no sé, una semana para terminar la novela», relató Fulop esta semana en Puro Show, el programa de El Trece. Gavilanes ofició de cómplice involuntaria —o quizás muy voluntaria— y pronunció en voz alta lo que Fulop apenas se atrevía a pensar. La respuesta de Sabatini fue escueta y definitiva: «Bueno, por mí sí».

Lo que siguió duró poco. Gavilanes se quedó parada en la puerta del baño de mujeres, haciendo guardia. «Cathy, Ova, salgan», se escuchaba desde el pasillo. Pero el giro ya estaba dado.

El 30 de octubre de 1993

Para entender el presente hay que volver a esa semana. Fulop había aterrizado en Buenos Aires el 30 de octubre de 1993, con un vestido floreado, maquillaje intenso y accesorios caribeños que contrastaban con el blanco y negro sobrio del elenco argentino. Venía a protagonizar Déjate querer y traía consigo una historia sentimental que se deshacía a distancia.

En aquel momento, la actriz estaba casada con Fernando Carrillo, actor venezolano radicado en España. «Él vivía en España y venía de vez en cuando y me desorganizaba como mucho la vida. Estábamos separados. Él no estaba ya. Yo todo el tiempo le reiteraba de divorciarme», recordó. La geografía había hecho el trabajo que a veces hace mejor que cualquier conversación.

La primera reunión de producción fue el escenario del flechazo. Sabatini entró al salón junto a Gavilanes —rubia, pelo suelto— y Fulop los procesó a ambos en un instante: «Entra el tipo morochón, divino, vestido así con una campera de cuero, jeans, botas. Bien noventoso». Su reacción fue inmediata y, según ella misma, incontrolable: «¿Sabes qué? Yo dije: 'Este tipo, Dios mío, no puede ser que sea tan bello, tan educado, tan caballeroso'».

La celestina y el respeto

Los detalles cuentan la historia. Durante semanas, Sabatini no dio un solo paso en falso. Fulop lo subrayó con énfasis: nunca una mirada de más, nunca un comentario fuera de lugar, ningún gesto que pudiera interpretarse como una insinuación mientras ella seguía casada. Ese comportamiento, lejos de enfriar la atracción, la intensificó.

Fulop encontró en Gavilanes —quien mantenía una relación con Jorge Martínez, no con Sabatini, como la venezolana había supuesto al principio— una confidente y testigo. «Yo le decía a Alejandra Gavilanes que lo veía y me empezaba a poner nerviosa», contó. Gavilanes la invitaba a su casa, escuchaba, y aquella noche en el pasillo de Sonotex terminó por convertirse en la celestina de una historia que duraría décadas.

El día siguiente fue de silencio incómodo. «Imagínate verlo y no hablar con él, porque yo ni al teléfono te hablaba», recordó Fulop. La actriz describió lo que vino después con una franqueza que pocas veces se escucha en este tipo de entrevistas: «Después yo lo veía y tú sabes que yo le veía la boca. Y yo digo: 'Quiero tener hijos con este hombre'».

Cinco años después de aquel 30 de octubre, Catherine Fulop y Osvaldo Sabatini se casaron.

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Hay historias que resisten el paso del tiempo no porque sean extraordinarias, sino porque son exactas. Fulop no recuerda el romance con nostalgia difusa: recuerda el vestido, el pasillo, la puerta del baño, la campera de cuero. Esa precisión es la que convierte un culebrón de los noventa en algo que vale la pena escuchar treinta años después. En un ciclo mediático que privilegia la confesión escandalosa sobre el detalle humano, esta historia funciona por lo contrario: por lo que tiene de concreto, de honesto y, en el fondo, de sencillo.

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