La escena lo dice todo. Durante semanas, la frase «¿Y si sí?» recorrió anuncios, playeras, gorras y redes sociales. Marcas cambiaron su nombre al español para sumarse al entusiasmo. Pocas veces un solo tema concentra así la atención de todo un país. El tema era el futbol. El tema, dicen quienes llevan años defendiendo el derecho a aprender, debería ser la educación.
La organización civil Mexicanos Primero tomó prestada la consigna y la llevó al terreno educativo. No como metáfora decorativa, sino como diagnóstico: si los números del aprendizaje fueran los resultados de una selección nacional, nadie los aceptaría.
Los números que nadie celebra
Las cifras que cita Mexicanos Primero son concretas y están documentadas. Solo siete de cada diez niñas y niños acceden al preescolar. De cada diez que inician la primaria, apenas seis concluyen la educación media superior. Solo tres de cada diez terminan la educación superior. Y cinco de cada diez estudiantes no comprenden lo que leen o se ubican en el nivel más bajo de desempeño en ciencias, según los resultados de la prueba PISA.
Ninguno de esos porcentajes provocó marchas, titulares sostenidos ni cambios de estrategia. La educación, señala la organización, «solo aparece cuando ocurre una tragedia, estalla un conflicto o un indicador resulta escandaloso. Entonces llegan la indignación, los titulares y las promesas. Después, el tema desaparece».
El patrón es conocido. La conversación pública tiene ciclos cortos; las oportunidades perdidas de millones de estudiantes, en cambio, permanecen toda una vida.
La lección del VAR
Mexicanos Primero apunta a una segunda lección que el futbol podría enseñarle a la política educativa. Hoy, las decisiones más importantes en la cancha ya no dependen únicamente del árbitro: hay tecnología, evidencia y un equipo de especialistas que acompañan cada jugada para reducir el margen de error. El VAR no sustituye el juicio; lo fortalece.
«En educación debería ocurrir exactamente lo mismo», argumenta la organización. Los datos, la evidencia y la inteligencia artificial tendrían que ayudar a tomar mejores decisiones, corregir políticas a tiempo y dirigir los recursos hacia donde más se necesitan. «En cambio, seguimos tomando decisiones con ocurrencias, intereses políticos e inercias burocráticas. No porque falte evidencia, sino porque elegimos ignorarla».
El señalamiento es preciso: el problema no es ausencia de información, sino voluntad de usarla.
Un equipo que nadie convoca
La tesis central de Mexicanos Primero es que la educación no depende únicamente de un gobierno, una maestra o una escuela. «Familias, docentes, autoridades, empresas, organizaciones y sociedad compartimos la responsabilidad de formar el equipo que necesitan millones de niñas, niños y jóvenes». La analogía futbolística no es capricho: ningún jugador gana un partido solo; el talento importa, pero también la estrategia, la disciplina y quienes trabajan fuera de los reflectores.
La pregunta que deja la pieza no es si México puede llegar más lejos. Es si existe disposición real para construir ese equipo.
Lo que está en juego
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que millones de mexicanos cambiaron su foto de perfil, compraron gorras y gritaron en coros la misma frase. La energía colectiva existe. La capacidad de movilización social existe. Lo que no existe, al menos no todavía, es un mecanismo que canalice ese entusiasmo hacia una demanda sostenida de resultados educativos.
Desde la perspectiva de Hemisferio, los datos de Mexicanos Primero describen algo más que una crisis pedagógica: describen el costo humano de décadas de decisiones tomadas con «ocurrencias, intereses políticos e inercias burocráticas», para usar las palabras de la propia organización. Cada punto porcentual de deserción escolar es un trabajador menos productivo, un contribuyente menos, un ciudadano con menos herramientas para exigir rendición de cuentas. El aparato estatal que administra el sistema educativo mexicano consume recursos públicos cuantiosos; los resultados que produce no guardan proporción con esa inversión.
Los mundiales terminan. Las campañas pasan. Pero mientras la conversación nacional siga siendo más fácil de convocar con un balón que con una prueba de comprensión lectora, el partido más importante seguirá sin jugarse.



