La escena lo dice todo. A horas de la votación en la Cámara, la diputada Zandra Parisi, subjefa de bancada del Partido de la Gente (PDG), concedía una entrevista con un mensaje nítido: ningún voto de la colectividad estaba garantizado. Los 13 diputados del PDG debían reunirse en sesión telemática antes de decidir. Nadie, ni siquiera ella, podía anticipar el resultado.
La megarreforma impulsada por el gobierno del presidente José Antonio Kast llegaba a su tercer trámite en la Cámara con una aritmética que volvía al PDG indispensable. El antecedente era elocuente: en el Senado, algunos artículos se aprobaron por 26 votos contra 24. Un margen que convierte a cualquier bancada mediana en árbitro.
«En este tercer trámite, nosotros tendremos exactamente el mismo comportamiento», afirmó Parisi, recordando que en el primer trámite el PDG analizó cada propuesta por separado, sin compromisos previos. La fórmula se repite: análisis responsable, voto a voto, artículo por artículo.
La parlamentaria no cerró la puerta a ningún escenario. Consultada sobre la posibilidad de que algunos artículos —específicamente el relacionado con la RCA— derivaran a comisión mixta, respondió sin aspavientos: «Puede ser, se puede dar perfectamente». La mesa de la Cámara busca evitar esa ruta, pero el PDG no se cierra a ella. Tampoco descartó un eventual recurso al Tribunal Constitucional, aunque aclaró que no era una posición tomada, sino una variable dentro del análisis.
Lo que sí fue categórico fue el diagnóstico sobre el peso propio de la bancada. «Lo veo como el partido más importante en la oposición», dijo Parisi, y añadió que desde el inicio hubo quienes apostaron a la disolución del PDG. Cuatro meses después, la bancada, según su propia evaluación, sigue unida y ha actuado con responsabilidad. «El gobierno sabe que vamos a apoyar las iniciativas que beneficien a las familias, a los adultos mayores, a las pymes, a la clase media», subrayó.
La relación con el ejecutivo, describió, es «institucional y responsable». No son oficialismo ni oposición de trinchera. Ese espacio intermedio es, precisamente, su palanca.
Pero detrás de la táctica legislativa, Parisi deslizó una preocupación de fondo. «Nos hemos centrado todo este tiempo en la megarreforma, pero no hemos hablado nada de políticas públicas», advirtió. Listas de espera, beneficios para adultos mayores: temas que, a su juicio, han quedado fuera del debate mientras el gobierno concentra sus energías en un solo proyecto. Cuando le preguntaron al ministro Quiroz cuál era el plan B si la megarreforma no prosperaba, la respuesta fue directa: «No tenemos plan B».
Esa confesión resuena. Un gobierno que apuesta todo a una sola ficha legislativa corre el riesgo de llegar al día siguiente sin agenda alternativa. Y en ese escenario, la bancada que hoy negocia artículo por artículo podría convertirse en el único puente disponible.
Para Hemisferio, el episodio ilustra una tensión clásica en los sistemas parlamentarios fragmentados: el ejecutivo con agenda ambiciosa y el partido bisagra con capacidad de veto. El PDG no es oposición por principio ni aliado incondicional; es, en la práctica, un actor de libre mercado legislativo que cotiza su apoyo según el mérito de cada iniciativa. Eso es, al mismo tiempo, su fortaleza y su límite. Mientras el gobierno Kast no construya mayorías más sólidas o una agenda de políticas públicas que amplíe su base de apoyo, cada votación relevante pasará por esa sala de reunión telemática donde 13 diputados deciden, sin compromisos previos, qué Chile quieren construir.



