La escena lo dice todo. En junio pasado, en la sede del Comité Nacional Demócrata en Washington, un hombre de 47 años con porte militar y traje de abogado describía su filosofía política en términos de combate: «Soy muy malo quedándome en una trinchera mientras me lanzan granadas. Las voy a devolver». El que habla es el representante Jason Crow, demócrata por Colorado, exparacaidista y Ranger del Ejército con tres giras en Irak y Afganistán.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de noviembre pasado. Crow y otros cinco demócratas del Congreso con trayectoria en seguridad nacional grabaron un video recordando al personal militar e de inteligencia que no estaban obligados a cumplir órdenes ilegales. El mensaje, cuidadosamente ajustado a la letra de la ley, le bastó al presidente Donald Trump para pedir públicamente que sus autores fueran arrestados y acusados de traición. «¡CUÉLGUENLOS, GEORGE WASHINGTON LO HARÍA!!», rezaba una publicación en redes sociales que Trump compartió abiertamente.
Un gran jurado federal en Washington rechazó el intento del Departamento de Justicia de acusar a los legisladores. La victoria, sin embargo, no ha apaciguado la furia de Crow: según un correo electrónico obtenido por TIME, su oficina remitió a la Policía del Capitolio amenazas que atribuyó directamente al presidente. La seguridad tuvo que ser reactivada. Una escolta volvió a acompañar a sus hijos hasta la escuela, igual que ocurrió durante el primer juicio de destitución de Trump en 2019, cuando las amenazas de muerte se convirtieron, según el propio Crow, en algo rutinario.
Ese primer juicio fue el trampolín. Cuando la entonces presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, necesitó a alguien capaz de exponer los intentos de Trump de presionar a Ucrania sin parecer un operador partidista, llamó a su propio detractor: Crow había votado contra ella para la presidencia de la Cámara, depositando su papeleta por la senadora Tammy Duckworth. «Fue como que te llamen a la oficina del director», recordó Crow. La llamada llegó diez meses después de ese voto de desafío.
Desde entonces, su peso en el Capitolio no ha dejado de crecer. Crow ocupa hoy el puesto de demócrata principal en el subcomité de inteligencia del Comité de Servicios Armados y es figura destacada en el Comité de Inteligencia de la Cámara. Cuando los demócratas necesitaron a alguien para dirigir el panel que investigó el fallido atentado contra Trump en Butler, Pensilvania, eligieron a Crow. La semana pasada, junto a la representante Pramila Jayapal, forzó una votación en la Cámara para detener la guerra en Irán; la medida pasó por 214 votos contra 208.
Pero la jugada que podría reportarle más capital político es otra: su rol como reclutador de candidatos para el Comité de Campaña Demócrata del Congreso. Crow tiene las manos en casi todas las contiendas disputadas del país, y su criterio de selección es explícito: busca personas que los votantes perciban como «luchadores callejeros». Una de sus reclutas es JoAnna Mendoza, sargento instructora retirada de la Infantería de Marina, que se enfrenta al republicano Juan Ciscomani en Arizona, considerada una de las carreras más reñidas del ciclo. «El juramento que presté no tiene fecha de vencimiento», declaró Mendoza.
Los detalles cuentan la historia. Crow llegó al Congreso en 2018 como uno de los candidatos estrella del partido: abogado, defensor de veteranos, con tres giras de combate a sus espaldas. Su primer distrito era, en teoría, inexpugnable para los demócratas. «Era una carrera imposible de ganar, ¿recuerdan?», dice él con una media sonrisa.
Ahora mira más lejos. Si los demócratas reconquistan la Cámara en otoño, Crow estaría en posición de ser miembro senior de la mayoría en el Comité de Inteligencia. Si un demócrata llega a la Casa Blanca en 2028, su nombre aparecerá en las listas cortas para el gabinete. Tiene también el ojo puesto en el escaño senatorial de Colorado, y no oculta que una candidatura presidencial propia no está fuera de su horizonte.
Hemisferio observa la trayectoria de Crow con atención analítica. Su ascenso ilustra una apuesta táctica del Partido Demócrata: compensar el déficit de credibilidad en seguridad nacional con figuras uniformadas que puedan hablar de guerra sin ser acusadas de ingenuidad. Es una respuesta al mapa electoral, no una conversión ideológica. La pregunta relevante para los próximos meses es si esa estrategia de reclutamiento militar alcanza para desplazar a una mayoría republicana en la Cámara, o si el aparato demócrata, aun con nuevas caras, sigue cargando el peso de un mensaje económico que no ha logrado reconectar con el elector medio. El otoño dará la respuesta.



