La escena lo dice todo. Jesús Fernández Villaverde, profesor de la Universidad de Pensilvania, descargó el artículo «Minimum Viable Scale: Extinction and Escape under Increasing Returns» porque coincidía con un ámbito de estudio de su interés. Mientras lo leía, tuvo —según sus propias palabras— «la clara sensación» de que había sido producido por un motor de inteligencia artificial.
El paper lleva la firma del presidente argentino Javier Milei y de Demián Reidel, expresidente de Nucleoeléctrica. Tiene 30 páginas y sostiene que la falta de cultura del trabajo y el exceso de regulación son determinantes para el crecimiento económico.
Villaverde no se quedó en la intuición. Sometió el texto al análisis de Pangram, un detector de texto generado por IA. El resultado, según relató en un posteo público: «En los cinco casos, devolvió una probabilidad del 100% de generación por IA». El académico fue cuidadoso en sus conclusiones: aclaró que no le molesta que los economistas usen IA en sus investigaciones, pero trazó una línea. La diferencia, dijo, está entre usarla «para ayudar» a la investigación y el escenario opuesto: «Le pedí a un LLM que escribiera un artículo y puse mi nombre en él».
El periodista Sebastián Lacunza reprodujo el mensaje de Villaverde y acusó a Milei de plagio. La respuesta llegó de Reidel, no del Presidente.
«Evidentemente no tenés idea de lo que estás diciendo», escribió el coautor en un largo posteo. Reidel argumentó que los resultados son «novedosos sobre un problema muy complicado» y que fueron resueltos «usando algunas herramientas matemáticas que no se usan normalmente en economía». Señaló además que Pangram «no es un detector de plagio, sino un detector de estilo de escritura».
Sin embargo, Reidel sí admitió haber recurrido a la inteligencia artificial: «Al terminar de escribir el texto» lo pasó por IA «para corregir la escritura». «Eso lo hice para mejorar el texto», precisó. Agregó que el artículo «aún no fue publicado» y que planean enviarlo a una revista especializada.
Ese detalle abre otro frente. Las publicaciones especializadas de calidad —las llamadas revistas indexadas— exigen revisión de «doble ciego»: los evaluadores no conocen a los autores, ni al revés. Por eso los expertos habitualmente no difunden los manuscritos antes de las evaluaciones si pretenden publicarlos en esas revistas. El artículo de Milei y Reidel ya circula públicamente, lo que podría complicar ese camino.
El debate tampoco es exclusivo de este caso. Repositorios como arXiv están demandando que los autores exhiban pruebas de que no hubo un uso negligente de la inteligencia artificial. Las universidades, en paralelo, discuten los límites del uso de IA en trabajos científicos.
Desde el espacio libertario, la diputada Lilia Lemoine salió a respaldar el texto: «Van a intentar desacreditar este paper con todo lo que tienen, obviamente no lo van a refutar con argumentos matemáticos».
Los detalles cuentan la historia. La disputa tiene dos capas que conviene no mezclar. La primera es técnica: si el texto fue generado íntegramente por un LLM o si la IA fue una herramienta de edición final, la diferencia es sustantiva y, por ahora, no está resuelta. La segunda es política: la acusación de plagio llegó de un periodista, no del académico que planteó la sospecha original, y eso cambia el peso de la imputación.
Para Hemisferio, lo que está en juego va más allá de un paper. Si Milei y Reidel logran publicar sus resultados en una revista indexada con revisión de pares, la discusión sobre el método de escritura quedará subordinada al contenido. Si no lo consiguen, el episodio dejará instalada una duda sobre la seriedad del proceso. El libre mercado de las ideas tiene sus propias reglas de calidad, y ningún cargo —ni presidencial ni técnico— exime de cumplirlas.



