La escena lo dice todo. Mientras la mayoría de los gobiernos de la región encarga consultoras para justificar el gasto, la Casa Rosada circula un paper académico de 30 páginas escrito por el propio presidente Javier Milei en colaboración con Demian Reidel —físico, doctor en Economía y expresidente de una empresa nucleoeléctrica— como brújula de política pública. El título plantea la pregunta sin rodeos: «¿Por qué las economías despegan... o desaparecen?»
El documento, titulado «Minimum Viable Scale: Extinction and Escape under Increasing Returns (2026)», parte de una imagen que cualquier lector puede visualizar: durante casi toda la historia humana, el ingreso por persona no se movió. «Un campesino romano y uno del siglo XVII vivían, en lo material, casi la misma vida: la humanidad caminó mil ochocientos años sobre una línea plana», escriben los autores. Luego, hace apenas dos siglos, esa línea se quiebra hacia arriba. Los economistas llaman a esa figura el palo de hockey. Explicarla, dicen Milei y Reidel, es el problema central de la disciplina.
La respuesta que proponen va a contramano de la microeconomía convencional. La teoría estándar supone rendimientos decrecientes: cada máquina adicional rinde menos que la anterior, cada hora extra también. En ese mundo, los mercados se equilibran solos, los países pobres alcanzan a los ricos y el tamaño de una economía no importa. Para los autores, esa premisa no es un hallazgo empírico sino una concesión matemática: con rendimientos decrecientes, los modelos se resuelven con cálculo elemental. «Las curvas se cruzan una sola vez, el óptimo es único, los teoremas salen solos», escriben. Con rendimientos crecientes, en cambio, «aparecen umbrales, trampas, destinos que dependen del punto de partida» y la matemática tradicional no alcanza.
El paper propone conseguir mejor matemática en lugar de amputar la realidad. La referencia intelectual es Adam Smith en 1776: diez obreros divididos en dieciocho operaciones producían cuarenta y ocho mil alfileres donde cada uno por separado no habría hecho ni veinte diarios. La división del trabajo, las máquinas y el conocimiento —que no se gasta al usarse, sino que se multiplica— invirtieron el signo de la producción. «Más escala pasó a rendir más, no menos. Los rendimientos crecientes son el motor del palo de hockey: sin ellos no hay despegue ni mundo moderno», concluyen.
De esa lógica emergen las llamadas «key value drivers» que, según fuentes cercanas al Presidente, impactan directamente en la definición del rumbo del Gobierno. La lista incluye: el ahorro —de ahí el impulso al ajuste fiscal bajando el gasto—; la población y su apego a la cultura del trabajo; la producción y acumulación de capital como resultado de los dos anteriores; un modelo con rendimientos crecientes que, según los autores, no es explosivo; y la desregulación junto a la baja de impuestos. Los mismos informantes adelantaron que si el modelo se extiende a una economía abierta, la apertura también genera crecimiento, aunque ese punto no figura en el artículo actual.
El corazón del argumento es la noción de escala mínima viable. Existe un umbral, sostienen Milei y Reidel, por debajo del cual «el colapso es inevitable». Por encima, «crecer deja de ser una opción entre varias para volverse la única decisión racional». Dos fuerzas pueden empujar a una economía hacia ese abismo: la pérdida de la cultura de trabajo y el exceso de regulación estatal. Ambas, en la lógica del documento, son evitables con política deliberada.
El argumento no es nuevo para quienes siguen a Milei. Ya en el Foro de Davos de este año presentó la división del trabajo como primera fuente del progreso económico y describió la inteligencia artificial como «la versión siglo XXI de la fábrica de alfileres». En su libro «Capitalismo, socialismo y la trampa neoclásica» (Planeta, 2024) ya advertía que cuando un modelo no encaja con el mundo real, el economista neoclásico no descarta el modelo sino que le echa la culpa a la realidad —lo que llama «falla de mercado»— y eso decanta en intervención estatal. El paper es, en ese sentido, la formalización matemática de una tesis política que Milei lleva años sosteniendo. Cerca del Presidente confirmaron que vendrá un segundo artículo, ya casi listo, sobre desregulación y crecimiento.
Para Hemisferio, la significación del documento trasciende lo académico. En un continente donde el debate económico suele reducirse a cuánto gasta el Estado y en qué, un gobierno que fundamenta su ajuste fiscal en un modelo de rendimientos crecientes, escala mínima viable y cultura del trabajo está haciendo algo infrecuente: anclar la austeridad en una teoría del crecimiento, no solo en la urgencia de la caja. El principio en juego es tan viejo como Smith y tan urgente como el presente latinoamericano: la regulación excesiva y el gasto que destruye el ahorro no son solo costosos para el contribuyente de hoy, sino que pueden empujar a una economía por debajo del umbral del que no hay retorno. El aparato estatal, en esta lectura, no es un árbitro neutral sino una de las dos fuerzas que pueden hacer desaparecer una economía. El documento de Milei y Reidel pone esa idea en ecuaciones.



