La escena lo dice todo. Una chica de quince años llega a Nueva York para hacer prácticas en el New York Times, duerme en un campus universitario, le escribe dos correos al día a su padre —uno al desayuno, otro antes de dormir— y lo llama, con ironía cariñosa, «Barclays». Él es Jaime Bayly. El alter ego literario es suyo. Y la hija que firma «tu hija favorita» es la menor de tres.
Bayly lo cuenta sin rodeos en un relato publicado en La Tercera: empezó en el periodismo a los quince años, en un diario conservador de Lima del que fue reportero y columnista, y al que, según sus propias palabras, contribuyó a hundir en la bancarrota tres años después de que lo contrataran. A los dieciocho ya estaba en televisión. El diario había quebrado. La carrera, sin embargo, despegaba.
Lo que vino después es la historia de una familia que no pudo ser. Sus dos hijas mayores nacieron de un primer matrimonio que terminó en divorcio. Las tres —madre e hijas— se marcharon lejos. Bayly se convirtió en el padre que llegaba todos los meses con regalos, el padre que vivía en una isla a seis horas en avión, el padre famoso y de mala reputación. «Estaba fuera de la foto familiar», escribe, «aunque esporádicamente me asomaba con regalos». Pagó todos los gastos, los ineludibles y los superfluos. Pero no estuvo.
La hija mayor nació en Washington, es abogada y trabaja allí. La segunda nació en Miami, es experta en empresas tecnológicas, se casó con un abogado y vive en Brooklyn. Bayly dice estar muy orgulloso de ambas. Las ve, con suerte, dos veces al año. La mayor, escribe, «me prefiere lejos» y lo percibe como un padre peligroso que no sabe guardar secretos y lo cuenta todo. La segunda viaja con su marido, «se da la gran vida», y no visita con frecuencia la isla donde vive su padre.
Luego llegó el segundo matrimonio. Y con él, algo que Bayly confiesa que pensó que le estaría vedado: vivir en la misma casa, todos los días, con su esposa y su hija menor. Quince años lleva comprobando, dice, que podía redimirse de aquella frustración. «Si he dormido bien —y ahora duermo mejor que nunca— puedo ser un esposo paciente, un padre risueño y un hombre razonablemente contento».
La hija menor es, en el relato, el contrapunto luminoso. Estudiante sobresaliente del colegio privado más prestigioso de su ciudad, habla inglés, español y francés. Brilla en competencias de debate entre escuelas. Escribe, aunque no siempre le deja leer sus textos al padre. Cuando cumplió quince años le pidió ir a París —su madre, exesposa de Bayly, habla francés perfectamente y, según él mismo anota con humor seco, «se ha pasado la vida teniendo novios franceses antes de mí, después de mí y tal vez simultáneamente a mí».
Durante las dos semanas en Nueva York, la hija menor estuvo tan ocupada que no llegó a ver a su hermana, que vive en Brooklyn. «Son hermanas, pero no tanto», escribe Bayly. «Son hermanas porque soy el padre de ambas, pero tienen distintas madres, unas madres que nunca fueron amigas y alguna vez fueron enemigas».
El relato termina con una imagen doméstica: la esposa de Bayly, apasionada del fútbol, convenciéndolo de comprar entradas para el partido por la medalla de bronce del mundial, disputado en un estadio a media hora de su casa en la isla. Y luego, con la confirmación de que españoles y argentinos jugarían la final en un estadio cercano a Nueva York, la misma presión para comprar tres boletos más. Bayly cede. El «contador cicatero», como él mismo se llama, abre la billetera.
Los detalles cuentan la historia. Bayly ha construido su marca literaria y televisiva sobre la confesión sin red: el divorcio, la ausencia, la culpa administrada con humor. Lo que este relato añade es algo más quieto. No la estridencia del escándalo sino el inventario de lo que se pierde cuando un hombre elige mal la primera vez, y lo que se recupera —parcialmente, nunca del todo— cuando elige bien la segunda. Dos hijas que lo ven dos veces al año. Una hija que le escribe dos correos al día. El mercado de los afectos, como el de cualquier otra cosa, cobra el precio de las decisiones pasadas. Y a veces, si uno tiene suerte y paciencia, concede una segunda oportunidad.



