La escena lo dice todo.
A miles de kilómetros de Bogotá, los analistas de J.P. Morgan —el banco más grande de Estados Unidos— publicaron esta semana un análisis que Colombia no puede ignorar: el fenómeno de El Niño podría volverse «muy fuerte» hacia finales de 2026, y las consecuencias llegarían directamente a la mesa de los hogares colombianos.
El banco calcula en un 81% la probabilidad de que el episodio climático alcance esa categoría antes de que termine 2026, y en un 97% las posibilidades de que sus efectos se prolonguen durante 2027. No es un escenario de baja probabilidad. Es, en términos actuariales, casi una certeza diferida.
Lo que viene para los precios
Según las proyecciones de J.P. Morgan, un «Súper Niño» añadiría 0,3 puntos porcentuales a la inflación global y elevaría entre 1,3 y 1,5 puntos porcentuales la inflación de alimentos a escala mundial. En el momento de mayor presión, el costo global de los alimentos subiría cerca de 0,7 puntos porcentuales adicionales. La inflación alimentaria anualizada podría llegar a 5% en el primer semestre de 2027.
El impacto, advierte el banco, sería desigual entre países. Perú aparece como el caso «particularmente expuesto», mientras Colombia y Brasil figuran entre las economías más vulnerables junto con India e Indonesia. En el extremo opuesto, México, Argentina y Chile recibirían un golpe más leve. Para Argentina, incluso, el banco ve una posible ventaja: mayores lluvias mejorarían la humedad del suelo y favorecerían cultivos como maíz, trigo y soja, con efecto positivo sobre las exportaciones agrícolas y el ingreso de divisas.
Colombia: más allá de las cosechas
Para Colombia, el análisis de J.P. Morgan va más lejos que el daño agrícola. El banco advierte que «el riesgo va más allá de las cosechas y alcanzaría al suministro de electricidad, la producción de leche, la pesca y el transporte fluvial». También prevé mayor inflación en las comidas fuera del hogar.
Los detalles cuentan la historia. Colombia depende de manera significativa de la generación hidroeléctrica. Si las lluvias disminuyen y el nivel de los embalses cae, el sistema requeriría un mayor uso de plantas térmicas, con costos operativos más altos que se trasladarían a las tarifas de energía y, desde allí, a toda la cadena de producción de alimentos.
A eso se suman factores locales que el banco identifica como agravantes: el aumento del salario mínimo y los mayores precios internacionales del petróleo. Esa combinación, según el análisis, refuerza el riesgo de un aumento simultáneo en alimentos y energía, el peor escenario para un hogar de ingresos medios o bajos.
En el plano global, el azúcar aparece entre los productos con mayores presiones alcistas: lluvias menos intensas en India, Tailandia y el sudeste asiático reducirían el rendimiento de la caña y la capacidad de exportación, mientras los riesgos de incendios y sequías en el centro y sur de Brasil añaden presión adicional. El aceite de palma también quedaría bajo presión por las sequías en Malasia e Indonesia.
El banco central en el centro del tablero
J.P. Morgan no limita su análisis a los precios al consumidor. El banco sostiene explícitamente que el escenario climático «podría retrasar los recortes en las tasas de interés debido a las mayores presiones sobre los precios». En otras palabras: si la inflación repunta por El Niño, los bancos centrales de la región tendrán menos margen para aliviar el crédito.
El Banco de la República mantiene actualmente su tasa de interés en 12%. Por separado, expertos —no vinculados al análisis de J.P. Morgan— estiman una nueva subida de 50 puntos básicos a partir del 31 de julio. La inflación anual en Colombia supera el 6%.
La lectura de Hemisferio
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Lo que J.P. Morgan pone sobre la mesa no es solo una proyección climática: es una advertencia sobre el costo de la dependencia estatal en la generación eléctrica, la fragilidad de una canasta básica expuesta a choques externos y la poca capacidad de maniobra que deja una inflación que ya supera el 6% antes de que El Niño muestre su cara más severa.
El aparato regulatorio colombiano, que en los últimos años ha acumulado presiones de gasto, salario mínimo y precio de energía, llega a este escenario con poco colchón. Cuando el banco más grande de Estados Unidos clasifica a Colombia entre las economías más vulnerables de la región, no lo hace por capricho analítico: lo hace porque los fundamentos —dependencia hidroeléctrica, inflación alta, costos laborales crecientes— crean una tormenta perfecta para el bolsillo del ciudadano común. La pregunta que el Gobierno Petro no ha respondido con claridad es cuál es el plan si el 81% se confirma.



