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El Niño más intenso del siglo llega a Chile con la guardia baja

Científicos de la NOAA y el ECMWF advierten que el fenómeno podría superar al histórico evento de 1997. El temporal de julio fue solo el primer aviso.
Imagen ilustrativa
sábado 8 de agosto de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana de julio.

Cuando un río atmosférico de categoría 5 —la máxima de la escala— cruzó el Pacífico Tropical y golpeó la zona central de Chile, dejó miles de damnificados y más de una decena de fallecidos entre las regiones de Atacama y Los Lagos. No fue un accidente meteorológico aislado. Fue, según los especialistas, el primer acto de un fenómeno que todavía no ha alcanzado su clímax.

Nathaniel Johnson, meteorólogo de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA), recuerda que en marzo hubo escepticismo: era inusualmente temprano para detectar El Niño. Pero los modelos de proyección «proyectaban un evento muy fuerte». Con los meses, la evidencia se hizo innegable. El pico está estimado para noviembre y, según Johnson, «se espera que esté entre los más fuertes que hemos visto en el pasado, quizás en el último siglo».

La señal que alarma a los científicos es la temperatura. El índice «El Niño 3.4» clasifica un evento como «fuerte» cuando el Pacífico ecuatorial registra un aumento de 1,5°C. René Garreaud, académico del Departamento de Geofísica de la Universidad de Chile e investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), advierte que ese indicador «ya está cerca de 1,8°C» y que algunos modelos proyectan que podría superar los 2,5°C o 3°C antes de que el fenómeno se estabilice.

Tim Stockdale, científico principal del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF) —el organismo líder mundial en predicción numérica del tiempo—, lo resume con una frase que no deja margen a la duda: en sus 30 años pronosticando El Niño, «nunca había visto una señal tan fuerte ni que apareciera de manera tan consistente en los distintos modelos de pronóstico».

La escena lo dice todo.

Pero hay una precisión técnica que los expertos subrayan: Chile no está en la zona de impacto directo del fenómeno. Garreaud lo explica con una analogía elocuente: «Hablar de El Niño en Ecuador o en Perú es como hablar de un terremoto en Chile». En el caso chileno, los efectos llegan por «teleconexiones», es decir, a través de la humedad y los cambios atmosféricos que el calentamiento del Pacífico provoca a distancia, no por contacto directo con las aguas calientes.

Eso no lo hace menos peligroso. Lo hace menos predecible.

Paula Santibáñez, investigadora del Centro Agrimed de la Universidad de Chile, explica que «para que se generen precipitaciones abundantes se tienen que conjugar varios factores meteorológicos». El rol de El Niño es facilitar la llegada de sistemas frontales y ríos atmosféricos, «pero no necesariamente se producen, ya que tienen que presentarse otros eventos». En julio, esas condiciones se alinearon: el anticiclón del Pacífico —que actúa como regulador climático— se alejó de la zona central, y la actividad del frente antártico se intensificó al mismo tiempo.

La comparación con el evento de 1997 y 1998 —uno de los más intensos jamás registrados— es obligada. La intensidad actual de El Niño ya está «por encima de lo que se había alcanzado a principios de agosto en los eventos históricos del 1997, el 2016 y el 2023», según Garreaud. Aunque todo apunta a que se superará al evento del 97 en magnitud, el investigador advierte que «una cosa distinta es cuáles van a ser sus impactos», porque eso está por verse.

Santibáñez añade que para agosto y el resto del invierno «se prevén más sistemas frontales» y que los pronósticos indican que eso continuará. No garantiza una réplica del temporal de julio, pero tampoco la descarta: «Están los elementos para que vuelva a ocurrir».

Raúl Cordero, climatólogo de la Universidad de Santiago, recuerda que el El Niño de 2023 y 2024, aunque «no fue particularmente intenso», causó «harto impacto»: inundaciones en el centro-sur del país en 2023 y, al año siguiente, «una tormenta récord de viento que dejó acaso un millón de personas sin luz en Santiago». El parámetro de intensidad, por sí solo, no cuenta toda la historia.

En un mapa elaborado por la NOAA, Chile aparece como una de las pocas zonas del mundo que recibe precipitaciones durante el invierno boreal mientras el resto del globo experimenta sequías. «Como justo coincide con nuestra estación lluviosa, somos de los pocos que nos pasa algo en términos de precipitaciones», sintetiza Garreaud.

Los detalles cuentan la historia.

Lo que está en juego no es solo un fenómeno meteorológico extraordinario. Es la capacidad del Estado y de las comunidades de responder cuando la naturaleza no avisa con más precisión de la que la ciencia puede ofrecer. Los expertos han hecho su parte: la señal es clara, consistente y más fuerte que en cualquier momento de los últimos cien años. La pregunta que queda abierta —y que ningún modelo puede responder todavía— es si las instituciones encargadas de proteger a los ciudadanos estarán a la altura cuando llegue el próximo río atmosférico. Garreaud lo dice sin rodeos: «En términos de preparación, uno tiene que mantenerse alerta». Esa alerta, traducida en infraestructura, protocolos y recursos concretos, es responsabilidad de quienes administran el aparato del Estado, no de los meteorólogos.

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