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El nieto que custodia al pionero

Max Pérez Fallik asume la tarea de preservar y digitalizar el archivo de Gyula Kosice, el artista migrante que llegó a Argentina con cuatro años y redefinió los límites del arte latinoamericano. La primera gran muestra individual del vanguardista en Rosario es el escenario de ese relevo generacional.
Imagen ilustrativa
jueves 6 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un hombre joven toma el micrófono en el Museo Castagnino de Rosario y da la bienvenida al público con una frase que mezcla orgullo familiar y responsabilidad institucional: «Es un placer para mí y para nosotros, de la Fundación Kosice, estar en esta muestra, que es la primera exhibición de Kosice en la ciudad de Rosario». Max Pérez Fallik, presidente de la Fundación Kosice y nieto del artista, no habla como heredero sentimental. Habla como custodio activo de un archivo que, hasta hace poco, vivía disperso en cajones y estantes.

La exposición que lo convoca se titula Gyula Kosice: En tiempo real y fue curada por Jazmín Adler. Según Pérez Fallik, la muestra «marca el coronamiento de una serie de exhibiciones en la Argentina y Estados Unidos» y reúne obras creadas desde 1944 hasta entrado el siglo XXI, provenientes de colecciones públicas y privadas. El título no es caprichoso. «¿Por qué se llama En tiempo real? Porque son obras que se actualizan en nuestra mirada. No es una representación de algo pasado, no es la construcción de una ficción, sino es algo que está sucediendo en el momento en que nosotros lo estamos viendo», explicó el nieto ante el público rosarino.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de 1928. Ferdinand Fallik tenía cuatro años cuando embarcó junto a su familia en un transatlántico que cruzaba el Atlántico desde Checoslovaquia —hoy Eslovaquia— hacia Sudamérica. La travesía duró treinta días. La inmensidad del océano y los cielos estrellados en alta mar quedaron grabados en la retina del niño y, según la narrativa que la Fundación ha construido con cuidado, se convirtieron décadas después en los pilares líricos y materiales de su obra.

La tragedia llegó pronto. A los ocho años, Gyula quedó huérfano. Él y sus hermanos fueron acogidos por la familia de un «ship brother», un compañero de travesía con quien sus padres habían sellado ese pacto de reciprocidad habitual entre migrantes europeos. Fue en ese hogar de adopción donde el niño encontró un libro sobre las invenciones de Leonardo Da Vinci. No lo deslumbraron las pinturas: lo capturaron los esquemas de mecanismos y artefactos diseñados para adelantarse al tiempo. Esa fascinación temprana por unir arte, ciencia y tecnología definiría toda su trayectoria.

El artista que emergió de esa infancia cofundó la revista Arturo, lideró el Movimiento Madí y experimentó con gas neón, agua, luz y la utópica Ciudad Hidroespacial. Adoptó como seudónimo el nombre de su ciudad natal y se convirtió, según la fundación que lleva su nombre, en una figura central del arte latinoamericano. «Kosice es un artista argentino, lo consideramos argentino», subrayó Pérez Fallik.

Los detalles cuentan la historia. Al presentar Röyi, de 1944, el nieto la describió como «la primera escultura articulada y móvil con participación del espectador en la historia del arte en Latinoamérica». La frase resume la lógica que organiza la muestra: la obra no existe sin el espectador. «La obra no está completa sin la presencia de los observadores, sin la presencia de los participantes», insistió.

La trastienda del trabajo de preservación es menos glamorosa que las salas del Castagnino, pero igual de relevante. Desde el museo que el propio Kosice creó en Buenos Aires en 2003, el equipo de la Fundación encontró fotografías, documentos escritos y videos dispersos. «Los empezamos a procesar, a digitalizar, a sistematizar», describió Pérez Fallik. Una labor silenciosa que convierte material doméstico en patrimonio accesible.

Hemisferio observa en este relevo algo que va más allá de la anécdota familiar. La preservación de legados culturales depende, en gran medida, de la iniciativa privada y de la voluntad de herederos que asumen costos y responsabilidades sin esperar que el Estado lo haga por ellos. La Fundación Kosice es un ejemplo de ese modelo: una institución de origen familiar que digitaliza, exhibe y pone en circulación un archivo que, de otro modo, correría el riesgo de fragmentarse. El mercado del arte, las colecciones privadas y las fundaciones independientes son, con frecuencia, los guardianes más eficaces del patrimonio. La primera gran muestra individual de Kosice en Rosario no llegó por decreto; llegó porque alguien, a puerta cerrada, decidió ordenar los cajones.

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