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El naufragio de Platner

La acusación de violación contra el candidato demócrata al Senado por Maine desborda su campaña; hasta sus aliados mediáticos lo abandonan, aunque un sector de la izquierda radical todavía lo defiende como víctima de un complot.
Imagen ilustrativa
miércoles 8 de julio de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana. El lunes, Politico publicó el testimonio de Jenny Racicot, exnovia de Graham Platner, candidato demócrata al Senado por Maine. Según el reportaje, Racicot afirmó que en 2021 Platner entró ebrio a su casa y la obligó a tener relaciones sexuales contra su voluntad.

Platner respondió el mismo día con un video de campaña. «Cualquier acusación de conducta no consensual es categóricamente falsa», declaró. Agregó que, ante lo que describió como «inexactitudes en la cobertura», su campaña estaba «tomando tiempo para reflexionar sobre el mejor camino a seguir».

La escena lo dice todo. En cuestión de horas, los principales aliados mediáticos del candidato comenzaron a distanciarse. El New York Times fue señalado públicamente por las propias acusadoras, según reportes recogidos por Fox News, por la forma en que había manejado la cobertura del caso. Una columnista del diario reconoció que «lamentaba profundamente» haber elogiado al candidato. Exempleados de la administración Obama llamaron a Platner a retirarse de la carrera y lo acusaron de haber sido deshonesto sobre su pasado.

El senador Bernie Sanders, que había respaldado a Platner, también le pidió que abandonara la contienda. El senador John Fetterman fue más directo: exigió a Sanders que se disculpara públicamente por haber apoyado a quien calificó, según Fox News, de presunto «depredador».

Los detalles cuentan la historia. La acusación de violación no llegó sola. La campaña de Platner ya arrastraba controversias previas: señalamientos de abuso físico por parte de otras exparejas y preguntas sobre un tatuaje nazi que el candidato había exhibido en el pasado. Platner se había construido como candidato antisistema, con un perfil que combinaba el rechazo a los PAC corporativos con una posición abiertamente crítica al apoyo estadounidense a Israel. Esa identidad le había ganado el respaldo entusiasta de sectores de la izquierda progresista.

Uno de esos sectores no cedió. Cenk Uygur, fundador y director ejecutivo del canal The Young Turks, publicó el martes en X que los medios estaban «asesinando políticamente» a Platner. Uygur, que según Fox News ha usado su plataforma para impulsar candidatos insurgentes de izquierda, advirtió al Partido Demócrata que si reemplazaba a Platner con candidatos «pro-Israel y a favor de los PAC corporativos», enfrentaría «una revuelta como nunca han visto». «Los días de falsas elecciones han terminado», escribió, según la misma fuente.

La advertencia de Uygur revela una fractura que va más allá de un candidato en problemas. Para una franja de la izquierda radical estadounidense, Platner no es un problema a resolver sino un símbolo a defender, independientemente de las acusaciones. La lógica identitaria prima sobre la consistencia moral: el candidato vale por lo que representa —antisistema, antinegocio, antiapoyo a Israel— no por lo que haya hecho.

En The View, la conductora Sunny Hostin fue interpelada por sus propias compañeras de panel por su apoyo previo a Platner, en un intercambio descrito como tenso por Fox News. La pregunta directa fue si todavía se sentiría cómoda votando por él.

Mientras tanto, el senador John Kennedy resumió la situación con una frase que circuló en medios: Platner es «un payaso que ni siquiera sabe hacer malabares».

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El caso Platner es, en el fondo, un espejo incómodo para el progresismo institucional estadounidense. Durante meses, medios influyentes y figuras del establishment demócrata avalaron a un candidato cuyo historial —según las acusaciones documentadas por Politico y otros— presentaba señales de alarma que, al parecer, nadie quiso ver con suficiente atención. El antisistema con tatuaje polémico y retórica antiempresarial resultó ser, también, un candidato con un pasado que sus propios aliados ahora lamentan no haber escrutado.

Lo que queda en pie es la pregunta de fondo: ¿cuánto peso tiene la ideología correcta a la hora de cerrar los ojos ante la conducta de un candidato? La respuesta que da Uygur —defender al acusado porque el partido podría reemplazarlo con alguien «pro-Israel»— dice más sobre el estado del activismo de izquierda radical que sobre Maine o sobre Platner. El principio que debería gobernar cualquier partido serio, el de que las acusaciones graves merecen respuesta seria, parece haberse convertido en moneda de cambio ideológico.

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