La escena lo dice todo. Jane Fraser, directora ejecutiva de Citigroup, pasa semanas viajando de Europa a India y China, y regresa con una conclusión que choca de frente con el pesimismo doméstico: los gobiernos, las empresas y los inversores del mundo entero siguen buscando cómo acceder a lo que Estados Unidos ha construido.
Los números respaldan esa percepción. La participación estadounidense en la inversión directa global pasó del 15% antes de la pandemia al 20% en promedio a partir de 2024, y esa tendencia se ha mantenido durante este año. El mercado de renta variable de Estados Unidos representa hoy casi el 65% de la capitalización bursátil mundial. No son cifras de un sistema en retirada.
El dólar, por su parte, resiste los pronósticos de su propio funeral. A pesar del debate recurrente sobre la «desdolarización», el índice amplio del dólar se mantiene cerca de su máximo en 40 años. Una encuesta del Banco de Pagos Internacionales realizada a bancos centrales de todo el mundo, publicada poco después de los anuncios arancelarios del año pasado, mostró que aproximadamente el 90% de las transacciones globales seguían denominadas en dólares.
La trastienda de esa fortaleza no es un accidente. Fraser señala que el ecosistema financiero estadounidense permite que un emprendedor con una idea abra una cuenta en un banco comunitario, capte capital semilla de un fondo de riesgo y, eventualmente, salga a bolsa en el mercado de valores más grande del mundo. Estados Unidos concentra la mayor proporción de startups del planeta, y las empresas estadounidenses capturan el 64% del financiamiento global para nuevas empresas.
Ese flujo de capital no es solo una estadística: es la infraestructura que hace posible la próxima generación de inteligencia artificial, la expansión de capacidades energéticas y el regreso de la manufactura al territorio nacional. Fraser lo formula con precisión: la pregunta económica definitoria de la próxima década quizás no sea quién inventa el futuro, sino quién lo financia. Y en esa competencia, ningún otro mercado puede movilizar capital privado con la velocidad y la escala que lo hace el sistema estadounidense.
La confianza en ese sistema, sostiene Fraser, es lo que mantiene al dólar en el centro del comercio global. No es solo liquidez ni tamaño: es la transparencia y la previsibilidad de instituciones que han sido probadas y reformadas a lo largo de generaciones. La misma arquitectura que sobrevivió crisis financieras, shocks externos y turbulencias políticas sigue siendo el destino preferido del capital cuando el mundo busca seguridad.
Fraser no elude las sombras. Reconoce que el sistema no es perfecto, que hubo períodos que dañaron la confianza en bancos y mercados, y que quienes lideran las instituciones financieras tienen la obligación de seguir ganándosela. Pero identifica la ventaja más singular del modelo estadounidense no en la ausencia de fracasos, sino en su capacidad de adaptarse, reformarse y continuar generando oportunidad.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que los mercados globales procesaban los anuncios arancelarios y muchos analistas anticipaban una fuga del dólar. No ocurrió. El 90% de las transacciones siguió siendo en dólares. Los protagonistas del capital global votaron con sus carteras.
---
Lo que Fraser describe es, en el fondo, el argumento más sólido a favor del modelo de libre empresa: no un sistema diseñado desde arriba, sino uno que creció desde abajo, probado por la competencia y sostenido por la confianza de millones de inversores individuales. Que el S&P 500 sea a la vez espejo de la economía presente y ventana hacia las empresas que los inversores creen que dominarán el futuro no es un detalle menor; es la lógica del mercado funcionando sin necesidad de planificación central.
El riesgo real no viene de afuera. Viene de adentro: de políticas que erosionen esa confianza, que sustituyan el capital privado por el gasto burocrático, o que conviertan la regulación en un obstáculo para el emprendimiento. Mientras el mundo siga eligiendo a América, la pregunta pertinente para los estadounidenses es si América seguirá eligiéndose a sí misma.



