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El Mundial como activo de capital riesgo

Gianni Infantino enterró su plan de vender el 20% del negocio del Mundial a inversores privados tras una rebelión sin precedentes de UEFA, CONCACAF y la Confederación Asiática. La pregunta que queda en pie es si su presidencia sobrevive al escándalo.
Imagen ilustrativa
lunes 3 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. El viernes por la mañana, Carlos Cordeiro —asesor senior de FIFA y representante del organismo en el Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para el Mundial— enviaba su carta de renuncia. «No puedo quedarme de brazos cruzados mientras FIFA considera vender una participación en el Mundial», escribió el exbanquero de Goldman Sachs. Horas después, el director de operaciones de FIFA, Kevin Lamour, difundía su propio comunicado a la agencia Associated Press con una frase que resonó en toda la industria del fútbol: «Es el proyecto de una sola persona».

Para entonces, la suerte del plan ya estaba echada.

El sábado temprano, Gianni Infantino anunció que FIFA retiraba su propuesta de crear una filial valorada en 20.000 millones de dólares —con un 20% en manos de inversores privados— para gestionar los Mundiales masculino y femenino y las Copas del Mundo de Clubes. La «empresa ancla» detrás del esquema, según describió la propia FIFA, era una firma de inversión con sede en Nueva York fundada por Joshua Kushner, hermano menor de Jared Kushner, yerno del presidente Donald Trump.

«Nuestro propósito siempre ha sido —y siempre será— unir y mejorar», declaró Infantino en un comunicado. «Como resultado, esta propuesta no seguirá adelante».

La retirada llegó tarde para contener el daño. Los 55 miembros de UEFA habían acordado el jueves boicotear el Mundial y todas las competiciones FIFA si el plan prosperaba. CONCACAF —que agrupa 41 asociaciones de América del Norte, Centroamérica y el Caribe— y la Confederación Asiática de Fútbol se sumaron a la oposición. La coalición era, en términos electorales, suficiente para derrotar a cualquier candidato: Europa con 55 votos FIFA, Asia con 46 y CONCACAF con 35 suman una base sólida frente a los 106 necesarios para una mayoría en elección disputada.

UEFA no celebró la capitulación; la usó como plataforma de ataque. «La actual dirigencia de FIFA no solo ha perdido la confianza de UEFA, sino también la de muchos otros miembros de la familia del fútbol», dijo el organismo en un comunicado el sábado. La declaración habló de «esquemas secretos en plazos acelerados, cocinados por individuos sin rostro y de dudoso beneficio para el juego» y exigió identificar a los responsables y pedirles cuentas. La Asociación Inglesa de Fútbol respaldó «plenamente» la posición de UEFA y pidió «una revisión completa y sólida del liderazgo y la gobernanza de FIFA».

Los detalles cuentan la historia. Infantino había propuesto el esquema sin consultar a la Confederación Asiática, cuyo presidente, el jeque Salman bin Ebrahim Al Khalifa —quien perdió frente a Infantino en 2016—, calificó la propuesta y la falta de consulta de «totalmente inaceptables». El propio Lamour admitió que el personal de FIFA había sido «engañado» por la falta de transparencia de Infantino en la planificación de la venta durante los últimos meses.

La cronología importa. Infantino fue reelegido sin oposición en 2019 y en 2023. Antes de esta semana, se esperaba que repitiera ese resultado en marzo de 2027 en Rabat, Marruecos. El plazo para presentar candidaturas es el 18 de noviembre. «FIFA está llena de tiburones, y muchos de ellos huelen la sangre. La elección de Infantino en 2027, que parecía segura hace apenas unos días, es ahora una pregunta abierta», dijo a TIME Jules Boykoff, profesor de ciencia política en Pacific University.

Entre los posibles retadores figura el propio jeque Salman. Nasser Al-Khelaifi, presidente del Paris Saint-Germain, fue mencionado por dirigentes europeos, aunque sus representantes dijeron a Politico que no tiene «ambición, intención ni interés en el cargo».

El escándalo del plan de capital privado no es el primero de Infantino: en 2018 impulsó una oferta secreta de 25.000 millones de dólares de SoftBank para crear nuevas competiciones; en 2021 propuso celebrar el Mundial cada dos años. Ambas ideas fueron abandonadas tras generar fracturas profundas. Esta vez, sin embargo, UEFA actuó con una velocidad y una determinación que no tuvo en episodios anteriores.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. El plan de Infantino no era solo una operación financiera: según los estatutos de FIFA, el suizo puede cumplir un mandato más hasta 2031. Una filial comercial con un papel tipo «comisionado» habría podido extender su influencia —y su remuneración, que ya incluye un salario y un bono superior a seis millones de dólares anuales— más allá de ese límite.

Lo que Infantino intentó fue convertir el patrimonio colectivo de 211 asociaciones nacionales en un vehículo de inversión privada, sin consulta, sin transparencia y con la firma de un operador vinculado al entorno político de Washington. El libre mercado tiene sus virtudes, pero presupone contratos voluntarios, información simétrica y rendición de cuentas. Ninguna de las tres condiciones estuvo presente aquí. El aparato burocrático de FIFA, lejos de ser un árbitro neutral, se convirtió en el instrumento de una apuesta personal. Que sean precisamente las federaciones miembro —y no una instancia regulatoria externa— quienes hayan frenado el esquema dice algo sobre los límites del autogobierno corporativo en el deporte global. La factura, en credibilidad y en cohesión institucional, la pagará el fútbol durante años.

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