AHORA
Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•
Hemisferio
PolíticaAméricasMundoNegociosTecnologíaCulturaIdeas
Hemisferio
Secciones
El medio
Mundo

El milagro que no llega a todos

Israel crece más que cualquier economía del G7 mientras la guerra dura casi tres años, pero el auge tecnológico oculta una fractura profunda: ocho de cada nueve trabajadores israelíes cargan solos con el costo real del conflicto.
Imagen generada con IA
lunes 13 de julio de 2026

La escena lo dice todo. En junio, un misil impactó un viñedo cerca de Bat Shlomo, en las colinas del norte de Israel. El ejército había calculado que caería en campo abierto, sin valor estratégico. Los interceptores, finitos y costosos, estaban asignados a otro lugar. La familia que cultiva esas tierras absorbió la pérdida entera: las vides quemadas, la cosecha arruinada, años de crecimiento borrados por un cráter. La compensación estatal cubrió solo una fracción del daño. El agricultor paga de su bolsillo las pruebas de contaminación del suelo. La aritmética fría de la defensa lo clasificó como daño colateral aceptable.

Esa misma lógica ha gobernado la economía israelí durante casi tres años de guerra. Y las partes del mercado que fueron «defendidas» resistieron de manera notable. Según la fuente de Time, el índice de referencia de Tel Aviv registró una subida del 52% en 2025, casi triplicando el rendimiento del S&P 500 en ese período. El banco de inversión Jefferies contabilizó fusiones y adquisiciones por alrededor de 82.000 millones de dólares, incluyendo las dos mayores adquisiciones extranjeras en la historia del país: la compra de la startup de ciberseguridad Wiz por parte de Google y la adquisición de la empresa de seguridad de identidad CyberArk por parte de Palo Alto.

El Fondo Monetario Internacional proyecta que el crecimiento económico de Israel en 2026 superará al de todas las economías del G7. Todo ello conseguido en medio de llamamientos a reservistas, desplazamientos masivos, costos de seguridad en alza y una guerra en múltiples frentes. La confianza inversora sostenida durante años de combate es un logro infrecuente, y el reconocimiento que recibe es merecido.

Pero el auge es más estrecho de lo que parece. El Banco de Israel estima que los primeros dos años de guerra costaron unos 177.000 millones de shekels, más de 57.000 millones de dólares en producción perdida. La última revisión del FMI situó la economía aproximadamente un 9% por debajo de su trayectoria anterior a la guerra.

El sector tecnológico que impulsa los titulares emplea solo a uno de cada nueve trabajadores israelíes, les paga cerca del triple del salario medio del resto de la economía y obtiene la mayor parte de sus ingresos de clientes en el exterior, que siguen pagando cuando suenan las sirenas. Los otros ocho de cada nueve trabajadores viven de tiendas, granjas y negocios unipersonales que dependen de clientes locales: los mismos que se quedan en casa y pierden un día de ingresos cada vez que el conflicto se reaviva.

Los detalles cuentan la historia. Más de dos años después del inicio de la guerra en octubre de 2023, aproximadamente la mitad de los autónomos israelíes declara ganar menos que antes del conflicto, según una encuesta del Israel Democracy Institute. Adi Degani, propietario de un pequeño negocio de kitesurf en la playa de Poleg y en el mar de Galilea, fue llamado a filas como reservista. Sirvió más de 400 días, dejó su empresa en deuda, pidió un préstamo bancario para sobrevivir y hoy trabaja en construcción. Israel ganó enormemente con su servicio; él carga con la mayor parte del costo en solitario.

La trastienda financiera de los hogares ordinarios es aún más reveladora. Un tercio de las familias israelíes gasta más de lo que ingresa, muchas en descubierto crónico a tasas que se acercan al 13%. Los precios se alejan de los ingresos más que en cualquier otra economía desarrollada entre los miembros de la OCDE. Los bancos al otro lado de esos descubiertos registraron beneficios récord durante la guerra.

El costo tampoco es solo financiero. El Contralor del Estado de Israel estima que tres millones de los diez millones de israelíes sufren síntomas de trauma, ansiedad o depresión. Por segundo año consecutivo, la Oficina Central de Estadísticas reporta que más israelíes han abandonado el país de los que han regresado, una salida silenciosa que rara vez se contabiliza entre los costos de la guerra.

El gobierno israelí, aun cargando con un peso extraordinario —movilización, reconstrucción, desplazamientos y defensa antimisiles—, activó mecanismos de alivio: el fondo nacional de compensación pagó miles de millones de shekels a empresas y propietarios dañados por la guerra, y el Banco de Israel presionó a los bancos comerciales para un plan de alivio de 3.000 millones de shekels en pagos diferidos, comisiones condonadas y crédito facilitado.

Para Hemisferio, la lección es incómoda para cualquier modelo económico. El libre mercado y las instituciones sólidas han demostrado una resiliencia extraordinaria bajo fuego real: eso no es menor. Pero cuando el aparato estatal decide qué interceptar y qué dejar caer, la factura siempre aterriza en quien tiene menos capacidad de absorberla. El viñedo quemado, el instructor de kitesurf endeudado, el autónomo en descubierto permanente: ellos son el verdadero balance de guerra que no aparece en los índices bursátiles. Una economía que crece un 9% por debajo de su potencial mientras sus bancos baten récords de beneficios no está distribuyendo los frutos del sacrificio colectivo; los está concentrando. Esa asimetría, más que cualquier misil, es la que erosiona la confianza a largo plazo.

Más de Mundo