Para entender el presente hay que volver a esa semana. El 24 de junio, un doble terremoto de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudió Venezuela y causó más de 5.500 muertes. Entre los médicos japoneses que viajaron a atender la emergencia estaba Mototaka Inaba, miembro de la ONG Peace Winds Japan. Regresó «recientemente», según las fuentes. No alcanzó a descansar.
El pasado martes, un sismo de magnitud 7,1 golpeó el sudoeste del archipiélago japonés. Inaba se movilizó de inmediato hacia la zona afectada. Este viernes continuaba allí, visitando refugios bajo un calor extremo.
La escena lo dice todo. El epicentro visible de la tragedia en Japón es el centro comercial Aeon Mall, en la localidad de Kashima. El segundo piso del edificio colapsó. Unas 3.000 personas se encontraban dentro en el momento del terremoto. Antes de que una posible fuga de gas detonara el edificio, todas fueron evacuadas. La explosión llegó de todas formas.
«La atmósfera era de extrema tensión», afirmó Inaba en una videollamada con periodistas, al recordar el momento en que llegó con su equipo al lugar. «Al tratarse de una explosión de gran escala en un centro comercial, la situación podría haber derivado en miles de víctimas», explicó el médico, según reseñó EFE.
Las autoridades locales elevaron este viernes a 35 los muertos por el terremoto en Japón. Los equipos de rescate continúan buscando a personas atrapadas bajo los escombros del Aeon Mall. Más de 9.000 personas permanecen en centros de evacuación, mientras la región sufre cortes de agua y electricidad en plena ola de calor.
Inaba describió las condiciones en los refugios con precisión clínica y sin eufemismos: «La falta de servicios básicos como agua y luz genera condiciones sumamente extremas: personas durmiendo en los recibidores de sus casas o sobre el asfalto debido al calor sofocante dentro de las viviendas y refugios».
La operación en Kashima implicó «largas horas en las que había un gran número de rescatadores trabajando sin descanso bajo un fuerte calor», según el propio Inaba. Atender heridos dentro de una zona considerada segura en el mismo centro comercial fue uno de los principales desafíos, describió.
Los detalles cuentan la historia. Un médico que cruza el Pacífico para responder a una catástrofe ajena, regresa, y en cuestión de días ya está en el frente de otra. La trayectoria de Inaba no es solo una historia personal de vocación; es también el retrato de cómo funcionan —cuando funcionan— las redes civiles de respuesta humanitaria. Peace Winds Japan no es un aparato estatal: es una organización no gubernamental que moviliza profesionales con rapidez y sin la inercia burocrática que suele encadenar a los organismos públicos.
En ambas catástrofes —la venezolana con más de 5.500 muertos, la japonesa con al menos 35 y rescates aún en curso— la velocidad de llegada y la capacidad de operar en condiciones extremas han marcado la diferencia entre vidas salvadas y vidas perdidas. Mientras más de 9.000 personas esperan en refugios sin agua ni luz, la pregunta que queda en el aire no es técnica sino política: qué tan preparadas están las instituciones para no depender de que haya un Inaba disponible.


