La escena lo dice todo. A pocas semanas de cerrar la temporada de exportación, el Ministerio de Agricultura de República Dominicana anunció una reestructuración de sus protocolos fitosanitarios para mantener abierta la puerta del mercado estadounidense al mango dominicano. El reloj corría: según datos oficiales, entre el 85% y el 90% de la producción de la variedad de cáscara amarilla —la principal destinada a Estados Unidos— ya había salido del país, pero quedaba pendiente cerca del 10% de los envíos programados para esta temporada.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de 2023 cuando el Servicio de Inspección de Sanidad Animal y Vegetal de Estados Unidos (APHIS) emitió recomendaciones formales señalando debilidades en los protocolos de preinspección dominicanos. Tres años después, con un nuevo ministro al frente de la cartera agrícola, esas advertencias se convirtieron en urgencia.
Francisco Oliverio Espaillat Bencosme, Ministro de Agricultura, ordenó la reactivación de los protocolos y la puesta en marcha de los procedimientos requeridos por las autoridades estadounidenses. La primera medida concreta fue la designación de Jeurys Arias como coordinador del programa nacional de monitoreo de la mosca de la fruta. La segunda, la creación de una comisión técnica para revisar de manera integral las trampas instaladas contra el insecto Anastrepha obliqua, una de las principales amenazas fitosanitarias para el mango fresco.
Los detalles cuentan la historia. En la provincia de Peravia —responsable del 80% de la producción nacional de mangos de exportación— se encuentran colocadas 2.089 trampas activas. El plan de acción incluye la reestructuración del programa de automatización de la información recolectada en campo, la revisión y corrección de los sistemas de georreferenciación, y la implementación de un protocolo de respuesta rápida ante cualquier detección del insecto en los cultivos.
La Anastrepha obliqua afecta el mango y otras frutas tropicales. Su presencia puede limitar el acceso a mercados exigentes como el estadounidense, donde cualquier incumplimiento sanitario puede derivar en restricciones a las importaciones. En ese contexto, el Ministerio también confirmó que República Dominicana se mantiene libre de la mosca mediterránea de la fruta (Ceratitis capitata), otro insecto de relevancia internacional para la industria frutícola, lo que representa una ventaja competitiva que el país no puede darse el lujo de perder.
En el frente europeo, las exportaciones de las variedades de cáscara verde y roja comenzaron a principios de mayo y continúan su curso conforme al cronograma establecido por los exportadores. La cosecha, por su parte, se inició en la primera semana de febrero y avanzó de acuerdo con los calendarios previstos.
La trastienda de esta historia es la de un sector exportador que depende, en gran medida, de la capacidad del aparato estatal para cumplir con estándares sanitarios fijados en Washington. Cuando esa maquinaria falla —o acumula debilidades durante años, como sugieren las recomendaciones del APHIS desde 2023— son los productores privados de Peravia quienes pagan el costo: mercados cerrados, temporadas perdidas, competitividad erosionada.
El giro que representa la intervención del nuevo ministro es positivo, pero llega tarde en la temporada. La pregunta que queda abierta es si el Estado dominicano tiene la capacidad institucional de sostener estos controles más allá del apagón de una crisis, o si la próxima advertencia del APHIS llegará cuando ya no quede margen de maniobra. El libre comercio no se sostiene solo con acuerdos; se sostiene con la disciplina burocrática que lo hace posible en la práctica. Esa es la lección que deja esta temporada de mango.



