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El llamado que nunca llegó a tiempo

Un cuento de José Santamarina reconstruye, con precisión de relojero, los pasos perdidos, las llamadas fallidas y la burocracia de la AFA que casi le regala Messi a España.
Imagen ilustrativa
sábado 18 de julio de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana. O, en este caso, a esa página arrancada de una guía telefónica de Rosario.

En 2024, el escritor argentino José Santamarina publicó Ya está - Variaciones sobre Messi (Vinilo Editora), un libro de relatos que orbita alrededor del mejor futbolista de la historia. Uno de esos textos reconstruye, con la cadencia de un thriller burocrático, la cadena de casualidades, torpezas institucionales y voluntades individuales que terminaron convirtiendo a Lionel Messi en argentino para siempre.

La escena lo dice todo. Omar Souto, empleado de juveniles de la Asociación del Fútbol Argentino, sale del predio de Ezeiza, entra a un locutorio de Monte Grande, pide una guía telefónica de Rosario, entra a una cabina «para mentir que llamaba a su casa», arranca la página donde aparecen los Messi y se va. No hay base de datos, no hay protocolo, no hay sistema. Hay un hombre con una hoja de papel y una misión.

La historia, sin embargo, empieza antes. Mucho antes. En 2002, Jorge Messi —padre del jugador— busca al cuerpo técnico de la selección argentina en el lobby de un hotel de Barcelona. Encuentra a Claudio Vivas, ayudante de campo de Marcelo Bielsa, y le entrega un video. Cuando Vivas lo pone, Bielsa golpea la mesa: «Póngalo en velocidad normal». «Está en velocidad normal», le responde Vivas. El chico es así de rápido.

Bielsa ve el video. Y no hace nada.

Hugo Tocalli, director técnico de la sub-20, recibe el mismo video de manos de Vivas. Falta una semana para cerrar la lista del Mundial sub-17 de Finlandia 2003 y le parece que no hay tiempo. Tampoco hace nada. En ese torneo, según relata Santamarina, dirigentes de la delegación española se cruzan con Tocalli y le preguntan, con sorna: «Así que vienes sin Messi. Nosotros lo venimos tentando con ponerse la camiseta roja y no hay caso».

El aparato estatal del fútbol argentino —porque la AFA es, en los hechos, una estructura con lógica de organismo público— había perdido el rastro de su propio activo más valioso. Souto llama a dos Messi de su lista antes de dar con la abuela Rosa, que atiende el teléfono en Rosario y pregunta, desconfiada: «¿A qué Leonardo?». El chico se llama Lionel. Es Leo por Lionel. Es mi nieto.

Lo que sigue es, a su manera, una operación de Estado menor. El asunto llega al presidente de AFA, Julio Grondona, que pide «terminar con la incertidumbre». La solución es sencilla y definitiva: si el jugador firma una planilla FIFA como argentino, ya no puede representar a otro país. La cláusula es irreversible.

El escenario elegido para sellar ese destino es la cancha de Argentinos Juniors, en el barrio porteño de La Paternal, con trescientas personas en las tribunas que pagaron la entrada con papel de reciclaje para donar al Hospital Garrahan. Pocos saben que el atractivo principal es un rosarino que acaba de cumplir diecisiete años, lleva el número 17 en la espalda y tiene una cláusula de rescisión de 15 millones de euros con el Barcelona.

Entra al segundo tiempo con Argentina ganando 4 a 0. Hace frío. Está lejos de casa. Le cuesta calibrar los pases, pierde la mitad de las pelotas que toca. Da cuatro asistencias; dos terminan en gol, dos son desperdiciadas. Hace su propio gol, el séptimo del equipo, entrando al área por la izquierda, tomándose un tiempo en velocidad para esquivar al arquero, definiendo suave. Esa proporción —genialidad ofrecida, genialidad desperdiciada por los demás— anticipa, escribe Santamarina, el desbalance que marcará gran parte de su carrera con la camiseta albiceleste.

Un año después, en el Mundial sub-20 de Holanda, Messi hace seis goles en seis partidos. Argentina sale campeón. Ya no queda nadie en el país futbolero que no esté al tanto de que ese chico existe.

Los detalles cuentan la historia. Lo que Santamarina construye no es una hagiografía sino un relato sobre la fragilidad de los sistemas y la contundencia de los individuos. La AFA no encontró a Messi: un padre lo llevó hasta ellos, y un empleado con una página arrancada de una guía telefónica completó el trabajo. El Estado —o su equivalente deportivo— llegó tarde, improvisó y selló el acuerdo con trescientas personas en las tribunas y papel reciclado como moneda de entrada.

Que Argentina haya ganado finalmente la Copa del Mundo en 2022 con ese mismo jugador como capitán es, en la lógica del libro, el desenlace de una cadena que casi no empieza. La grandeza no fue producto de una institución bien aceitada sino a pesar de ella. Esa distinción, pequeña en apariencia, lo cambia todo.

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