La escena lo dice todo. Un libro sin contratapa, con dos portadas, que puede abrirse por cualquiera de sus extremos y conduce, inevitablemente, al mismo centro. Así llega a las librerías de habla hispana «El libro moebius» (Alfaguara), la nueva obra de la escritora estadounidense Catherine Lacey, nacida en Tupelo, Misisipi, en 1985.
La arquitectura del volumen no es un capricho de diseñador. De un lado, una novela breve protagonizada por dos amigas, Edie y Marie, que conversan sobre rupturas, deseos insatisfechos y creencias religiosas en quiebre, mientras un charco de sangre —¿o de pintura?— se expande bajo la puerta del vecino. Del otro, un ensayo confesional escrito en primera persona. El New York Times lo resumió con precisión quirúrgica: «Una relación se rompe en dos. Y el libro que lo explica, también».
El origen es autobiográfico. Durante la pandemia, Lacey vivió una relación fallida con un hombre al que en el ensayo llama «La Razón», un escritor a quien describe como manipulador y controlador. La experiencia le desencadenó una depresión y problemas de salud. «Este libro fue menos una idea y más algo que me sucedió», explicó la autora en declaraciones recientes. Con el tiempo, ya casada con el escritor mexicano Daniel Saldaña París, Lacey pudo ordenar ese material y convertirlo en literatura.
Lo que distingue la propuesta es su insistencia en capturar el caos desde adentro, no desde la distancia que suele reclamar la tradición memorialística. «Siempre me habían dicho que había que esperar años y años para escribir sobre cualquier cosa personal de tu vida», señala Lacey. «Pero también hay verdad y claridad en el caos. Y un libro a menudo tiene espacio para ambos estados». La primera página del ensayo, según la propia autora, es casi idéntica a una entrada de cuaderno escrita en el mismo momento que describe.
La decisión de combinar memoria en primera persona con una novela en tercera no fue, según Lacey, el resultado de un plan maestro. «Podría decir que quería abrir grietas en mi propia historia», admite, «o podría decir que realmente no lo sé». Esa honestidad sobre el proceso creativo —esa resistencia a la explicación retrospectiva demasiado limpia— es, paradójicamente, uno de los rasgos que la crítica anglosajona más ha celebrado.
The Guardian calificó el resultado de «profundamente serio y a la vez fascinantemente lúdico». El New York Times añadió que «invita al lector a considerar las superposiciones entre sus dos partes, un ejercicio a la vez frustrante y estimulante, porque Lacey es imaginativa y caprichosa al considerar la realidad, y ve la verdad en la fantasía».
La cuestión de la forma física del libro no es menor para Lacey. «Valoro profundamente la experiencia de leer un libro real, de papel», afirma, «así que cuando estoy escribiendo tiendo a considerar su forma física final: el diseño, la maquetación, la portada, su peso y la relación entre el proceso interior de la lectura y la experiencia exterior del papel y las páginas en tu mano». No lo ve como un desafío a nada establecido, sino como una consecuencia natural de tomarse en serio el objeto libro.
La obra llega precedida por el éxito de su novela anterior, «Biografía de X», muy aplaudida en el mundo anglosajón. «El libro moebius» no ha dejado a nadie indiferente, según consignan las reseñas disponibles.
Sobre «La Razón», su expareja, Lacey es deliberadamente escueta: «Las personas incapaces de empatía sufren más por el hecho de ser ellas mismas que por cualquier cosa que alguien pueda hacerles. Yo no tengo ningún efecto sobre ese hombre».
Para entender el presente hay que volver a esa semana de pandemia en que Lacey recibió una ruptura por correo electrónico desde la habitación contigua. De ese instante absurdo y doloroso nació una estructura literaria que obliga al lector a tomar decisiones desde la primera página: por dónde entrar, qué creer, cuánto pesa la voz del narrador frente a la del personaje. En un mercado editorial saturado de memorias confesionales que se presentan como terapia colectiva, «El libro moebius» apuesta por algo más incómodo: la forma como argumento, el objeto como pensamiento.
Hemisferio valora la apuesta. En un tiempo en que la cultura digital fragmenta la atención y reduce la lectura a resúmenes de algoritmo, una novela que exige al lector sostener el libro físico, girarlo y decidir su propio punto de entrada es, también, una declaración de principios sobre lo que la literatura puede hacer que ninguna pantalla reemplaza.



