En el corazón del Centro Histórico de Lima, a pasos de la Plaza Mayor donde José de San Martín proclamó la Independencia, el Museo de la Catedral conserva un acervo que pocos visitantes conocen en detalle: prendas, cálices y documentos que pertenecieron a dos de los papas más influyentes del siglo XX y del siglo XXI.
La colección no es un archivo muerto. Es un recorrido con objetos que se pueden ver, y en algunos casos leer.
Lo que dejó San Juan Pablo II
Entre las piezas vinculadas con el pontífice polaco figuran una capa pluvial y una mitra preparadas en el Perú, ambas bordadas con hilos dorados. Según Elma Luz Sánchez, guía oficial del museo, la capa presenta motivos relacionados con la Virgen María, reflejo de la conocida devoción mariana del pontífice.
El conjunto se completa con un copón, un cáliz, una patena dorada, una pequeña custodia y candelabros de plata, todos entregados como regalos para la Catedral.
Pero hay piezas que llegaron después. Tras la muerte del pontífice en 2005, su secretario envió al museo una sotana con esclavina y un cojín que San Juan Pablo II utilizaba durante sus momentos de adoración. Objetos íntimos, de uso privado, que ahora forman parte de la sala capitular.
La carta de Francisco
La visita del papa Francisco al Perú en 2018 también dejó rastro material. El museo conserva un copón de plata, un cáliz, un misal, una palia, una patena y otro cáliz dorado, utilizados durante sus actividades religiosas en el país.
Pero la pieza que más llama la atención de los visitantes es una carta. Francisco la escribió desde el Vaticano después de su regreso, como agradecimiento por la recepción que recibió en el Perú. El documento incluye su firma y puede leerse durante el recorrido. La guía Sánchez menciona una frase que el pontífice dejó vinculada con los fieles peruanos: «Y no se olviden de rezar por mí».
El museo como palimpsesto
Las reliquias papales conviven con otras capas de historia. La Sacristía reúne vestimentas de arzobispos de los siglos XVII y XVIII: casullas, dalmáticas, estolas y mitras bordadas con hilos de plata y oro. En uno de sus sectores se conservan fuentes de agua del siglo XVII, utilizadas por los arzobispos para purificarse las manos antes de la misa.
Una cajonería de madera de cedro de 1608, atribuida al artista español Juan Martínez de Arona, ocupa un lugar central en la Sacristía. Presenta a Jesús resucitado en la parte central, acompañado por los 12 apóstoles, San José y San Juan Bautista.
El museo también custodia siete custodias de plata con baño de oro pertenecientes a distintas parroquias, que se utilizan una vez al año durante la misa del Corpus Christi.
La Sala Capitular, donde se concentran las piezas papales, alberga además pinturas de los arzobispos de Lima desde Gerónimo de Loayza y Santo Toribio de Mogrovejo hasta Augusto Vargas Alzamora y Juan Luis Cipriani. Y según la información del propio museo, es el espacio donde ocurrió la firma de la Independencia, proclamada luego en la Plaza Mayor el 28 de julio por San Martín. Hoy, el arzobispo de Lima, monseñor Carlos Castillo, se reúne allí con los canónigos después de la misa de los sábados.
El museo recibe visitantes de lunes a viernes de 9:00 a 20:00 horas, los sábados de 10:00 a 22:00 y los domingos de 13:00 a 19:00.
La lectura de Hemisferio
En un país donde el debate político consume casi todo el oxígeno, el Museo de la Catedral de Lima recuerda que hay otra dimensión de lo público: la que se construye con siglos, no con ciclos electorales. El patrimonio religioso e histórico que custodia este recinto es, también, capital cultural de todos los peruanos, financiado y preservado por instituciones que trascienden gobiernos.
Que una carta manuscrita de un pontífice o la sotana de un santo sean accesibles al ciudadano de a pie, en el centro de Lima, a precio de entrada de museo, es exactamente el tipo de bien común que vale la pena defender: concreto, verificable y ajeno a la agenda del momento.



